Sobre el nuevo período genocéntrico


El camino que abrió Darwin nos ha conducido a la sustancia genética (al ADN). Este descubrimiento nos hace pasar (a todos los grupos humanos) del fenocentrismo al genocentrismo. El centro se ha desplazado de la criatura al creador (de los fenotipos a los genotipos). La sustancia genética es la única sustancia viviente (‘viva’) en este planeta. Nosotros, pues, no podemos ser sino sustancia genética. Esta ‘revelación’ (esta
auto-gnosis) ha partido en dos nuestra historia sobre la tierra. Todo el pasado cultural de los humanos ha resultado arruinado, vacío, nulo... La ilusión antropocéntrica que nos ha acompañado durante miles de años se ha desvanecido. Se ha producido una mutación simbólica (en orden al conocimiento y a la conciencia de sí como sustancia viviente única); el cariotipo humano entra en un nuevo período de su devenir.

Esta aurora, este nuevo día cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Pueblos, culturas, tradiciones, creencias… todo lo ‘humano’ desaparecerá. Viene una luz (un saber, una sabiduría) tan devastadora como regeneradora. Esta regeneración del cariotipo humano en el orden simbólico tendrá sus consecuencias. En un futuro no muy lejano hablaremos, pensaremos, y actuaremos, no como humanos sino como sustancia viviente única.

No hay filósofos aún, ni poetas, ni músicos, ni científicos… para este período genocéntrico que inauguramos. No hay nada aún para las nuevas criaturas, para la sustancia viviente única –en
esta nueva fase de su devenir. Nos queda la elaboración de una cultura, de un ‘mundo’ nuevo (digno de la naturaleza de nuestro regenerado, de nuestro recuperado ser). Queda todo por hacer.

sábado, 10 de junio de 2017

155) Genocentrismo IX


Genocentrismo IX.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (10/06/17).
 

*
 

*No es acertado interpretar la vida, decir, por ejemplo, que la vida es ‘voluntad de poder’. Interpretar a la vida es interpretarnos a nosotros mismos, es como decir ‘nosotros somos voluntad de poder’. ¿Únicamente?
La vida no ha de ser interpretada. Es demasiado plural –su significación, quiero decir. Es múltiple.
Nombrar la vida, decir la vida. La vida es… La vida no es esto o aquello, la vida ‘es’, simplemente.
La definición unilateral. Dudo que haya un concepto que no le venga a la vida. Avara, codiciosa, pero también magnánima y desprendida; fuerte, poderosa, y débil; pobre, menesterosa, y rica, abundante… Todos los antónimos que se te puedan ocurrir; todos los opuestos.
Nosotros, Nos, no respondemos a una sola definición. Definir la vida es definir el ser.
Nietzsche y Darwin no colisionan, de ninguna manera. Darwin no definió la vida, se limitó a hablar de la evolución de las formas vivas, y de los posibles modos de evolución. Conceptos como la ‘selección natural, o la ‘lucha por la existencia’, o la ‘variabilidad’ y la ‘herencia’…  no pretendían definir la vida, sino explicar la evolución, simplemente. Nietzsche quiere captar la esencia de la vida, avanza una definición esencial que toca al ser de la vida.
¿Qué es la vida? La vida es voluntad de poder. Éste es el proceder de Nietzsche. Darwin piensa en el origen y evolución de las formas vivas, no se interroga acerca de la esencia de la vida.
Conceptos como ‘selección natural’ o ‘lucha por la existencia’ (concepto éste subordinado a la selección natural) no definen la vida. Tan sólo pretenden dar cuenta de la evolución.
Darwin interroga como filósofo natural, Nietzsche como ‘metafísico’.
La pregunta metafísica, la pregunta por el ser de la cosa. La cosa aquí es la vida.
La pregunta por la esencia. ¿Qué es…? Las respuestas suelen ser nominaciones, conceptualizaciones, definiciones, descripciones de la cosa… Éstas pretenden darnos la esencia de la cosa. Como si la esencia consistiera en un nombre, en un concepto, o en una definición. Como si la cosa (aquí, la vida) respondiera a un solo concepto o definición. Preguntarse por el ser único de la cosa. Suponer una esencia única en la cosa.
El camino errado de la metafísica (de la ontología, de la lógica…). De los entes y de su esencia.
La vida es esencia. La vida es la esencia de las formas vivas, de los organismos todos. 
Preguntar por la esencia de la vida es preguntar por la esencia de la esencia. Con todo, la vida no deja de ser un ente. La vida como ‘ente’.
La vida se interroga a sí misma. ¿Qué soy…? Nosotros somos la vida. Pero, ¿qué es la vida?
No hay una respuesta unívoca acerca del ser de la vida (de su esencia). Significación plural, múltiple de la vida –de la vida que somos.
Todo aquello que advertimos en los organismos (o las criaturas) podemos atribuirlo a la vida. Todo. Dado que la esencia de los organismos resulta ser el sujeto único en cualquiera de sus actividades. Crueldad, voracidad, violencia… ternura, piedad… Sagacidad y torpeza… En la vida coinciden todos los opuestos.
La vida no admite definición unívoca.
La lucha se establece en todos los niveles, pero también la cooperación. La discordia, pero también el amor. No hay combate entre lo uno y lo otro, sino que en el mismo ser es lo uno y lo otro.
No hay maniqueísmo, no hay dualidad ética… No hay lucha entre el bien y el mal. La vida que cuida de sí no mira sino por su bien y su mal. Su bien puede ser el mal de otro, y viceversa.
No puede ser lo uno sin lo otro. Ésta es la lección moral que nos da la vida.
El humor, el cinismo, la ironía… La burla, la indiferencia… ¿Qué no encontraremos en la misma vida?
Polivalente, proteica. Múltiple. Inasible. No podemos aprehendernos. Todo y nada. Cualquier definición que podamos avanzar, y su contraria.
¿Una definición polívoca?  Decir vida es decir multiplicidad, polivalencia… Esencia múltiple, compleja.
La lucha por la existencia no define la vida. La selección natural (en virtud de la lucha por la existencia, la variabilidad, y la herencia) no define la vida. Aquí no estamos en el ‘qué’, sino en el ‘cómo’. Se trata de dar una posible respuesta a la evolución de las formas vivas, simplemente.
El concepto ‘voluntad de poder’ sí pretende ser una definición de la vida (de la esencia de la vida). Esta esencia explicaría la ‘lucha por existencia’, la ‘variabilidad’ y todo lo demás… Estos términos devendrían síntomas, efectos de la voluntad de poder de la misma vida. La voluntad de poder sería lo primero.
La vida. La materia viviente. Su singularidad, su excepcionalidad. Su polivalencia, su pluripotencia. Su sublimidad.
Pienso que el intento de definición unívoca de la vida no es acertado, ni siquiera inteligente.
¿Por qué no una competición? La vida consigo misma compite. El ‘agón’. El antagonismo. La alegría de la victoria. Epinicios.
No hay duda que los seres vivos compiten entre sí por el aire, por la luz, por el suelo (o territorio), por los nutrientes, por la reproducción… Por todo aquello que les garantiza la continuidad. Se lucha por la existencia.
La carrera de armamentos entre depredadores y presas.
Lo que encontramos son características de la vida. Modos y maneras de ser de la vida. Lo observable. Las interacciones interespecíficas y las intraespecíficas. Una mirada que se detiene en lo que aparece, en los fenotipos. Una mirada fenocéntrica. Se ignora que en todo momento es la sustancia genética (la sustancia viviente única) la que mueve a las criaturas. No hay otro sujeto.
La voluntad de poder no define la vida. Es una interpretación del comportamiento de los seres vivos. La codicia, la ambición de dominio, el querer ser más, el devenir más, la autosuperación…
La lucha por la existencia explicaría la diversidad morfológica y fisiológica de los organismos (la variabilidad de las especies). El diverso aprovechamiento de los nichos ecológicos; las diversas formas de nutrición, de respiración… de extraer del medio lo necesario.
La vida no es definible. Todo lo que hacemos es describir… e interpretar.
La voluntad de poder sería una característica de la vida, en cualquier caso. No definiría la vida. Es solidaria de la lucha por la existencia. Garantizaría igualmente la supervivencia.
La interpretación decimonónica en Nietzsche. Se ignoraba la relación entre la asimilación y la reproducción. Nietzsche pensaba que el organismo asimila e integra cuanto puede y cuando no puede más se divide en dos… Esto era una prueba de su voluntad de poder. El organismo necesita ‘material’ para duplicarse. No se trata, pues, de asimilar para devenir más (más fuerte, más grande, más poderoso…), sino para disponer del material suficiente para la duplicación.
La interpretación nietzscheana es deudora de los conocimientos e interpretaciones biológicas de su época.
En cualquier caso, la voluntad de poder no define la vida.
La vida se distingue de la no-vida por ciertas características. Frente a la inercia de la materia no-viva la vida se mueve por sí, se reproduce por si, se organiza…
¿Las características definen la vida? Lo dudo.
Ciertamente yo, como vida, dispongo de cierta autonomía con relación al medio físico-químico no viviente. Aunque estoy sujeto a restricciones (dispongo tan sólo de algunos grados de libertad para moverme por el ‘mundo’).
El comportamiento, ¿define el ser de la vida? Las características de la vida, el comportamiento de los seres vivos…
¿Puede darse una descripción sin interpretación; una descripción neutra? Una observación y una descripción neutras y desapasionadas. ¿Es posible?
La vida parece ser tan diferente de sí misma que sus interpretaciones (sus representaciones) pueden no sólo variar, sino colisionar. Interpretaciones enfrentadas que parten incluso del mismo sujeto observador (la especie humana, por ejemplo). Interpretaciones, definiciones inconciliables.
Cuando definimos la vida ésta se define a sí misma. ¿Hasta qué punto la vida se conoce a sí misma? ¿Hasta qué punto puede la vida definirse a sí misma?
Se trata de una auto-definición. A la vida se le pide que se defina a sí misma. La vida se interpela a sí misma. ¿Qué eres? ¿Qué soy? ¿Cuál es mi esencia? ¿En qué consiste la esencia de mi ser?
La vida de los otros (las otras especies, los otros seres vivos) es un  espejo donde mirarme.
La voluntad de poder no respondería sino a un mandato tendente a la supervivencia, al igual que la lucha por la existencia. Algo inscrito en la misma vida. Una dinámica interna esencial a la misma vida.
Los diseños somáticos ofensivos, los defensivos… Las estrategias de dominio… La carrera evolutiva. La vida escindida compite consigo misma por el medio. Esto parece estar detrás de la variabilidad morfológica y demás.
La vida tiene que luchar además por superar las condiciones medio ambientales físico-químicas: gravedad, presión, campos magnéticos… 
La vida es esencia y existencia, podríamos decir. Esencia múltiple, compleja.
La vida, la sustancia genética, es esencia de las formas vivas; es el ser en las formas vivas. No hay otro ser en las formas vivas que la sustancia genética.
¿Qué es ese ser? ¿Qué soy?
La descripción del comportamiento de las formas vivas es la descripción del comportamiento de su ser, del ser que les anima. Lo que observo en los organismos puedo atribuirlo al ser genético que le anima.
Al definir me defino; al describir, me describo. Así soy (así me comporto). Nada vital me es ajeno.
El ser (genético) del hombre es el del resto de las formas vivas. No hay diferencia, es el mismo ser. 
El conocimiento que poseemos de las otras formas vivas es conocimiento que poseemos acerca de nosotros mismos.
Es la vida la que inquiere, la que interroga… y la que a sí misma se responde.
Las respuestas que la vida se da a sí misma acerca de su propio ser. La vida se pregunta, y la vida se responde. ¿Puede juzgar la vida acerca de sí; acerca de su sentido? ¿Está capacitada la vida para responderse a sí misma acerca de su ser?
La voluntad de poder o la lucha por la existencia no me definen –no definen mi esencia, o mi ser. La vida es ambiciosa, es competidora, pero también desprendida y magnánima; es egoísta, pero también altruista... 
La vida es… ¿Qué es la vida? ¿Qué soy?
El ser múltiple. La multiplicidad conductual.
Las definiciones son descripciones –son interpretaciones.
¿Un ser unívoco? ¿Un ser polívoco? ¿Un solo término que respondiera al ser que somos…?
La vida no puede definirse a sí misma.
Un ser inefable. Que no admite definición –ni univoca ni polívoca. Más acá de toda palabra.
La inefabilidad de la experiencia misteriosa. La vía misteriosa al ser (que somos).
Se requiere, pues, el silencio acerca del ser que somos. Es una suerte de vía negativa al ser. Una vía purgativa. Purificarnos, limpiarnos, quedar en nada. Silencio –la noche del espíritu.
Sólo la experiencia directa puede ‘decirnos’  algo acerca del ser que somos. La conexión consigo mismo. El auto-conocimiento.
Es una vía solitaria. Es conocimiento incomunicable –inefable.
Sabernos, tenernos, poseernos –no como hombres, sino como vida.
El instante misterioso. El instante extático. La ‘iluminación’.  El ‘renacimiento’. La alegría. El sentimiento de poder.
El ‘hombre’ se ha adueñado de la experiencia misteriosa. Se ha considerado como el sujeto y el beneficiario de la experiencia (la ha considerado como liberación o salvación, o como conocimiento ‘intuitivo’ del ‘dios’, o como ‘don’ del dios…). Se consideraba que el hombre se purificaba en la vía negativa, se hacía ‘mejor’. El ascetismo tenía una finalidad ética (en el budismo, en el cristianismo…). La vía silenciosa y la experiencia misteriosa eran interpretadas antropocéntricamente. El ‘hombre’ no salía de sí. El ‘místico’ se convertía en un hombre ‘superior’ (a sus ojos, y a los ojos de los demás).
La vanidad, el narcisismo, la ambición… subyacen en estas interpretaciones. La codicia de honores, de prestigio… personal. El comercio con el ‘dios’, el elegido del ‘dios’…
El hombre es lo superado, lo dejado atrás en la vía silenciosa (consciente o inconscientemente) –las palabras de los hombres, sus interpretaciones, sus deseos, sus apetencias…
Se sepa o no se sepa, es la vida la que se purga; es la vida la que inicia la vía purgativa. Y es la vida la única receptora de la experiencia extática (la auto-gnosis); la única que experimenta la ‘iluminación’.
El ‘hombre’ nada tiene que ver ni con la vía purgativa, ni con la experiencia extática (caso de que se dé). Pero se adueña de ambas –piensa que es cosa suya.
Repensar la vía silenciosa desde la sustancia genética, desde el genocentrismo –desde el sujeto único.
La vía solitaria. La vía silenciosa.
La aprehensión de sí directa, sin intermediarios.
Se abandona la ‘montura’, se abandonan los caminos… Se abandonan las palabras, la ‘semiosis’ –toda ‘representación’. 
No saber… Es fundamental el no saber, el quedar en nada.
La vida al encuentro de sí misma. La revelación, la iluminación.
La inefabilidad. Sin palabras. Conocimiento directo. Ininterpretable.
Interpretar la experiencia extática (como se ha hecho hasta ahora) es errar y desencaminar.
El momento y el lugar han incidido en la interpretación de la experiencia extática –las diversas culturas y los diferentes momentos históricos.
Las interpretaciones religiosas judías, cristianas, musulmanas, budistas, hinduistas… desvían absolutamente. Antropocéntricas. Históricas. Relativas a su tiempo y a su medio entorno étnico y lingüístico-cultural.
Téngase en cuenta que lo que se interpreta en las tradiciones del neolítico es tanto la causa de la experiencia, generalmente trascendente (el dios, la divinidad…), como su sentido o significado (salida de la rueda de las reencarnaciones, liberación, salvación, elección…).
Mi interpretación es  que la causa es inmanente (la sustancia genética), y su sentido es la unión consigo mismo del ser (genético) que se es. Digamos que la sustancia genética es el origen y el término de la experiencia.
El abrazo constitutivo de las partes. La fusión. La unión. La unidad. Sentimientos de unidad, de cohesión… de victoria, de poder, de alegría… Síntomas concomitantes de la experiencia.
La brevedad y la fugacidad del instante… Tienen que intervenir sustancias químicas… Es una experiencia que se siente. Una cascada de impresiones súbita, inesperada… Indeleble.
Experiencia involuntaria e indeliberada. Cuando menos lo esperas. Te sorprende.
Algo se cuece en tu interior mientras haces el camino (solitario, silencioso…). Algo inadvertido (no conscientemente advertido). Se prepara la ‘implosión’.
La experiencia, por lo demás, coincide con la descripción que suele hacerse de la crisis psicótica –el instante súbito, el carácter de ‘revelación’… el vuelco en la personalidad del ‘paciente’… su ‘certeza’… El delirio interpretativo del psicótico.
No hay lo psicosomático. No hay sino ‘psykhé’, alma, genoma… sustancia genética. Son las terminales nerviosas… es el sistema nervioso –que llega hasta los últimos rincones de nuestro soma.
Experiencia  arrebatadora, sublime… inefable.
Experiencia imborrable, indeleble. Parte en dos la vida del que la ‘padece’. Sol que nunca se pone.
Cabe la interpretación fundada en la sustancia genética –sistema nervioso y, lo más probable, sistema endocrino. Inervaciones, hormonas… todo a una. La unificación. El sujeto deviene uno. El Uno que somos.
El ser genético, el genotipo. Se hace presente el ser (genético) que se es; adviene a la luz.
Es la hora del ser genético, de la sustancia genética, de la sustancia viviente única, del sujeto único, del Uno.
El Uno tiene ahora la palabra. Xenus/Nexus. Genousse y Genoussin.
                                                                            *
Hasta la próxima,
Manu

sábado, 27 de mayo de 2017

154) Genocentrismo VIII


Genocentrismo VIII.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (27/5/17).


*


*La soledad de la vida en el cosmos. No hay otra soledad que la nuestra. Es una soledad y un abandono total, radical, absoluto. Islas vivientes en el cosmos. Distancias insalvables. Eternamente aislados.
*El periodo genocéntrico que ahora iniciamos modelará la vida en la tierra. La vida será lo principal, lo primero.
El Uno que somos. El triunfo del Uno, el triunfo de la vida.
Xenus/Nexus. Dioxenus/Dionexus. El dos veces nacido. Este conocimiento nuevo, esta revelación, supone un renacimiento de la misma vida. Ahora la vida nace a sí misma. Se reconoce, se conoce, sabe de sí.
El instante misterioso en el que la vida se nos revela; en el que la vida se revela a sí misma. Instante brillante, luminoso. Inefable. El instante que trae la alegría.
Los ojos de la vida, el oído de la vida… La vida que mira y oye con los receptores de su cariotipo específico humano. Que habla la lengua de los humanos. Que parte del mundo de los humanos.
Las nuevas palabras que vienen. Los nuevos discursos. La nueva poesía, la nueva música… Cuando la vida desempeñe y rubrique toda actividad… Nos la vida.
No habrá discursos individuales humanos. No habrá otro actor, ni otro autor, que la misma vida.
Cambia la mirada, la perspectiva; el lugar desde el cual se habla, se piensa, se escucha… Es otra visión, otro horizonte… Es otro el que mira.
Transformación, vuelco… Desplazamiento hacia el centro. Todo cambia. La mirada. El ser. El que palpa, y lo palpado. El mundo todo cambia.
Nuevo mundo, pues. Nuevos horizontes…
Hay que purgarse del hombre, de la criatura; deshacerse de él. Quedar en nada, vacío.  Para que la vida pueda emerger, revelarse, hacer su aparición. El instante súbito y fugaz de la revelación. La iluminación. Instante indeleble –pese a su inefabilidad. Como sol que nunca se pone permanece en nuestra memoria –en nuestro mundo interno de cada día.
Ésta es mi interpretación del instante misterioso. Así lo siento y lo vivo ahora.
¿Qué paso allí? Que la vida se me reveló. A sí misma, de sí misma, para sí misma… La vida se da a conocer a sí misma. Esto quiere decir que antes no se conocía, no sabía de sí.
¿Por qué? ¿Cómo puede la vida ignorarse a sí misma? ¿Qué la aparta de sí misma?
El mundo (los mundos) de los hombres apartaba a la vida de sí misma. Los mundos antropocéntricos que elaboraron los grupos humanos.
La vida alienada de sí. Si esto es posible. La esencia. El ser que no se sabe.
El ser distraído, confundido, disperso… Pero también, suplantado, impostado. Alguien ocupaba su lugar.
La vida desaparecida; hundida, subyugada... explotada. Desconocida para sí misma. Sin voz.
Todo eso ha pasado ya. La vida se ha liberado –a sí misma, de sí misma. Ya no es vida alienada (en otro, por otro, para otro), sino vida consciente de sí.
Cansa, aburre ya el mundo (los mundos) de los humanos, tan erráticos, tan descentrados. Tan endiosados, también. Ya no es ni siquiera una criatura interesante.
El hombre no sabe conducir el carro de la vida (o de gobernar el planeta, como ahora se pretende). No es apto, no vale.
El hombre se ha llegado a convertir, incluso, en un obstáculo para la vida. Su pertinaz antropocentrismo. Se sigue creyendo el señor de las bestias.
La vida aparece confundida en el hombre. Ha permitido que el hombre hable y obre a su antojo durante miles de años creyéndose el centro de la naturaleza y de la vida. Y así va todo. El planeta parece que va a derrapar, que va a comenzar a dar vueltas y vueltas… que va a quedar destrozado.
La pulsión cognoscitiva en la criatura humana era la pulsión cognoscitiva del creador. La vida empujaba, instaba al hombre (a su criatura) a conocer, a investigar…
Hace más de sesenta años del descubrimiento de la sustancia genética, y aún nada. Sigue hablando el hombre. Parece como si ese saber no le concerniera, o no tuviera nada que decirle como ser viviente. No se da por aludido. Ni siquiera aquellos que viven desde dentro las ciencias de la vida –los biólogos, que tendrían que haber sido los primeros en advertir la desmesurada importancia de tal conocimiento.
Ni siquiera los biólogos se tienen a sí mismos como vida. Filosofías y teorías ‘ad usum hominis’. Filosofía de la biología, biosemiótica, ecosofía, ecología profunda…
La vida sabe ahora acerca de sí misma. Los hombres creen que acumulan conocimientos, pero es la misma vida la que aprende acerca de sí. Podríamos decir que la vida se experimenta a sí misma por primera vez. Se contempla, se contempla a sí misma en su ser material.
El Uno primordial. La conciencia que la vida, ahora, puede tener acerca de sí misma.
La misma vida en todos y cada uno de los organismos que pueblan el planeta. La sustancia viviente única. La unidad de todo lo viviente.
Conocimientos que son como iluminaciones que la vida recibe acerca de sí misma.
Sigo sin comprender cómo después de tantos años la perspectiva genocéntrica no se ha impuesto; cómo es posible que aún siga hablando el hombre. Cómo es que éste no ha desaparecido (siquiera fuese en el campo de las ciencias de la vida). Pero todo sigue igual.
Recuérdese el caso de las patentes genéticas de la industria farmacéutica. Esto es tan solo una anécdota que denota cuán lejos estamos aún de nosotros mismos. Para el ‘hombre’ la sustancia genética es otra fuente de lucro, otro negocio. ¿Cómo se consiente esto? Se comercia con la esencia de la vida, con la misma vida. Esto sucede porque aun prevalece el hombre. El último hombre, por cierto.
El acontecimiento de los acontecimientos. Tarde o temprano la vida en este planeta triunfará, se impondrá. La perspectiva de la vida, la mirada de la vida.
Cuando la perspectiva genética prevalezca nada humano tendrá sentido. Sus querellas, sus conflictos, sus creencias… Sus Estados, sus naciones, sus pueblos… No tendremos más que el aire, la tierra, el agua, la luz… El hogar quedará limpio de trastos humanos.
La corriente animalista, aún fenocéntrica, antropocéntrica… Aquellos que hablan de los derechos de los animales, de extender los derechos humanos a los animales… Ese lenguaje arcaico, obsoleto. Ya no procede hablar así.
El desquiciamiento generalizado en el planeta. La locura humana. La huida hacia adelante. Los paliativos, los parches… las enmiendas. Lo escandaloso del comportamiento humano. Se ha perdido por completo el control.
Sólo la toma de conciencia genética salvará el planeta, el hogar. Cuando los hombres se vean a sí mismos como vida.
La ruina del hombre, esto es lo que viene. Su desplazamiento a la periferia. Cuando la conciencia genética se generalice, cuando triunfe la mirada de la vida.
Es un mundo nuevo lo que viene. No hay duda.
Es la vida la que debe despertar en el hombre y cobrar conciencia de sí.
El hombre sigue creyéndose en la tierra el señor de las criaturas, o el pastor del ser, o el que debe lograr su autorrealización…  Se afianza, en cualquier caso, a sí mismo.
El hombre debe ser superado, dejado atrás. Es, hoy por hoy, el mayor obstáculo, el mayor enemigo de la vida.
Una vida ligada a la tierra, al suelo, al aire, al agua, a la luz… Una vida que se reconoce en toda vida. Porque no hay sino una sola sustancia viviente. Porque es la misma en el árbol y en el ave.
Maestría, dominio absoluto sobre las cosas de la vida. Sobre nosotros mismos y nuestro entorno abiótico. Conocernos cada vez más y mejor.
El camino de la vida. La autorrealización de la misma vida. El llegar a ser lo que se es. Pura vida.
El Uno primordial. La unión con el Uno. La identificación. La experiencia reveladora del propio ser. Nuestra pertenencia al Uno. Nosotros somos el Uno primordial. Nosotros somos la esencia, el ser, la vida.
El Uno fragmentado, escindido, roto… repartido en las criaturas. Enfrentado consigo mismo, devorándose a sí mismo. Regenerándose eternamente.
Unidades geno-somáticas eventuales, contingentes, perecederas. Las unidades pasan pero la sustancia genética permanece.
La reproducción es un deber. Mediante la reproducción la sustancia genética se garantiza la perduración, la eternidad.
Una sustancia que cuenta con millones y millones de años de experiencia, y de vivencias. Una sustancia arcaica, ancestral. El Uno primordial.
El horizonte temporal de la vida es la eternidad.
La sustancia genética, el príncipe, el principio destronado. El hombre sigue llevando las riendas de este planeta. El hombre sigue siendo el dux, el conductor de este planeta; sigue siendo el piloto de la nave. Es la codicia de oro y de poder de los humanos la que se enseñorea en el planeta. La falta de escrúpulos de esta criatura enloquecida. Se talan bosques (por su apreciada madera), se contaminan las aguas, el suelo, el aire… Se perjudica a la vida una y otra vez. Comportamiento indecente, cínico, cruel… e indiferente a las consecuencias, como ajeno… Éste será el recuerdo que quede de los hombres –del período humano.
El hombre domina el planeta. Lo explota, lo exprime… lo contamina, lo seca. Mancilla el aire, el agua, el suelo, la luz… Su codicia no conoce límites ni tolera barreras. Guerra, guerra, guerra… la cotidianidad de los humanos. Guerra por el prestigio, por el poder, por las materias primas, por el territorio…
Trascender. Más allá. Lo trans-humano. Conciencia trans-específica.
Dejar atrás todo lo humano. Los parámetros culturales, lingüísticos, étnicos, nacionales… personales. Los deseos, las necesidades, las demandas… Purgarse de lo humano. Renacer a la vida, al Uno. Reconocerse en el Uno. No hay otro camino, otra salida. Deshacernos del hombre en nosotros –de la criatura.
La vida confundida por su más admirable realización. La criatura humana. Alienada en su obra.
Es la vida la desnortada, la extraviada. La que tiene que cobrar conciencia de sí. La que tiene que alcanzar la autorrealización. La que ha de purgarse.
Es la vida la que toma el camino de recuperación. La iniciativa parte de la misma vida. Algo me sobra. Algo me impide ser más plenamente. Algo me impide ser lo que soy.
Las seducciones, los engaños de las religiones de salvación o liberación. De sus iniciadores. Se apostan en el camino y desvían a los viandantes de sí mismos. Los seducen (los atraen hacia ellos): “Yo soy el camino…”. Los narcisos. Trampas letales que alejan del propio ser.
Es la vida la que ha de espabilarse. El cometido no es la liberación o la realización del hombre (como cristiano, como budista, como…). Es la vida la que ha de realizarse o liberarse; la que ha de reconocerse; la que ha de cumplir su destino.
Volver sobre sí. Retornar. Reencontrarse. Recuperarse. Tenerse a sí mismo. Esa experiencia. La vida que a sí misma se tiene, se posee.
Cuando la vida ya nada desea porque se tiene a sí misma. Nada le falta, nada necesita… Esa sensación de autosuficiencia. El ser que a sí mismo se tiene. Uno consigo mismo. Ya no escindido, ya no enfrentado consigo mismo. La unidad, la cohesión. Una sola cosa.
Los hombres se interponen constantemente en el camino de realización de la vida. Los ‘humanismos’ (los ‘hombres’) pululan. La realización estoica, la cristiana, la budista… la marxista, la existencialista, la ecológica de última hora… La multitud de ‘conciencias’…
Purgarse de lo humano. Es lo primero.
¿Qué puede ser tomado del pasado? ¿Qué puede serle útil a la vida? ¿Qué poesía, qué música, qué filosofía...? La menos antropocéntrica. La que pueda ser tomada por la vida sin desmedro de su ser. Aquello que la misma vida hubiera creado. Lo menos humano. Aquello que puede ser suscrito por la vida. Es una labor que queda. Sopesar el pasado creativo de la humanidad.
Lejos de todo patetismo humano. Su histrionismo, su sobreactuación…  Su vano narcisismo.
Lo sublime vital –no lo sublime humano. Esto es lo que hay que rescatar del pasado.

Apenas nada del pasado nos vale. La vida debe valorar ahora. Qué del pasado le viene, le dice. Es un juicio.
El cuerpo es el cuerpo del genoma. El cuerpo, el soma, es la morada del genoma.
El cuerpo es expresión del genoma. La gracia del soma es la gracia del genoma.
El genoma es el alma (la ‘psykhé’ de Aristóteles, el principio vital y formal del soma).
Los gestos, las facciones, las posturas… El genoma se expresa en su soma.
El genoma es el sujeto único en toda actividad que el soma realice. Es el genoma el que eleva su brazo…
Dentro de la jerarquía del cuerpo podemos decir que en las células que conforman el cerebro-sistema nervioso (el sistema nervioso central-periférico) radica el sujeto. Sin olvidar las relaciones que cerebro-sistema nervioso mantiene con el sistema endocrino y el sistema inmunitario. Estos tres parecen regir el cuerpo.
Los estados de ánimo que advertimos en el soma, son los del genoma, son estados del genoma.
La coordinación del soma es obra del genoma. Su sincronización. Las células que pilotan, que velan, que protegen al soma.
El soma es la morada, el vehículo… del genoma.
Podemos ver las células (el entramado) del sistema nervioso mover ese cuerpo, alzar el brazo, saludar… Mover las cuerdas vocales, hablar…
Las enervaciones… El genoma está repartido por todo el cuerpo. Las sensaciones, las percepciones… Las terminales nerviosas. Los perceptores y los efectores.
En todo momento el genoma interacciona con el exterior (lo más allá de la piel, de la membrana). Recibe y emite. Con sus ojos, con sus oídos…
Es un ejercicio de imaginación. Tras la piel, las terminales nerviosas periféricas, neuronas que transmiten (y transducen) el mundo entorno, que llevan esa información al sistema nervioso central (al encéfalo). Tras el encéfalo, las neuronas. En las neuronas, el núcleo con su genoma. La entrada (la vía aferente) y la salida (la vía aferente). Las neuronas sensitivas y las motoras. El vertiginoso procesamiento de la información.
La coordinación y la sincronización de los millones de células del sistema nervioso. Y todo sucede en milisegundos.
El mismo genoma en cada una de las células del soma. La super-coordinación a una velocidad de vértigo.
Hemos de acostumbrarnos a ver el genoma en el soma. El genoma, el que subyace en cualquier actividad; el sujeto único. 
Ver o percibir al genoma (el genouma, el alma…) en la mirada, en los gestos, en la voz… En todo el aparecer del soma.
La superficie, la piel –la membrana. Una unidad delimitada por su piel o su membrana.
Las terminales nerviosas se extienden por todo el organismo, y con ellas el genoma.
La expresión simbólica (colectiva, compartida, universal). La señalización. La semiotización. La socialización de los signos. El aprendizaje de los signos…
El genoma no puede expresarse sino histórica y culturalmente.
En cualquier caso, ver el genoma en el soma (el alma en el cuerpo, si se prefiere).
El genoma. El ser genético. La vida. El Uno.
*
Hasta la próxima,
Manu