Genocentrismo XXI.
Manu Rodríguez. Desde Gaiia (10/12/17).
*
*Hay dualismos excluyentes,
belicosos, agresivos… con respecto al ‘otro’. Hablo de dualismos étnicos,
religiosos, políticos, culturales... Allí donde
al ‘otro’ (cualquiera éste sea) se le demoniza. Se establece una batalla
entre el ‘yo’ o ‘nosotros’ (étnico, religioso…), y el ‘no-yo’ o los ‘otros’.
Aquí el dualismo se convierte en un instrumento de agresión, de guerra, de
exterminio…
Con estos dualismos estamos
lejos del dualismo etológico o conductual que es, antes que nada, ‘interno’ o
psicológico. El doble camino o la doble posible actuación que se nos abre a
cada paso que damos. La libertad de elección. La recomendación de elegir el
camino bueno para la vida, el que la potencia o regenera. ¿Qué tiene que ver
todo esto con el dualismo excluyente y ofensivo?
El dualismo del que aquí
hablamos contrasta claramente con los dualismos étnicos (etnocéntricos),
religiosos, políticos, económicos, culturales… donde la finalidad es dividir y
enfrentar a las poblaciones. Tampoco es un dualismo cosmológico, metafísico,
ontológico, biológico, antropológico, soteriológico, o escatológico
(apocalíptico). Es un dualismo, como venimos diciendo, psicológico y conductual
(ético o etológico), y se aplica únicamente a los miembros de la especie
humana.
Únicamente los seres humanos
podemos ser considerados responsables de nuestros actos –en virtud de nuestro
psiquismo y de nuestra libertad (en virtud de nuestra misma naturaleza). A la
conducta del resto de las formas vivas no le pueden ser aplicadas las
categorías éticas, aún cuando algunas de estas formas vivas puedan sernos
perjudiciales o dañinas y traernos enfermedades o desgracias (virus, bacterias,
depredadores…). Al mundo abiótico (la naturaleza físico-química) tampoco se le
pueden aplicar categorías éticas, me refiero a toda suerte de fenómenos
físico-químicos o geofísicos beneficiosos o perjudiciales (terremotos,
inundaciones, sequias…) para los seres humanos o el resto de las formas vías
–el agua, la tierra, el aire, la luz (solar), el fuego… nada tienen que ver con
la conducta, tal y como este término puede serle aplicado a los seres humanos.
Debemos ceñirnos a los
miembros del cariotipo específico humano. A su etología y a su ecología. A su
conducta en este planeta viviente, a su manera de convivir, de cohabitar, de
ser, de estar… y a las consecuencias que sobre el planeta y otros seres humanos
tienen nuestras actividades; si éstas son buenas o son malas para el planeta
viviente. El resto de la naturaleza (viviente y no viviente) está exenta de tal
responsabilidad.
Es nuestra naturaleza
(nuestra morfología, nuestra fisiología…), el cómo estamos ‘hechos’, lo que
marca la diferencia con el resto de las formas vivas (diferencia que podemos
considerar abismal). No somos como el resto de las formas vivas.
El destino de la especie
humana no es el de la mera supervivencia, o el ‘dominio’ del planeta. La
especie humana debe aprender a convivir constructivamente con el resto de las
formas vivas y con el medio abiótico. Tiene la función de cuidador, de sanador,
de reparador… de este planeta viviente. La especie humana es la especie superior,
el vértice de la evolución, allí donde la vida se manifiesta en toda su
plenitud.
El ‘plus’ que caracteriza a
la especie humana es también el origen de su responsabilidad.
Nuestro comportamiento ha
sido (y es) altamente destructivo. Es un comportamiento ciego, inconsciente,
irracional, absurdo, loco, destructivo, devastador. Una etología y una ecología
impropias de nuestra inteligencia, de nuestra naturaleza, de nuestra
‘superioridad’. Somos conscientes de esto que digo. Y podemos cambiar nuestro
modo de vivir, nuestro modo de ser. Podemos elegir entre maneras de proceder,
de estar, de ser…
En el cariotipo humano la
sustancia viviente única se hace presente, se manifiesta, se hace sentir. La
libertad de elección en el cariotipo humano es la libertad de la vida. El
dualismo del que hablamos se atiene a la conducta de la vida en el cariotipo
humano. Es la vida que somos la que tiene el poder de elegir entre un
comportamiento y otro.
Es la inteligencia de la vida
la que nos dice que así no podemos continuar; que el deterioro medioambiental,
que no cesa, pone en peligro la misma vida; que nuestra conducta, en general,
es perjudicial para la misma vida.
Ni el resto de las formas
vivas, ni el mundo abiótico, pues, están afectados por el dualismo que digo. Únicamente
los miembros de la especie humana. Dualismo psico-ético, si pudiéramos decir.
Un dualismo que afecta a la mente, y a la conducta.
La buena disposición hacia el
otro o lo otro, o la mala disposición hacia el otro o lo otro. Los buenos o
malos pensamientos (intenciones, propósitos, deseos…), las buenas o malas
actividades, acciones, o conductas. El
espíritu, el ánimo, el talante, la actitud… de un lado, y la conducta, el
comportamiento, el hacer, el ser, el estar… del otro. La conciencia, y la
conducta. Qué pensamos, y cómo nos comportamos. Qué pensamientos son los
óptimos, y qué conducta es la óptima para con la vida y la no-vida entorno.
El entorno biótico (no
humano) y abiótico es irreprochable y puro. No hay buenos y malos aquí, aún
cuando se den casos perjudiciales para la vida humana o la vida en general
(epidemias, desastres naturales…). Hay inocencia; no hay culpa.
Es la vida en el cariotipo
humano la única que puede responder; la única a la que se le puede pedir
cuentas. La vida se interpela a sí misma; se interroga, se juzga.
La vida dividida, y
enfrentada consigo misma. Es una batalla que se hace patente únicamente en los
seres humanos. Se trata de encontrar un camino, el camino óptimo para la vida.
Cómo vivir, como convivir…
El papel del hombre en la
naturaleza viviente y no viviente en este planeta. El cariotipo humano tiene un
papel fundamental en este planeta debido a nuestra diferencia específica, a
nuestra peculiar naturaleza, a nuestra potencia (intelectiva, volitiva...). Somos
indudablemente el vértice de la evolución en este estadio de la evolución de la
vida. La especie indudablemente elegida por la misma vida (la sustancia
viviente única). Porque es la misma vida
la que se ha proporcionado un fenotipo que le hace posible tener la palabra.
Porque somos la misma vida.
La responsabilidad del
‘hombre’ es la responsabilidad de la vida. El cariotipo específico humano es el
dispositivo fisiológico adecuado para que la vida salga a la luz.
No se trata de
antropocentrismo aquí. El hombre es un medio, un instrumento, un vehículo para
la vida. El protagonista de nuestros actos no es el hombre sino la misma vida.
En el cariotipo humano es la vida en todo momento el sujeto único de la
actividad (de lo que pensamos, de lo que decimos, de lo que hacemos…). No hay
otro sujeto, ni en el cariotipo humano, ni en el resto de las formas vivas.
Es pues, en último término,
un discurso dirigido a la vida. De nuevo, la vida se dirige a sí misma, se
interroga, se interpela, se juzga… Es en el cariotipo humano donde se cumple
este ‘juicio’. Un juicio a la vista del comportamiento de los individuos y los
colectivos humanos. Se trata de juzgar si el modo de vivir de los humanos (nuestra
etología y nuestra ecología) –hasta el presente– favorece o perjudica a la
vida.
Hasta el momento nos
comportamos ciegamente, sin medir las consecuencias de nuestros actos. Se diría
que no nos diferenciamos del resto de las formas vivas. Pese a nuestra
inteligencia. No reflexionamos, no meditamos… Nos comportamos de manera
irracional, absurda, impropia… El egoísmo individual y colectivo, la violencia,
las guerras permanentes, la explotación salvaje, la peligrosa contaminación del
medio entorno que pone en peligro la vida…
El resto de las formas vivas
ignoran las consecuencias de sus actos, nacen, viven, se reproducen, mueren…
Los desastres ecológicos que puedan darse son de mínimas consecuencias. No así
en el caso de los humanos. Con nosotros los desastres ecológicos se acumulan.
Por no mencionar los desastres humanos que los propios humanos se causan entre
sí (guerras, masacres, matanzas, exterminios…). Llevamos la lucha por la
existencia a unos niveles de ferocidad ‘monstruosa’, loca, irracional... No
sólo el medio ambiente, o el resto de las formas vivas padecen nuestra
‘potencia’ mal llevada, también nuestros semejantes padecen nuestra ciega
codicia y ambición. No tenemos barreras. Hacemos literalmente lo que nos da la
gana, sin importarnos las consecuencias, o el dolor que causamos a nuestros
semejantes.
Es la locura, la
inconsciencia, la irracionalidad… Algo impropio de nuestra naturaleza, de
nuestras facultades, de nuestro ser.
*Regenerar la existencia.
Establecer unas condiciones ‘simbólicas’ de existencia acordes con nuestro ser (viejo
y nuevo; descubierto, reencontrado); crear un nuevo ‘mundo’, un mundo
genocéntrico, una cultura (y una conciencia) genocéntrica planetaria. Más allá
del hombre, de la criatura…
¿Cuál es nuestro papel
entonces? ¿Para qué nuestra inteligencia, nuestra luz? ¿Qué cometido, qué
destino…? ¿Qué función en el ecosistema planetario?
Este planeta, la ‘tierra’, es
la morada de la vida. Es una morada construida, o mejor, optimizada –la
atmósfera que ‘hoy’ respiramos es en buena medida obra nuestra. El
comportamiento ciego, irracional, de nuestra especie está poniendo en peligro
este ‘paraíso’ nuestro.
Digo el comportamiento como
especie, como ‘humanos’. El comportamiento antropocéntrico (egocéntrico,
etnocéntrico…) es un comportamiento pre-genocéntrico. Es el comportamiento de
nuestra especie antes del conocimiento, de la revelación de la sustancia
viviente única. Ahora sabemos de nuestra íntima naturaleza, de nuestra esencia,
de nuestro ser.
Un inesperado saber, una
autognosis que no fue anunciada, predicha o profetizada. Los colectivos humanos
aún no han asimilado este conocimiento cierto; esta llegada al núcleo de los
seres vivos, a lo viviente mismo. La llegada al Uno, al ser viviente único que
somos.
Cuanto más sabemos de la vida
más sabemos acerca de nosotros mismos.
Este saber cambiará
necesariamente nuestra manera de vivir en este planeta. Cambiará la
‘conciencia’ de los humanos. Se extenderá la conciencia genocéntrica. Se inicia
un proceso de cambio radical a largo plazo. Seremos otros, radicalmente otros.
Un camino se abre para toda
la humanidad. El camino de la vida. Por primera vez. Hasta ahora parecíamos
obligados por las leyes de la ‘naturaleza’, como el resto de las especies, como
seres faltos de libertad. Este conocimiento cierto acerca de nuestro ser nos
libera. Otra cosa que humanos somos ahora. Ahora somos la vida. La vida libre.
Libre para no seguir por el camino que vamos, para andar otro camino; para
vivir de otro modo. Nuestro ser renovado, reencontrado. Un nuevo ser somos.
Ahora se cumple la libre
elección y la elección del camino de la vida. El nuevo saber esclarece nuestra
posición, y nos abre un camino nuevo, ignoto, inesperado, luminoso, fecundo…
Diga lo que se diga es ahora
cuando se abre el camino de la vida; cuando se hace posible la elección (a
escala colectiva).
No se trata de liberaciones
personales, sino colectivas. O todos o ninguno. Ésta es la cuestión. Todos los
miembros del cariotipo humano han de pasar por la transformación. Tarde o
temprano se logrará.
El periodo purgativo, el
‘mono’, las recaídas… La transformación, el paso a la otra orilla, el puente
que nos separa…
El conocimiento cierto acerca
de nuestro ser es el transporte, la nave que nos conduce a la otra orilla. Basta
poner el pie en esta nave…
No es un credo esto que digo,
es un saber.
Otra conciencia, otro ser… La
conciencia del ser que somos, que siempre hemos sido.
Este conocimiento y esta
conciencia vienen en los tiempos más necesitados, más oportunos. De lo que se
trata ahora es de una salvación colectiva, pero no de la especie humana, sino
de la vida (y sus condiciones de existencia). Es la vida la que corre peligro
ahora. El legado humano: un planeta desquiciado, alterado, estresado;
desertizaciones, sequias, inundaciones; la vida que languidece, que se extingue
aquí y allá. La vida, el fuego, la luz que se apaga… En socorro de la vida
parece venir este conocimiento oportuno. En el último momento, se diría.
La vida, el fuego, la luz, el
ser, la verdad… Nuestra vida, nuestro fuego, nuestra luz, nuestro ser, nuestra
verdad…
Conciencia biológica,
genética, ecológica… La vida (que somos) consciente de sí. Esta conciencia y
esta vida crearán el mundo nuevo, regenerarán la existencia.
La milenaria civilización por
venir. Nuestro futuro. El gobierno de la vida. La vida que discierne, que
reflexiona, que pondera, que decide… La vida como medida y centro. No el
dominio, sino la sabia gestión del planeta es lo que viene. En el nombre de la
vida.
El mundo, la vida, la
existencia por venir –por construir, por crear. Todo por hacer.
Nuestra especie tendrá un
pasado humano (antropocéntrico, fenocéntrico) y un futuro post-humano
(biocéntrico, genocéntrico).
Desde la vida; como vida
hemos de pensar, hablar, hacer… Una poesía, una música, una filosofía… Un arte
y un pensamiento dignos de la vida, a la altura de la vida. Es Xenus/Nexus, el
Uno, el que ahora piensa, habla, hace… El único sujeto, el único protagonista,
el único creador.
A tal vida, a tal ‘sujeto’,
no le satisfacen ya los modos humanos, sus obras, o su sabiduría. Tal ‘sujeto’
necesita otras palabras, otras obras, otra sabiduría…
Crear, establecer, fundar el
nuevo mundo, la nueva existencia –el nuevo ‘éthos’. Desde las ciencias de la
vida, desde la sabiduría de la vida. Todos los aspectos de la cultura se transformarán,
se adecuarán a la vida. Una nueva conducta generalizada –genocéntrica, biocéntrica,
ecológica… Los hogares, la alimentación, las ‘artes’… las actividades todas.
Las relaciones individuales, sociales, globales… Todo cambiará.
El partido de la vida. La
vanguardia. Movimientos de opinión. Algo más que ecología (superficial o
profunda) hay aquí. Se trata de una revolución radical, una radical
transformación. Llegar a ser lo que somos, aquello que somos.
El partido de la vida. Un
movimiento cultural, simbólico… hacia un futuro genocéntrico. No político, no
económico… Una vanguardia cultural, espiritual… Muestras, semillas de futuro.
Hacia la regeneración.
Conciencia biológica,
ecológica. Pero no desde el hombre (no antropocéntrica), sino desde la vida
(genocéntrica).
Lo primero es identificarnos
con la vida, pero no con la vida animal, sin más, o la vida en general, sino
con la sustancia viviente única, con la
sustancia genética.
Hay que sostener la
distinción entre la materia viviente y la materia no viviente; entre el mundo
viviente y el mundo no viviente (lo biótico y lo abiótico). Que no hay sino una
única sustancia viva –la sustancia genética–, y que en toda criatura opera la
sustancia genética como sujeto único de toda actividad.
La vida es una y la misma en
todos y cada uno de los organismos que pueblan el planeta. Es la misma vida (la
misma sustancia) en esta o en aquella criatura; el mismo ‘ser’. Esto es lo que
nos vienen a decir las ciencias de la vida –la genómica. Este saber lo cambiará
todo.
En el cariotipo humano es la
vida la que piensa, o habla, la que se comunica con la vida otra.
La vanguardia de la vida. Los
renacidos. Los campeones. La conciencia (genocéntrica) nueva. Las nuevas
criaturas. Las primicias. Los primeros.
Cuidar de la vida es cuidar
de nosotros mismos. Garantizar la presencia de la vida en este planeta;
garantizar el futuro de la vida –nuestro futuro. Ésta es la labor.
Nosotros somos la vida. No
esta o aquella vida, sino la vida única. Yo diría que no necesitamos más que
esta conciencia y este saber para comenzar el nuevo periodo. Transmitir esta
conciencia y este saber a los venideros. Nuevo mundo, nueva vida, nueva existencia.
El nuevo período, la nueva
vida. La vida consciente de sí. Éste es el futuro; el destino de la vida en el
cariotipo humano. Lo que vendrá inexorablemente. El destino que le tenía
reservada la misma vida a nuestra especie. La autognosis.
Un futuro ignoto, por realizar. Un futuro genocéntrico,
post-humano. El sujeto ahora es la sustancia viviente única.
Cambios en la manera de
vivir, de pensar, de hablar, de actuar… Una conducta adecuada al ser nuestro,
viejo y nuevo, reencontrado.
Ya es hora de que la vida se
haga cargo de la vida. No el hombre, sino la vida.
Un futuro regido por la vida,
llevado por la vida. Es la vida la que discierne ahora, la que decide, la que
pondera, la que juzga lo que es bueno o malo para la vida –para Nos.
El nuevo ‘éthos’. La nueva
con-ducta; el nuevo morar, con-vivir, co-habitar, com-portarse… Los nuevos usos
y costumbres por venir.
Lo primero es la conciencia de
sí genética. Es preciso allegarse a la perspectiva genocéntrica –a la mirada de
la vida. Con ello la vida que somos cobra conciencia de sí, se re-cupera. Esta
conciencia (este saber) es el punto de partida, la puerta, el acceso, la
condición necesaria para un futuro otro. Es una conciencia que ilumina,
ilustra, instruye… guía, conduce. Una conciencia (y un saber) providencial que
ya nunca nos abandonará.
Sólo la identificación con la
sustancia viviente única puede traernos otra vida, otra existencia, otro mundo.
. La conciencia genética. Y hablo a
nivel colectivo.
Seamos de aquellos que
regeneran la existencia…
*
Hasta la próxima,
Manu
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