¡Qué vergüenza!
Manu Rodríguez. Desde Europa (22/01/11).
*
*¿Cómo es posible que pueblos con un sentido del honor y de la dignidad tan acusados como los europeos (indoeuropeos o no) consintieran en abandonar sus culturas ancestrales y autóctonas sustituyéndolas por otras extranjeras? ¿Qué condiciones sociales o económicas o culturales le empujaron a ello? ¿Cómo soportaron aquella humillación? Fue también una autodestrucción; fue la autoinmolación de seres simbólicos milenarios.
Pueblos germanos, latinos, griegos, celtas, baltos, eslavos, albanos, armenios, finougrios (lapones, fineses, húngaros, estonios), caucásicos, vascos… Y más allá, pueblos persas e indios (por no olvidar la comunidad lingüístico-cultural indoeuropea). Hablo de identidades simbólicas milenarias, de la labor de centenares de generaciones; de pueblos que hundían sus raíces en el paleolítico. Pues bien, exceptuando el reducto parsi y la India no islamizada, ninguno de los pueblos citados conserva sus culturas; todos han sido cristianizados o islamizados.
¿No es una vergüenza esto que digo? Los herederos actuales de aquellos pueblos ¿en qué basan su honor; de qué pueden enorgullecerse como pueblos? Pueblos espiritualmente, culturalmente desnaturalizados, desvirtuados, eliminados.
La identidad cultural es un arma poderosa, por esto los predicadores de credos extranjeros que nos visitaban (y visitan) buscaban (y buscan) destruirla. Aquellos que nos privaron de nuestro ser simbólico censuraron perversamente nuestros respectivos pasados y antepasados. Nuestros pasados y antepasados pre-cristianos o pre-islámicos fueron negados, malignizados, insultados, destruidos, deformados… Se pergeño una imagen insultante sobre nosotros mismos que adoptamos o se nos impuso sin resistencia, sin discusión. ¿Qué estado de debilidad pudo propiciar tan lamentable suceso? Apenas si conservamos nuestro legado material y espiritual –monumentos, documentos, tradiciones; todo mermado y escaso.
Aquel primitivo desarraigo nos hizo perder de vista nuestra identidad y nuestro ser simbólico. Y tuvo sus consecuencias en el ámbito psicosocial y espiritual. Hasta el momento presente, y desde entonces, flotamos a la deriva; mil setecientos años de extrañamiento, de alienación cultural y espiritual. Cristianizados (judaizados) o posteriormente islamizados (arabizados). Este desarraigo que perdura, este vacío, esta ausencia de identidad, hace posible que religiones/culturas extranjeras nos visiten predicando y difundiendo las ‘suyas’. Somos un pueblo débil, fácil, accesible, sin carácter, sin personalidad; a la búsqueda de una identidad, cualquiera que ésta sea. La gente se re-cristianiza, o se re-islamiza, o se hace hinduista o budista; adopta la identidad étnica y cultural judeo-cristiana, o la árabe, la india, o la china. Se ‘identifica’ con otros pueblos o comunidades; deja de ser lo que es. Apenas si quedan europeos que miren hacia sus genuinas identidades biosimbólicas, que reparen en sí.
Qué poco parece valer la propia identidad cultural. No parece valer nada; se la cambia por otra, como el que cambia de traje o de vestimenta. Los que se islamizan, por ejemplo, adoptan incluso la vestimenta y el aspecto de los individuos de los países islamizados; se alteran, se hacen otros. Qué poca dignidad, qué poco orgullo. Cuánta ignorancia, cuánto despiste, cuánta confusión; cuánta vanidad. Qué vergüenza.
Nada de esto que digo hubiera sido posible si hubiéramos conservado nuestras culturas ancestrales y el nexo con nuestros verdaderos antepasados. Hoy seríamos pueblos firmes y afianzados en sí; pueblos dignos, orgullosos, y honorables. Inabordables, inaccesibles, invencibles.
Pueblo mío alienado, confundido; debilitado, acobardado, perdido. Porque hemos perdido lo esencial, nuestras señas de identidad; aquello que nos distinguía y nos diferenciaba de otros; el legado ancestral, el arma ancestral; nuestra riqueza, nuestra fuerza, y nuestro poder. Pobres, débiles, e indefensos, así aparecemos. Presas fáciles para cualquier predador cultural; fáciles de conquistar, de seducir, de instrumentalizar.
Me avergüenzo de estos pueblos míos, de esta sangre mía. No me reconozco en estos apátridas, infieles y descastados. ¿Dónde mirar? ¿A quién invocar? ¿Han desaparecido ya los europeos e indoeuropeos? ¿Dónde está mi gente?
¿Cómo recuperar este pueblo mío de las manos extrañas que lo dominan? No es sólo el tricéfalo judeo-cristiano-musulmán el que los domina y somete. Cualquiera, parece, hace presa en ellos. Cómo me gustaría despertarlos a su ser; que recuperaran su identidad, que se reconocieran, que volvieran en sí.
Un nuevo comienzo para los pueblos europeos e indoeuropeos. Éste es mi sueño, éste es mi deseo; esto es lo que quiero.
*
Hasta la próxima,
Manu
Manu Rodríguez. Desde Europa (22/01/11).
*
*¿Cómo es posible que pueblos con un sentido del honor y de la dignidad tan acusados como los europeos (indoeuropeos o no) consintieran en abandonar sus culturas ancestrales y autóctonas sustituyéndolas por otras extranjeras? ¿Qué condiciones sociales o económicas o culturales le empujaron a ello? ¿Cómo soportaron aquella humillación? Fue también una autodestrucción; fue la autoinmolación de seres simbólicos milenarios.
Pueblos germanos, latinos, griegos, celtas, baltos, eslavos, albanos, armenios, finougrios (lapones, fineses, húngaros, estonios), caucásicos, vascos… Y más allá, pueblos persas e indios (por no olvidar la comunidad lingüístico-cultural indoeuropea). Hablo de identidades simbólicas milenarias, de la labor de centenares de generaciones; de pueblos que hundían sus raíces en el paleolítico. Pues bien, exceptuando el reducto parsi y la India no islamizada, ninguno de los pueblos citados conserva sus culturas; todos han sido cristianizados o islamizados.
¿No es una vergüenza esto que digo? Los herederos actuales de aquellos pueblos ¿en qué basan su honor; de qué pueden enorgullecerse como pueblos? Pueblos espiritualmente, culturalmente desnaturalizados, desvirtuados, eliminados.
La identidad cultural es un arma poderosa, por esto los predicadores de credos extranjeros que nos visitaban (y visitan) buscaban (y buscan) destruirla. Aquellos que nos privaron de nuestro ser simbólico censuraron perversamente nuestros respectivos pasados y antepasados. Nuestros pasados y antepasados pre-cristianos o pre-islámicos fueron negados, malignizados, insultados, destruidos, deformados… Se pergeño una imagen insultante sobre nosotros mismos que adoptamos o se nos impuso sin resistencia, sin discusión. ¿Qué estado de debilidad pudo propiciar tan lamentable suceso? Apenas si conservamos nuestro legado material y espiritual –monumentos, documentos, tradiciones; todo mermado y escaso.
Aquel primitivo desarraigo nos hizo perder de vista nuestra identidad y nuestro ser simbólico. Y tuvo sus consecuencias en el ámbito psicosocial y espiritual. Hasta el momento presente, y desde entonces, flotamos a la deriva; mil setecientos años de extrañamiento, de alienación cultural y espiritual. Cristianizados (judaizados) o posteriormente islamizados (arabizados). Este desarraigo que perdura, este vacío, esta ausencia de identidad, hace posible que religiones/culturas extranjeras nos visiten predicando y difundiendo las ‘suyas’. Somos un pueblo débil, fácil, accesible, sin carácter, sin personalidad; a la búsqueda de una identidad, cualquiera que ésta sea. La gente se re-cristianiza, o se re-islamiza, o se hace hinduista o budista; adopta la identidad étnica y cultural judeo-cristiana, o la árabe, la india, o la china. Se ‘identifica’ con otros pueblos o comunidades; deja de ser lo que es. Apenas si quedan europeos que miren hacia sus genuinas identidades biosimbólicas, que reparen en sí.
Qué poco parece valer la propia identidad cultural. No parece valer nada; se la cambia por otra, como el que cambia de traje o de vestimenta. Los que se islamizan, por ejemplo, adoptan incluso la vestimenta y el aspecto de los individuos de los países islamizados; se alteran, se hacen otros. Qué poca dignidad, qué poco orgullo. Cuánta ignorancia, cuánto despiste, cuánta confusión; cuánta vanidad. Qué vergüenza.
Nada de esto que digo hubiera sido posible si hubiéramos conservado nuestras culturas ancestrales y el nexo con nuestros verdaderos antepasados. Hoy seríamos pueblos firmes y afianzados en sí; pueblos dignos, orgullosos, y honorables. Inabordables, inaccesibles, invencibles.
Pueblo mío alienado, confundido; debilitado, acobardado, perdido. Porque hemos perdido lo esencial, nuestras señas de identidad; aquello que nos distinguía y nos diferenciaba de otros; el legado ancestral, el arma ancestral; nuestra riqueza, nuestra fuerza, y nuestro poder. Pobres, débiles, e indefensos, así aparecemos. Presas fáciles para cualquier predador cultural; fáciles de conquistar, de seducir, de instrumentalizar.
Me avergüenzo de estos pueblos míos, de esta sangre mía. No me reconozco en estos apátridas, infieles y descastados. ¿Dónde mirar? ¿A quién invocar? ¿Han desaparecido ya los europeos e indoeuropeos? ¿Dónde está mi gente?
¿Cómo recuperar este pueblo mío de las manos extrañas que lo dominan? No es sólo el tricéfalo judeo-cristiano-musulmán el que los domina y somete. Cualquiera, parece, hace presa en ellos. Cómo me gustaría despertarlos a su ser; que recuperaran su identidad, que se reconocieran, que volvieran en sí.
Un nuevo comienzo para los pueblos europeos e indoeuropeos. Éste es mi sueño, éste es mi deseo; esto es lo que quiero.
*
Hasta la próxima,
Manu
No hay comentarios:
Publicar un comentario