Contra el judaismo, el cristianismo, y el islamismo. Contra las tres imposturas.

Hace dos mil años que padecemos la ofensiva semita. Primero judeo-cristiana, y posteriormente musulmana. Quieren destruirnos como raza, como pueblo, como cultura otra, independiente de sus raíces. Estas tradiciones han arruinado nuestras vidas y han terminado envolviéndonos en sus delirantes y criminales querellas. Debemos usar el término semita para estas ideologías emparentadas. Nuestro anti-semitismo debe comprehender, pues, la impostura judía, la cristiana, y la musulmana.
Liberarnos, recuperarnos, purgarnos. Deshacernos de ellos. De esto se trata. Sudarlos como una mala fiebre. Expulsarlos, arrojarlos fuera de nosotros; de nuestras tierras, de nuestras vidas. Purificarnos. Librarnos de nuestro mal. Sanar.
*
Sea Europa la causa de los europeos de las presentes y futuras generaciones. Sea Europa nuestra tierra sagrada. Sea la cultura europea nuestra religión. Con éstas consignas venceremos.

miércoles, 12 de junio de 2013

93) Sobre religión y cultura

Sobre religión y cultura. Dedicado al Sr. Jaume Farrerons.

Manu Rodríguez. Desde Europa (011/06/13).


*


*“Sea Europa la causa de los europeos de las presentes y  futuras generaciones. Sea Europa nuestra tierra sagrada. Sea la cultura europea nuestra religión. Con éstas consignas venceremos”. Estas palabras constan en el frontis de más arriba. El lector que inicie la lectura de este post puede alzar un poco la vista y las verá. Coronan el blog.
Vaya por delante que considero un disparate el discutir la pertinencia o no de algunos aspectos de nuestras viejas culturas frente a la filas del enemigo. Promover debates tan nocivos para nuestra lucha. A estas alturas. Un sistema inmune enloquecido. Éste es el aspecto que ofrecen multitud de webs, blogs, y foros de los grupos nacionalistas o identitarios europeos. Discutiéndose, negándose unos a otros. Ni la menor ‘co-herencia’, ni la menor unidad. Pura diversión para el enemigo: los gentiles se pelean entre sí en la arena.
Todo esto mientras que el noventa por ciento de nuestros pequeños europeos sigue recibiendo una educación judeo-mesiánica que promueve el universalismo, el pacifismo, el altruismo… Cuando deberían estar recibiendo una educación arya inspirada en nuestros mitos o relatos históricos; una educación étnica, épico-heroica. Una moral de combate. Cabe imaginar la fuerza de una generación así instruida. (Véanse los textos de H. Stellrecht (“Fe y acción”, 1938) que César Tort incluye de vez en cuando en su blog (http://chechar.wordpress.com/).
No comprendo cómo desde nuestras filas no se acaba de reconocer que la reivindicación de los aspectos míticos o fabulosos de nuestras viejas culturas pre-cristianas tiene su importancia y su valor en nuestra lucha (y me atrevo a decir: de cualquier forma que se haga). Que es un aspecto esencial para acabar con ciertas debilidades,  carencias, y olvidos; para completar nuestro ser. Que es esencial tener en cuenta ese legado, esa herencia común. Que nos viene bien, que nos fortalece su rescate o recuperación. Que se trata de recuperar la memoria colectiva desde los tiempos más remotos; de recuperar el ser milenario nuestro; de llegar a ser lo que somos.
Tenemos que ser cada vez más indoeuropeos,  más aryas. Más dentro de nuestros mundos (de aquí y de allá; míticos, filosóficos, científicos, o políticos; pasados y presentes), más dentro de nuestro ser milenario. Encarnar. Ser el indoeuropeo de hoy, de ayer, y de mañana; el arya eterno.
*La palabra ‘religión’ es hermosa y fecunda.  La ‘re-ligión’ romana implicaba una re-ligación deliberada y voluntaria de los individuos con su propia tradición. Un hombre ‘re-ligioso’, en tiempos pre-cristianos (romanos), era un hombre doblemente ligado a sus propias tradiciones (el ‘mos maiorum’ romano); respetuoso con los Padres, con los antepasados, fiel…
El uso que de la palabra ‘religión’ comenzaron a hacer los sacerdotes cristianos pervirtió por completo su primitivo uso. Ahora la ‘religión’ (el acto de re-ligación) no se cumplía en el interior de la cultura romana, sino en la tradición judeo-mesiánica, extranjera, que se nos imponía. Ahora el hombre religioso era el seguidor fiel de dichas tradiciones extranjeras, y no el ciudadano romano fiel a sus tradiciones todas (en las que todo era poco menos que sagrado).
Tenemos, pues, en principio, dos usos del término ‘religión’. El uso romano primitivo, y el uso cristiano. Podemos añadir un tercer uso de éste término que tiene que ver con los dos usos ya citados. La cultura de un pueblo es su religión, digo. Y llamo cultura al conjunto de tradiciones lingüístico-culturales compartidas y consensuadas por un pueblo y con las cuales el pueblo se identifica (su música, su cocina, su literatura, su arquitectura, su derecho, sus mitos… su historia toda). Y llamo religión a aquello simbólico que religa a una comunidad, a un pueblo, y le hace uno. Pero aquello simbólico que religa a la comunidad y la hace una es la propia cultura generada a través de las generaciones –algo propio, íntimo y colectivo.
Así interpretado, el término ‘religión’ no tiene otro contenido que la cultura: cuando decimos que la religión es ‘aquello simbólico que…’, el término ‘religión’ pasa de designar un acto y un comportamiento social (su uso primitivo), a designar una ‘cosa’, un ‘algo’, ‘aquello que…’. Y es la entera cultura ese algo sustancial que religa y hace uno a un colectivo, a un pueblo. La materia simbólica, el soma simbólico, el corpus lingüístico-cultural de un pueblo. La materia santa, sagrada.
Cambiar de religión es, desde este punto de vista, cambiar de cultura; abandonar la cultura/religión de tu pueblo, de tus antepasados todos, y adoptar una religión/cultura extranjera (hebrea, árabe, india…) –enlazarte o religarte a otro pueblo; adoptar su destino, su legado, sus antepasados, su voluntad de futuro… como propios.  Algo aberrante, a mi manera de ver.
Los pueblos aryas o indoeuropeos, pues, no necesitamos una religión otra –que  no sería sino una cultura otra. Aquello simbólico con lo que nos identificamos y que nos une, que es nuestra cultura, es nuestra religión. Esto digo.
Se trata de establecer un pacto religioso (de fidelidad) con nuestras tradiciones lingüístico-culturales todas. Se trata de tener por sagradas las palabras y las obras del propio pueblo. Y lo que esto conlleva.
Añado que esta consideración ‘religiosa’  y ‘sagrada’, de nuestras propias culturas es una condición necesaria, aunque no suficiente, para vencer a nuestro multiforme enemigo. Es un pilar fundamental de nuestro ser. Eleva el orgullo, la dignidad, el honor. Proporciona fuerza, firmeza, legitimidad en la lucha.
La fidelidad religiosa al propio pueblo, a la propia historia, y al propio legado, confieren fortaleza y entereza a los pueblos, y les garantiza la pervivencia, el futuro. Si pudiéramos educar a nuestra próxima generación bajo estas premisas, tendríamos garantizada media victoria.
*El camino se hace de palabras y obras; yo tengo las mías,  tú tienes las tuyas, y cada cual tiene las suyas. ¿Por qué dices que estoy engañado o equivocado (aunque de buena fe, apostillas); por qué quieres que abandone mi posición y adopte la tuya –que abandone mi voz, mi mirada y mi ser, y adopte los tuyos?
No quieras duplicarte. Es el mal de Narciso –aquel  que no ama más que su propia ‘imagen’ (su propia representación, su propio mundo). El que sólo se ama a sí mismo. El peor amante. El peor amigo. No ha lugar para el amor y la amistad en el reino de Narciso. Éste no quiere voces a su alrededor, sino ecos de su voz.
Ve tu vía, Jaume. Deja estar, deja ser. ¿No ves que no va contra ti lo que aquí se dice; no ves que lucha contra el mismo enemigo? Cada cual tiene sus armas; sus modos y maneras; su mirada, su ser. Y hay muchos frentes en esta guerra; y muchas posiciones que reconquistar o recuperar.
Combatamos juntos, y cada uno con sus propias armas. Venzamos juntos al multiforme enemigo. Tú cortarás y enmudecerás aquellas cabezas, yo haré lo mismo con estas, y aquél hará otro tanto con las de más allá…  Y entre todos acabaremos con nuestro mal. De esto se trata en esta guerra.
*La actividad que realizamos hunde sus raíces en la tierra y,  más allá del espacio intermedio,  se eleva al cielo. Las raíces  del  acto fortalecen  la tierra; sus ramas y frutos llenan  la  atmósfera; su cima soporta la bóveda y consolida el cielo.
La tierra es la comunidad, la madre comunidad –en nuestro caso, la comunidad arya. El espacio intermedio o la atmósfera es el espacio heroico, el espacio del guerrero; el espacio de Heracles, de Indra, de Thor… de Atenea Promachos. El cielo es la memoria colectiva ancestral y propia; el espacio de los antepasados (desde que tenemos memoria hasta nuestros días). Es el espacio donde se encuentra el secreto de nuestro ser simbólico. El cielo arya. Lo que no debe caer, nunca.
*
Saludos,

Manu

lunes, 3 de junio de 2013

92) Un pueblo sin pasado es un pueblo sin futuro

Un pueblo sin pasado es un pueblo sin  futuro. Respuesta a un comentario de mi último post.

Manu Rodríguez. Desde Europa (03/06/13).


*


*El Sr. Farrerons cae en un error, por desgracia, muy generalizado: la distinción entre religión y cultura. Ya respondí a estas cuestiones en el post nº 84 (Carta abierta…) y en el siguiente nº 85 (De mi correspondencia) –éste último con comentarios que le envié directamente por correo electrónico en dos copiosas cartas y que no parece que haya leído o si acaso tan sólo superficialmente (de no ser así no repetiría las mismas cosas como si nada hubiera sido dicho por mi parte). He abundado en ello desde hace años. Ruego a los lectores interesados que repasen algunos de mis antiguos post (el nº 80, por ejemplo). También pueden solicitarme el ‘Desde Europa’ (textos desde el 78 o 79 hasta el 2005).
En su comentario a mi último post (dedicado a Dominique Venner) se ignoran o manipulan mis palabras. Yo no hablo de religión sino de cultura. Mi máxima es “la cultura (total) de un pueblo es su religión” –pues es la cultura la que religa a un pueblo y le hace uno.
La confusión semántica entre religión y cultura fue introducida en nuestra Europa por los sacerdotes de divinidades extranjeras (judeo-mesiánicos), e igualmente el uso del término ‘religión’ aplicado exclusivamente a la tradición semita que se nos impuso. El Sr. Farrerons puede leer los post citados, o los correos que le envié  (que, insisto, no parece que ni siquiera haya leído –en tal caso hubiera cambiado o renovado sus argumentos).
Los griegos, por ejemplo, no tenían religión, tenían cultura. Y otro tanto podemos  decir de los restantes pueblos indoeuropeos, y aún del resto de los pueblos originarios del planeta –no alienados culturalmente (no cristianizados, no islamizados,  no proletarizados, o no globalizados). Pero sobre esto ya hablo en los post más arriba reseñados (y constantemente en lo que escribo, pues ciertos lectores no acaban de enterarse).
*He repetido en mis escritos desde hace años que “la cultura de un pueblo es su religión”. Para el caso europeo (o las tradiciones europeas) tan religantes o simbólicos son personajes como Homero, Hesíodo o Píndaro,  como Euclides, Newton  o Darwin. Son ‘hechos de cultura’ –de la cultura de un pueblo. Es el legado cultural de nuestros pueblos en su conjunto, en su totalidad –desde que tenemos memoria–, de lo que se trata. ¿Por qué prescindir del disfrute y de las enseñanzas que podemos encontrar en Homero, Esquilo… Ovidio… los Eddas, el Mabinogion… o los Vedas (por extenderme al entero ámbito arya o indoeuropeo)?
Al reivindicar la cultura europea yo no me sitúo sino en el comienzo, como debe ser, allí donde nuestra memoria y nuestro conocimiento alcanzan. Y ésta es la memoria que deseo para mi pueblo. No la mermada por la aculturación  e inculturación judeo-mesiánica, o la posterior musulmana, o la actual materialista o marxista; o la que él comentarista propone invocando una ya desusada teoría cultural. 
Nosotros no tuvimos religiones sino culturas. La visión acerca del ‘estadio religioso superado’ o que estas ‘religiones conducían a la verdad racional’ es un tanto tópica y decimonónica; vale decir, obsoleta: se supone que hay un primer estadio ‘religioso’ y un posterior estadio ‘científico o racional’ de la ‘humanidad’. No hay ya antropólogos culturales que sostengan tan errada  visión acerca de nuestro pasado. Los que así pensaban o piensan no parece que le hayan dedicado más que unos minutos a la cuestión del verdadero valor de una cultura, al hecho lingüístico-cultural en su conjunto y a su multiforme variedad.
Los valores (estéticos, éticos, políticos, filosóficos…) de un pueblo no sólo se encuentran en sus discursos más ‘racionales’ (signifique lo que signifique a estas alturas esta palabra). No por estar más ‘racionalizados’ tales valores son más verdaderos o reales. Visión tópica y decimonónica donde las haya, repito (y muy marxiana, muy semita, hay que decir). ¿No valen para nada Píndaro o Esopo? ¿Cómo se puede estar tan seguro de que no hay valores o nada que aprender en nuestras fábulas o en nuestros mitos? ¿Por qué alejar a nuestros hombres y mujeres de esa parte esencial de su propia existencia biocultural? Tales creaciones culturales forman parte de las señas de identidad de los pueblos, y marcan sus pautas axiológicas desde el principio.
Tenemos entonces mitos, fábulas, apotegmas, enigmas, oráculos... Estos, sin solución de continuidad, enlazan con los tratados científicos (Euclides, Arquímedes, Ptolomeo, Hiparco), o políticos (Aristóteles…), y otros. Y no uno después del otro, sino al mismo tiempo, y probablemente desde el origen (según nos muestra la antropología cultural contemporánea). Digamos que tenemos el lenguaje alegórico (mito, fábula, oráculos o enigmas), que permite diversas lecturas –por su deliberada ambigüedad u oscuridad–, y un lenguaje llano y directo (logos). En ningún momento se abandonó el lenguaje alegórico, que siguieron usando los poetas y artistas en general. No sé bajo qué visión o filosofía una sabiduría (o un recurso lingüístico) excluye a la otra. Son áreas no comparables, y no excluyentes, dentro de una misma cultura; cada cual con su esfera de uso o aplicación. Son maneras de hablar, o formas de representación. Es la potencia del lenguaje (y de nuestra mente). Es riqueza simbólica a nuestro alcance.
Mitos, fábulas y demás tenían un uso en la vida cotidiana de nuestros antiguos pueblos. Diré además que estos recursos lingüísticos tienen más que ver con el espacio que con el tiempo –son, en cierta medida, intemporales. Son espacios de configuración, micro-estructuras donde los elementos tienen un valor abstracto. El uso que se hacía de estos relatos (y que aún se hace o se puede hacer) es el que actualmente hacemos con los refranes. Decimos, por ejemplo, “tanto va el cántaro a la fuente…”, y aquí los términos ‘cántaro’ o ‘fuente’ son meros signos abstractos. Nosotros usamos estas estructuras cuando vienen a cuento, y no precisamente para hablar de cántaros y fuentes. Estamos ante coincidencias o analogías estructurales. Es un arte, me atrevería a decir, el aplicarlas correctamente en tales o cuales circunstancias.
El lenguaje es más complejo, rico, y plurívoco de lo que se suele pensar. Y esto lo sabían nuestros antepasados y nos dejaron una buena muestra de ello en sus variadas formas y en sus numerosos relatos. No hay, pues, ni dioses ni monstruos ni héroes,  sino signos, figuras, símbolos de la lengua.
Esto que digo acerca de los pueblos neolíticos o históricos sucede igualmente en los pueblos cazadores-recolectores supervivientes. Nuestros antropólogos nos muestran que en tales pueblos lo mismo se usa el mitos que el logos (uso estos términos para simplificar). Esto es, no son pueblos ‘atrasados’ o atrapados en un ‘periodo superado de la humanidad’. Saben en todo momento lo que dicen y cómo lo dicen. Dominan todos los recursos del lenguaje.
Yo no reivindico, pues, la religión de mis antepasados, sino las culturas de mis antepasados; mis genuinas raíces, en pocas palabras. Ese desarraigo, esa tachadura o borradura que el Sr. Farrerons, y otros, proponen, en nombre de cierta modernidad (superficial o interesada), deja a los pueblos sin pasado, simplemente (y un pueblo sin pasado es un pueblo sin futuro). Es, por lo demás, el arma usada habitualmente para desarraigar a los pueblos y someterlos a diversas homogeneizaciones (religiosas o políticas): el menospreciar o censurar, bajo pretextos espirituales o racionales, su pasado pre-cristiano, pre-musulmán, o pre-marxista.
Siguiendo esta lógica pseudo-materialista y pseudo-racionalista Mao arremetió contra la ancestral tradición china, la de su propio pueblo. El pasado pre-marxista o pre-comunista chino estaba ya, según tal perspectiva, superado. De haberse prolongado su revolución ‘cultural’ lo hubieran conseguido, hubieran destruido la memoria colectiva ancestral de su propio pueblo. ¿Por qué; en nombre de quién o de qué; con qué finalidad; con qué derecho?
(¿No estamos ante el  mismo caso que con los cristianos y musulmanes cuando definen el periodo pre-cristiano o pre-musulmán de los pueblos como ‘era del pecado’ o ‘era de la ignorancia’ respectivamente? ¿O la destructiva globalización (el universalismo) demo-liberal que hoy se impone a velocidad de vértigo en todos los rincones del planeta?).
Es una actitud ciertamente procrustiana, propia de autócratas. Cortar  la raíz de los pueblos, desarraigarlos, privarlos de su memoria histórica. Un nuevo comienzo desde ‘mí’ (‘moi’). Éste es el pensamiento de los judíos, de los cristianos, de los musulmanes, de los comunistas, y de otras ideologías ‘revolucionarias’ (religiosas o políticas).
Lo mismo da destruir, o enterrar, a tales períodos culturales tildándolos de ‘paganos’ o de ‘estadios irracionales superados’. Dicho sea de paso, lo de acusar a estas muestras culturales de irracionales denota ignorancia o incomprensión de sus temas y recursos. Aún más, yo no dudaría en llamar irracionales e inconsecuentes a los partidarios de mandar a la muerte y al olvido  siglos o milenios de cultura, y de su propio pasado. No saben ni lo que dicen, ni lo que hacen.
No podemos amputar, al gusto de tal o cual criterio pseudo-espiritual o pseudo-filosófico, nuestras señas de identidad. Negar un pasado que forma parte de nuestra psique colectiva. Pretender comenzar en un año cero cualquiera. Bien al contrario. Tenemos miles de años de historia y de experiencia. Hemos de tener presente en todo momento nuestra milenaria existencia.
Por los demás, el resultado de tal afán destructivo, cultural y espiritualmente hablando, no ha podido ser más desastroso. La reconstrucción del árbol de los pueblos y culturas del mundo, después de la aniquilación llevada a cabo por estas ideologías ‘revolucionarias’, se hace completamente imposible. El árbol de los pueblos y culturas del mundo, que es también el árbol de la vida, ha quedado desmochado, descabalado, roto. Lo que padecimos los pueblos privados de nuestras raíces culturales fue un etnocidio, un crimen biocultural.
Pues bien, a pesar de su evidente monstruosidad, los seguidores de tales visiones persisten en su idea de que hay que negar, ignorar, o destruir tal legado para dar a luz a esos nuevos hombres que nos proponen desde el universalismo cristiano, o el musulmán, o el comunista, o el de la nueva era demo-liberal.
Si estas propuestas lograran finalmente materializarse algún día, no quedarán en el planeta ni pueblos, ni razas, ni naciones, ni culturas (salvo las semitas y pocas más). Ése es el futuro que nos espera. Individuos desarraigados, sin saber, sin cultura, sin origen, sin identidad… Individuos sin pasado, sin presente, y sin futuro. Clones, zombis, almas muertas. Instrumentos fáciles de manejar. Esclavos. Esto es lo que, en último término,  se pretende.
*El Sr. Farrerons me recuerda a los ultra-ortodoxos de cualquiera de estas ideologías ‘revolucionarias’ de las que hablo –su actitud ante otras posiciones afines, digo. No parece que exista otro camino que el suyo. Son estas actitudes intransigentes y estas discordias vanas en las propias filas lo que engorda al enemigo común, y no la defensa y reivindicación de nuestras culturas pre-cristianas.
En uno de los correos que le envié puede leerse lo siguiente –lo incluí en el post nº 85 (en los dos últimos parágrafos): “Pienso que ‘disparamos’ hacia el mismo lugar, y que valoramos y potenciamos lo mismo; que estamos en la misma línea de combate aunque en diferentes posiciones. Estas diferentes posiciones, si bien situadas, se complementan, no hay que cambiar ni convencer al otro para que cambie de posición; cuanto desde más lugares se ‘dispare’,  tanto mejor. Los resultados que esperamos de nuestra labor son los mismos, la caída de un muro que nos impide (que impide a nuestros pueblos desde hace cientos de años) llegar a ser lo que somos.” Esperaba comprensión y respeto por mi lucha. Pero está claro que me equivoqué.
Por último, ha creado un foro (http://adecafcom.puntoforo.com/viewtopic.php?t=2210) pensando en mí, dice,  y en el que no participaré porque lo considero errado desde el principio por su mismo enunciado (“¿Es necesario recuperar las religiones arias”?), y porque, como antes dije, tergiversa o manipula mis tesis. No se trata de religión, se trata de cultura…
Bastó el silencio por mi parte para que hicieran su aparición la prepotencia, la jactancia, y la arrogancia del Sr. Farrerons y sus (exiguos) seguidores. Los lectores, también exiguos, de este blog mío, pueden consultarlo en el enlace que arribo incluyo.
A Balder, que participó como claque del Sr. Farrerons en el antedicho foro, le sugiero que lea las páginas finales del post nº 85.
                                                             *
Postdata para alciones. Lo primero que tenemos que hacer con estos aspectos difíciles, o ‘esotéricos’ (podríamos decir), de nuestro legado es intentar comprender su sentido, su uso, y su valor para nuestros antepasados.
No creo que exista ningún tipo de ‘amusia’ (interpretemos aquí este término como ‘incapacidad para el lenguaje de las Musas’) innata para estos relatos. Tal vez prejuicios o perspectivas no adecuadas. Basta con dedicarles tiempo, esfuerzo, y algo más. Stendhal, al hablar del enamoramiento, usaba el término ‘cristalización’. Comparaba tal experiencia con el fenómeno que se advierte cuando dejamos una rama seca en el interior de las minas de sal de Salzburgo, al cabo de cierto tiempo ésta aparece recubierta de cristales de sal. Se refería, claro está, al recuerdo de la imagen de la persona amada en nuestra mente y a su creciente enriquecimiento y sublimación. La aproximación a estos aspectos de nuestro legado no está muy lejos de la experiencia amorosa. Se requieren igualmente la devoción y el fervor del enamorado.
Yo rogaría a estos alciones a los que me dirijo, a estos buenos lectores de signos, que acometan esta empresa. Les aseguro que no les defraudarán sus frutos.
*
Hasta la próxima,

Manu

miércoles, 22 de mayo de 2013

91) Pensamientos aryas, pensamientos blancos (III). In Memoriam Dominique Venner (1935-2013)


Pensamientos aryas, pensamientos blancos (III). In Memoriam Dominique Venner (1935-2013).

Manu Rodríguez. Desde Europa (22/05/13).


*


*Dominique Venner ha partido hacia el espacio simbólico, hacia el mismo cielo, allí donde moran nuestros antepasados. Nos ha dejado el testimonio de su vida, y un testamento del que entresaco estas palabras:
À défaut de posséder une religion identitaire à laquelle nous amarrer, nous avons en partage depuis Homère une mémoire propre, dépôt de toutes les valeurs sur lesquelles refonder notre future renaissance…
Lacking an identitarian religion to moor us, we share a common memory going back to Homer, a repository of all the values ​​on which our future rebirth will be founded…
Falta una religión identitaria que nos una, compartimos una memoria en común que se remonta a Homero, un depósito de todos los valores en los cuales nuestro futuro renacer será fundado…
                                                      ***
*Nosotros no necesitamos una nueva religión, sino tomar conciencia de nuestras culturas pre-cristianas. Que recuperemos tales culturas en vista a educar a nuestros hijos de acuerdo con el variado legado que estas representan. Pienso en los Eddas, en el Mabinogion, en Homero, Virgilio… Por no hablar de nuestros trágicos, nuestros poetas, nuestros filósofos… Extraer de ese riquísimo fondo cultural ejemplos y máximas morales.
Necesitamos también templos o iglesias. Recintos acotados de religación. Un fuego siempre vivo en estos recintos será suficiente. Necesitamos lugares donde reunirnos y donde rememorar nuestra(s) historia(s); donde cultivar nuestro precioso legado. Lecturas de textos, comentarios, mesas redondas y demás. Algo colectivo, social. Centros religioso-culturales donde nuestra gente pueda tener apoyo psicológico o espiritual, o recibir información cumplida y veraz acerca de nuestros ancestros, o las incidencias de nuestra historia. Repartir el año con conmemoraciones especiales relacionadas con hitos felices o luctuosos de nuestro pasado –la  cristianización o islamización de nuestros pueblos, por ejemplo. Calendarios con un ‘santoral’ propio   (nuestros héroes o figuras más representativas). Recuperar los nombres griegos, romanos, celtas, germanos y demás… 
Es decir, hacer lo que no pudimos hacer. Tener nuestra propia historia, pues nuestra historia fue usurpada por los clérigos cristianos. Tuvimos una historia cristiana.
En fin, tenemos que crear la comunidad (‘ecclesia’) arya. Lo que, por las circunstancias citadas, nunca tuvimos. Las ‘ecclesias’ aryas tienen que pulular en nuestros pueblos y ciudades. Nuestros ‘sacerdotes’ (a falta de otra palabra mejor) serán expertos en teologemas y mitemas aryas, en historia, en antropología, en lingüística indoeuropea… Deben ser expertos en las variadas tradiciones indoeuropeas.
Es obvio que tales centros religiosos (vinculantes) serán sólo para los aryas. El resto de los pueblos o razas están excluidos. Esto es, no será una ‘fe’ universal, sino étnica. Los fieles serán, pues, aryas.
Tenemos que completar la crítica destructiva hacia nuestros enemigos con alternativas positivas y constructivas para nuestro pueblo. Tenemos que ofrecer caminos, salidas.
La creación de la ‘comunidad arya’ (la palabra ‘ecclesia’, de donde nuestra ‘iglesia’ en castellano, viene a decir también ‘comunidad’ –es su sentido originario) es un sueño. ‘Aryan Community of…’ Ésta es la idea. Los templos han de tener sus bibliotecas y salas de lectura. Tales templos llevarán nombres relacionados con las divinidades  o personajes (de cualquier rama) de relevancia en nuestra historia. Tenemos que articular una suerte de ‘año arya’, con sus fiestas y celebraciones. Dedicar días especiales al grupo germano, al grupo celta, al grupo romano, etc. Esto requerirá un trabajo conjunto, de equipo, en el que participen especialistas de todas las disciplinas relacionadas con la historia de los pueblos indoeuropeos –desde su origen hasta nuestros días. 
Debemos tener  incluso escuelas aryas para nuestros pequeños. Hay que elaborar textos pedagógicos adecuados en los que potenciemos nuestros valores. Nuestros textos teológicos o literarios son una buena fuente para la educación moral de nuestros hijos. Nosotros no necesitamos recurrir a ninguna tradición extranjera, estamos sobrados de conocimiento y sabiduría. E incluso pienso que ningún pueblo puede superarnos en esto.
Volver a llegar a ser un pueblo
*Dos personajes de la antigua tradición arya védica son importantes en nuestra memoria. Hablo de Manu y de Aryaman.
De las ramas iranias e indias, fundadas por aryas hace unos cuatro mil años, hemos de tomar su legado lingüístico-cultural arcaico (los Vedas) y adoptarlos como cosa propia. Recomiendo a todos la lectura de los Vedas (sobre todo el Rig-Veda). Los grupos aryas puros (blancos) desaparecieron hace alrededor de tres mil años. Los aryas que llegaron a esa zona debieron ser pocos en número, fueron absorbidos en unos pocos siglos por las razas autóctonas. Poco más tarde aparecieron el hinduismo y otras ideologías de salvación (budismo, jainismo…) absolutamente contrarias al espíritu arya védico y a todas nuestras tradiciones culturales. El espíritu arya védico (épico, heroico, belicoso; activo, afirmativo) que recorría el Rig Veda desapareció absolutamente en toda la literatura india post-védica (hinduista, budista o jainista). El hinduismo y las otras ideologías similares (nihilistas) tienen al parecer más que ver con  las culturas indias pre-aryas que con los Vedas citados.
Hay otras lenguas y culturas indoeuropeas que hace tiempo dejaron de existir, como las del grupo hitita, de los que conservamos textos jurídicos y religiosos y que forman parte del legado indoeuropeo. De todo hemos de cuidar, y todo lo nuestro ha de ser conservado.
Los aryas o indoeuropeos no somos de ayer o antes de ayer.
*Debemos lograr textos unificados que le valgan tanto a un celta, como a un eslavo, como a un germano… Debemos crear la mentalidad arya, el espíritu arya. Más allá de los matices raciales o nacionales que nos dividen. Tenemos que llegar a ser un sólo pueblo. Éste es el trabajo, ésta es la meta.
El nacionalismo blanco afecta ahora a todas las naciones blancas. Los estadounidenses (y australianos y canadienses…) cada vez tienen más conciencia de sus raíces culturales europeas, sin distinción; cada día se sienten más europeos. Se ha producido una evolución ideológica al respecto. Los parámetros actuales requieren, y exigen, otra estrategia, otro discurso, más ambicioso si cabe que el de los nacionalismos de la primera mitad del siglo pasado. Necesitamos conciencia de pueblo, de raza, de cultura.
La evolución de los diversos pueblos europeos ha sido conjunta. Hemos compartido la misma arquitectura, la misma música, la misma  literatura, la misma ciencia… Hemos elaborado una cultura común desde hace cientos de años –a pesar de nuestras diferencias lingüísticas. Nada de esto hubiera sido posible si nuestras sensibilidades bio-culturales hubieran sido distintas.
*La raza es evidente por sí misma. No necesitamos proclamarla. Pero no basta la raza, a la raza le sigue el genio. El genio es creador, es el creador de la lengua y la cultura. El genio responde a la raza (hablamos de genes). La cultura responde a la raza.
Somos blancos de raza, y somos indoeuropeos por las lenguas y las culturas que nuestros pueblos han generado. Es el genio de mi raza el que ha creado o generado tales culturas, tales mundos.
Los mundos generados por nuestros pueblos (griegos, romanos, germanos… aryas védicos…) son sagrados. Así como es sagrada nuestra raza, son sagradas también nuestras culturas. Ésta es la actitud que hay que observar con nuestras culturas pre-cristianas. Con las nuestras, con las generadas por nuestros antepasados. Es nuestra raza la que ahí habla; nuestro genio.
Así de indisolubles, de indisociables, han de estar nuestra naturaleza genética, y nuestra naturaleza cultural o simbólica. Como una doble hélice. El logos natural, y el logos simbólico. Abrazados; como una sola cosa.
El logos simbólico  procede del logos natural, de la raza, de una comunidad, en un principio, racial –es una relación como de madre e hijo. También los individuos son hijos de la comunidad. La comunidad genera por igual naturaleza y cultura.
La lengua y la cultura (simbolemas y culturemas) son como los elementos constructivos que maneja nuestro genio para crear. Como los aminoácidos para el genoma.
Las culturas generadas por los pueblos son sus señas de identidad. Lo más natural y propio.
La cultura marca el camino de un pueblo, y es, en un principio, indisociable de su ser genético, de su genio, de su raza. Cada raza, o pueblo, un mundo.
Como almas escindidas los individuos y pueblos que han sido privados de sus tradiciones y les ha sido impuesto una ajena. Privados de su lengua, de su voz, de su ser. Pueblos que hablan con lenguaje prestado, extranjero.
Cuerpos aryas que hablan en términos judeo-mesiánicos o musulmanes, o… Lejos de su hogar, de su cielo; de su lengua, de su mundo.
Recuperar la palabra, recuperar la voz propia, recuperar el ser. De esto se trata; es lo primero.
La nación arya ha de pasar primero por esta restitución y esta afirmación de lo propio; del legado ancestral y propio. Las voces de nuestros pueblos; de nuestro genio, de nuestra raza.
Hay que prestarle la debida atención a la herencia lingüístico-cultural, a la dotación simbólica. Esta dotación es la que hace de nosotros seres simbólicos.
Los aryas tenemos que reconocernos en todas las culturas generadas: la griega, la romana, la arya védica, la germana, la celta… Los mundos creados por nuestra raza. El haber, la riqueza, los bienes más espirituales. El múltiple legado. Es también lo más próximo, lo más cercano, lo más nuestro; nuestro rostro, nuestro ser.
La dotación simbólica nuestra hace seres simbólicos nuestros. Así como la dotación genética nuestra hace seres genéticos nuestros. Nos reproducimos en la tierra y en el cielo. Nos perpetuamos.
La educación de nuestros pequeños es esencial, tienen que llegar a ser lo que son por naturaleza, uno de nosotros.
Voluntad de futuro. En la tierra como en el cielo. En la naturaleza como en la cultura. Perpetuar nuestro cuerpo y nuestra alma; nuestro ser total.
*Conseguir que los aryas vuelvan a su casa, a su hogar, a sus mundos. Volverlos a su ser. No podemos descuidar el alma, el legado espiritual de nuestros antepasados. El alma nuestra; el espíritu, el genio de nuestros antepasados –el ‘icor’ que corre por nuestras venas.
Sin ese ser nuestro somos ciegos, y esclavos. Servimos a otro; otro nos lleva por donde quiere. Carecemos de libertad y de luz. Es el destino de muchos pueblos, los nuestros incluidos, cristianizados o islamizados (espiritualmente alienados y colonizados). Su destino se les ha ido de las manos, está en manos de otro.
Que el arya vuelva a tomar las riendas de su destino. Que recupere la dirección y el sentido. Para ello ha de despojarse de todo lo extraño, de todo lo ajeno; ha de volver a su ser.
Es una purificación, una purgación, una catarsis. Se suda lo ajeno, como una mala fiebre. Se recupera la salud.
Si esto se cumpliera sería una nueva primavera, una nueva promesa para los pueblos aryas. La negrura, las tinieblas, se disiparían y quedarían en nada ante los primeros rayos de nuestro nuevo sol, ante las primeras luces de nuestro nuevo día.
La unidad espiritual es tan importante como la unidad racial. De nada vale la homogeneidad racial sin la homogeneidad espiritual. Andaríamos dispersos –como  ahora–; ninguna unidad. Un solo cuerpo y una sola mente, la nación arya. Es la condición ‘sine qua non’ de la victoria.
No conseguiremos tal unidad hasta que no quede ni un solo arya que sea o se diga cristiano,  musulmán, o budista. Un pueblo libre de judaina y de budaina, y de cualquier otra ‘fe’ extraña. Aryas puros de cuerpo y de alma. Ésta es la condición que nos pone la diosa Victoria. Y es también la primera ‘empresa’ –conseguir semejante unidad.
Limpiar, purificar a nuestro pueblo de tanta impureza. Una catarsis colectiva de los pueblos aryas.
*Nuestro espacio. Nuestra atmósfera, y nuestra luz. Allí donde nos instruimos; allí donde bebemos de las fuentes de nuestro saber. Un recinto santo exclusivo para aryas. Nada profano, nada ajeno. Nada impuro. Tan sólo los variados y abundantes frutos de nuestros pueblos (germanos, romanos, celtas, griegos… aryas védicos). Nuestros cantos, nuestros relatos, nuestra sabiduría…
El alma arya. La conciencia arya. El ser simbólico, espiritual, arya. El actual, el renovado, el recién nacido. Éste recoge en si el múltiple legado. Es la suma. Es el alma múltiple, rica; experimentada, sabia. Madura.
Los nuevos aryas. Lo que viene. Una renovación y una reivindicación de nuestro pasado, incluido el más reciente, el de la primera república arya. Nuestro ser saldrá de nuevo a la luz. Nos reivindicamos; reivindicamos nuestro ser biosimbólico (étnico y cultural) –nuestra memoria, nuestra herencia. Que nadie ose arrebatarnos el ser, que nadie ofenda nuestras señas de identidad (la esvástica sobre todo).
Nuestra primera misión es limpiar a todos los nuestros de elementos extranjeros. Purificarlos, y volverlos a su ser ancestral.
Necesitamos más guerreros, los necesitamos a todos. Esta vez venceremos con la sola palabra, con la sola voz. Nuestra palabra prevalecerá.
Una dulce tormenta. Un murmullo, un clamor, un fervor colectivo, luminoso, radiante; como una aurora. Nuestro despertar, nuestro renacer, nuestra victoria.
*
Hasta la próxima,
Manu

lunes, 20 de mayo de 2013

90) Pensamientos aryas, pensamientos blancos (II)


Pensamientos aryas, pensamientos blancos (II).

Manu Rodríguez. Desde Europa (20/05/13).



*



*En este tiempo de derrota, en este interregno, en esta noche que padecemos no es prudente, ni sabio, desde nuestras filas, lanzar la más mínima crítica sobre el período nazi (no podemos pasarle armas al enemigo). Por lo demás, es el único hecho de relevancia de nuestros pueblos en los últimos miles de años, me atrevería a decir.
En este período el pueblo arya aparece identificado y reconocido por primera vez en la historia de los pueblos. Por primera vez nuestros pueblos adquieren conciencia de sí, acerca de su origen y de su naturaleza. Desde el surgimiento de nuestro pueblo (aquel núcleo primitivo), hace seis o siete mil años, no se había producido un evento semejante. Fue una aurora, una nueva aurora. Fueron momentos sublimes.
Este ‘nacimiento’ tiene que ver con el surgimiento de los estudios indoeuropeos, y los estudios sobre evolución y genética de la época. Se difundieron conocimientos nuevos acerca de nuestro ser biocultural; acerca de nuestra raza, y de nuestras lenguas y culturas. Fue un reconocimiento. Fue como mirarnos por primera vez en un espejo. Estábamos allí, en aquellos textos: en los himnos del Rig Veda, en la Ilíada, en la Eneida, en los Eddas, en el Mabinogion... Éramos nosotros, nuestra sangre, nuestro genio, nuestra raza, la que había generado aquellos textos, aquellas culturas, aquellos mundos.
*La esvástica, nuestro estandarte, no sólo se alzó contra el liberalismo y el comunismo… Apenas empezamos a comprender hoy la grandeza y el alcance de su misión –y de nuestra misión. Para situarnos podemos hacer nuestras estas certeras palabras de Saint-Loup (en los primeros aforismos de ‘Quotations’):
« [Hitler était] l’homme qui avait jeté au monde ce prodigieux défi : attaquer en même  temps le capitalisme anglo-saxon, le bolchevisme rouge, le racisme juif, la franc-maçonnerie internationale, l’Eglise catholique, le paupérisme et les iniquités sociales, le traité de Versailles, le colonialisme, la pagaille française et la Home Fleet. »
 “[Hitler was] the man who had thrown to the world this extraordinary challenge: to attack at the same time Anglo-Saxon capitalism, Red Bolshevism, Jewish racism, international freemasonry, the Catholic Church, pauperism and social iniquities, the treaty of Versailles, colonialism, the French mess, and the Home Fleet.”
Y la lista no está completa.
Hay que decir que no fue sólo Hitler, fue Alemania entera; el completo pueblo alemán. Fue una ‘empresa’ colectiva (a la que se fueron uniendo las poblaciones germano-parlantes repartidas por Europa una vez que Hitler logró reunirlas en una sola nación).
Nace armada, como Atenea, la comunidad alemana, la primera comunidad arya en despertar, o en renacer, y lo hace para combatir contra aquellos que han procurado su mal; contra todo un entorno cultural contrario, adverso, que niega su ser. Espiritualmente alienada tiene que luchar contra el engaño judeo-mesiánico, contra el ‘milenio cristiano’. Y no fue el único engendro judío con el que tuvo que enfrentarse esta recién nacida nación arya, también el mesianismo comunista medraba entre la población haciendo estragos; y otros. La hidra judía se había multiplicado, se había ramificado; tenía demasiados rostros, demasiadas cabezas.
No parece que hayamos tenido sino un solo enemigo a lo largo de la historia, los pueblos semitas y sus discursos (judíos, judeo-mesiánicos, y musulmanes). Nos dominan espiritualmente. Es múltiple la alienación que padecemos desde hace siglos a manos de semitas o de ideologías semitas (religiosas, políticas, económicas; antropológicas, sociológicas, psicológicas…).
Nuestro enemigo nos posee de una u otra forma. La espantosa hidra judía. Tifón. El mal, nuestro mal.
*¿Fue un despertar, o un nacimiento prematuro? Demasiado joven esta comunidad para enfrentarse a este monstruo milenario. Como un joven héroe ha fracasado en su primer intento por derrotarlo. Demasiado vieja y astuta esa monstruosidad, ese horror. Se zampó al muchacho, y a la joven comunidad arya, en unos pocos años.
Fue el primer intento, nada más; el primer combate verdadero. Hasta entonces habíamos estado padeciendo sus imposiciones y estrategias sin advertir siguiera que estábamos siendo atacados. Llevaban  miles de años privándonos de nuestras cosas, negándonos nuestro ser ancestral, vituperando a nuestros antepasados, mancillando nuestros lugares sagrados; dividiéndonos, enfrentándonos –sembrando la discordia entre nosotros. Hay que advertir el universalismo y el dualismo (maniqueísmo) judeo-mesiánico en su libro sagrado (AT y NT), pero también en el marxismo, o en el psicoanálisis. La diseminación de estas ideologías forma parte de su estrategia de dominio.
Somos un  pueblo joven, una raza aún joven. Nos falta experiencia. Este interregno ha de servir para fortalecernos espiritual y culturalmente; para madurar.
*Con César Tort, y otros, que piensan que el ‘revisionismo’ de Hitler y el periodo nazi son esenciales, estoy absolutamente de acuerdo. El período nazi en su conjunto (desde que nace hasta que cae derrotado) hay que reivindicarlo, y hay que reivindicarlo por varias razones. Es esencial en nuestra historia, en la historia de los pueblos aryas. Se trata de nuestro nuevo nacimiento, de nuestro primer enfrentamiento con un enemigo milenario, y de nuestra primera derrota. Ni más ni menos. Este episodio tiene que tener absoluta preeminencia entre nosotros. Ha de ocupar el lugar más alto en nuestra memoria, en nuestras reflexiones, en nuestros corazones.
Hay que rescatar la memoria de ese período y elevarla a lo más alto con orgullo. Debemos estar orgullosos de ese período. Fuimos derrotados, pero no vencidos. Seguimos vivos y activos. Si no vencemos a la próxima, venceremos a la siguiente. Venceremos al fin. Lo sé.
*El renacimiento de nuestro pueblo se gesta en los años previos a la llegada de Hitler al poder. La conciencia arya de todo un pueblo vio entonces la luz, o recibió su ‘bautismo’ público. Todo un pueblo se reconoció. Es 1933 el año de su renacimiento. La primera comunidad arya que se reconoce como tal. Su derrota se produce el año 1945. Estamos, pues, en el 80 aniversario de su nacimiento; del nacimiento de la primera nación arya, de la nación arya misma.
Ese período es un hito sin igual en nuestra corta historia. La primera aparición de nuestro pueblo en la historia. Ahora somos un pueblo –la nación arya.
Hitler simboliza nuestro primer período, nuestra primera batalla, y nuestra primera derrota. Su lucha (‘ihr Kampf’) era nuestra lucha (‘unser Kampf’). Su derrota, fue nuestra derrota. Pero no ha  acabado con nosotros esta derrota sufrida en nuestro primer enfrentamiento abierto contra el mal; contra nuestro mal. Fuimos derrotados, si, ¿y qué? Era enorme aquello contra lo que se luchaba. Demasiados cabezas la hidra. No pudo ser. La próxima vez conseguiremos vencerla, o la siguiente. Esta guerra tan sólo ha comenzado.
*Estos aniversarios de Hitler y del nacimiento de nuestro pueblo han sido también para mí como un pequeño renacimiento. Digamos que veo más luz, que veo más claro. Presiento, barrunto la próxima batalla (que habrá próxima batalla). Y esta vez tendremos un espacio desde donde avanzar, un baluarte, un punto de apoyo (la propia nación arya). Reconquistaremos a nuestros pueblos. Tenemos muchos y muy buenos guerreros espirituales, y bien armados de conocimiento y de verdad. Al final, venceremos.
Éste es mi espíritu ahora.
*Hitler fue el héroe; el elegido, el preferido, el amado. Todo el pueblo alemán estuvo con  él desde su ascenso a su caída. No hubo deserción, no hubo infidelidad.
Reivindicar pues su nombre, su figura, y su vida. E igualmente todo el período nazi. La infancia de la nación arya.
*Hitler, y la primera comunidad arya, se rebelaron contra un enemigo espiritual o, mejor, inmaterial. La guerra que comienza el pueblo germano, y que la actual nación arya prosigue,  es una guerra fría, cultural, espiritual (de propaganda, si se prefiere). Es una guerra que más se celebra en el cielo que en la tierra. Es una guerra que hay que ganar primero en el cielo.
Nuestra guerra es mucho más ambiciosa, más inmensa, más grande. Más compleja, más sutil, más prodigiosa. No es tanto un asunto de independencia territorial como de independencia espiritual; es una guerra de liberación espiritual, y es una guerra existencial  –nos jugamos nuestro ser ancestral, ser o no ser.
Nuestro pueblo, mayoritariamente alienado, está en manos de ideologías semitas (judías y judeo-mesiánicas); en manos de la bestia, en manos del enemigo. La labor a realizar es, pues, inmensa. Hay que alertar el oído y el discernimiento de nuestros hermanos, pero también apelar a su orgullo, a su dignidad, a su honor. Que el pueblo arya se sienta vulnerado, desconsiderado, burlado, engañado, instrumentalizado, ofendido, estigmatizado… Un pueblo privado de su cultura ancestral es un pueblo que carece de voz, de palabra, de ser, de verdad; de dignidad.
Reconquistar la mente y el corazón de nuestro pueblo  será la primera empresa    –de su éxito depende nuestra victoria. Ha de ser el clamor de la muchedumbre arya quien venza a la bestia. La muchedumbre arya será el héroe en la batalla final, en la batalla que viene.
*Doce años apenas cumplidos, lo que duró el primer Reich arya. Nuestra primera experiencia. A las puertas de la adolescencia quedó. Con las armas en las manos.
Wehrwolf, el último aliento del joven héroe. La fuerza, ya adolescente. Un rescoldo, un residuo de dignidad. Es ese espíritu, el espíritu del ‘lobo de defensa’ (Wehrwolf).
La primera república arya es también un modelo de organización, de articulación social –de sociedad. Una pedagogía. Una literatura. Un arte. Un pensamiento. Un mundo; el primer mundo arya. Tenemos mucho que aprender todavía de aquella experiencia.
Debemos movernos en este período con devoción y fervor. Como en espacio sagrado.
Acercarnos a su vida cotidiana. La vida cotidiana en el III Reich. Éste sería un buen título. Dividido en dos sexenios (del 33 al 39, y del 39 al 45). En la paz y en la guerra. Hay numerosos testimonios gráficos de este período (y no sólo en la prensa alemana).
En el sexenio de paz: Las calles, las casas, los comercios, las fiestas, el ocio… El campo. El mar. La montaña. El remozamiento de las ciudades, la pulcritud, la limpieza. La luz. El color. La belleza, la alegría. La pureza, el entusiasmo. Nuestra infancia, la infancia y la niñez de la nación arya.
En el sexenio de guerra: Tras el breve fulgor de las primeras victorias,  vinieron la resaca y el furor del enemigo. Fueron bombardeadas nuestras ciudades, fueron desapareciendo poco a poco la luz y el color, y la belleza y la alegría… y la vida. Destruyeron cuanto pudieron. Se saciaron. Todo arruinado, todo deshecho; un cielo negro, un mundo que se apaga. Las imágenes finales. Súbitamente le vino la noche a la joven nación arya. Ahí quedó como dormida la doncella.
*Hay que conocer los trabajos relacionados con la dureza y la crueldad con la que se trató al pueblo alemán antes, durante, y después de la gran guerra. E igualmente todas las mentiras divulgadas por los ‘vencedores’; toda la propaganda anti-nazi (anti-arya) que circula desde entonces. Toda esa historia habrá que reescribirla en su momento, y mostrársela al mundo entero. Pero esto no será antes de nuestra victoria final. Hasta entonces es mucha la labor que queda –sobre todo la unidad espiritual de los pueblos aryas tanto en Europa como en la Magna Europa.
*Reivindicar, rehabilitar, y restituir el honor. El período nazi, y sus años previos, han de ser retomados con unción. Recuperar sus logros, sus figuras, sus héroes; su ciencia, su arte, su pensamiento… Recuperar insignias, banderas, estandartes… toda la iconografía del periodo. El primer Reich arya de la historia; la primera nación arya.
Reivindicar absolutamente la figura de Hitler, su primordial papel en nuestra temprana historia, en nuestra primera salida al mundo. Hitler fue el creador del primer Estado arya. A él le debemos su idea, y su realización.
La lucha que fue de uno solo, es ahora ‘nuestra lucha’ (‘unser Kampf’). Hitler abre un periodo que no ha hecho más que comenzar. Él fue el primero. Estamos en los comienzos de la nación arya, en su aurora.
Nuestra historia apenas ha comenzado.
*El orden arya no tenía, ni tiene, un alcance universal, sino puramente étnico. Aquella primera experiencia queda como modelo perfectible de comunidad racial  y cultural. Y aún como modelo para otras etnias, para otros pueblos. Hacia una comunidad no de naciones, pues, sino de pueblos. Ese vuelco, esa subversión, ese giro, esa revolución. Retorno de lo particular y propio.
Esa ambición era excesiva, ese nuevo orden que Hitler anunciaba. Entró en colisión con todos los universalismos o internacionalismos religiosos o políticos. Contra el viejo orden religioso, económico, político… cultural en amplio sentido. Era una guerra declarada a la cultura dominante: el mundo religioso judeo-mesiánico y sus correlatos laicos políticos y económicos (la democracia universal y el internacionalismo comunista).
Estaban condenado, él y su proyecto, desde el momento que alcanzó el poder. Él era el destructor, la amenaza más viva que podían sentir los judíos y sus engendros religiosos, políticos, psicológicos, o económicos –sus mundos. Alguien les declaraba la guerra abiertamente.
No era tanto la guerra territorial como la guerra cultural lo que temían sus enemigos, el enfrentamiento ideológico. Que el mensaje arya que venía de Hitler se extendiera  –su  revolución étnica y cultural; su espíritu, su lucha (‘ihr Kampf’).
Hitler, y la nueva Alemania, encarnaban un nuevo orden moral, político, cultural, espiritual… El camino de los pueblos. Era la alternativa más poderosa a los todopoderosos universalismos (de origen semita) que imperaban. Aún sigue siéndolo.
El nacionalsocialismo era (y es) ciertamente una ‘tercera vía’, entre el liberalismo económico y el internacionalismo comunista. Demostró en los años de paz su éxito frente a unos y otros. La dignidad y prosperidad que proporcionó a su pueblo arruinaba el prestigio del espiritualmente despreciable capitalismo (y su sociedad de consumo), así como del internacionalismo proletario, cuya área de dominio estaba hundida en la miseria espiritual y material. Y era precisamente este éxito social, económico y cultural, el que podría haber conquistado los corazones y las mentes de las naciones blancas logrando extender esta ‘tercera vía’ por toda Europa, y por todo el mundo blanco. Y esto es lo que había que impedir a toda costa.
Había que acabar con él, y con su ejemplo (sus victorias, sus éxitos), a cualquier precio. Había que destruirlo y estigmatizarlo. Convertirlo en la encarnación del mal; en el mal absoluto. Y lo consiguieron. Derrotaron nuestro primer Reich, y mancillaron su memoria.
La horrible imagen pública de Hitler (y el periodo nazi) elaborada por el enemigo es también nuestra imagen, la imagen de la nación arya –de todos y cada uno de nosotros. El enemigo de Hitler es el enemigo de nuestro pueblo. El que lo combate nos combate; el que lo insulta, nos insulta.
La derrota militar sufrida no ha debilitado siquiera nuestra ‘fe’ y nuestra lealtad a nuestro pueblo. Tampoco la perversa contra-propaganda ha hecho mella en nosotros. Nuestro genio es indestructible. Tarde o temprano reescribiremos la historia. Al final, los blancos, los aryas, venceremos.
*
Hasta la próxima,
Manu

domingo, 12 de mayo de 2013

89) Pensamientos aryas, pensamientos blancos (I)


Pensamientos aryas, pensamientos blancos (I).

Manu Rodríguez. Desde Europa (11/05/13).


*


*El universalismo judeo-mesiánico, el democrático, o el socialista –sus ideales sociales y políticos– han terminado reduciendo a su mínima expresión nuestra identidad biosimbólica y nuestro orgullo étnico. La nación arya (los aryas conscientes de sí) es ahora un mínimo porcentaje de su población potencial (todos los pueblos blancos).
Los ideales trans-nacionales, trans-raciales, trans-culturales… que estas ideologías nos predican (más allá de los pueblos, de las razas, de las culturas…) y que son el alimento cotidiano en nuestras escuelas, en nuestros medios de comunicación, en nuestra cultura de masas, en nuestras universidades, y en nuestras calles, han logrado afectarnos al fin. Son cientos de años de lo mismo –téngase en cuenta que el judeo-mesianismo lleva diseminando su venenoso mensaje entre nosotros desde hace casi dos mil años. Los universalismos democrático y comunista son cosa de los últimos tiempos, pero no han venido sino a reforzar el viejo discurso. Son los mismos ideales.
Tales ideales (tales enseñanzas, tales mensajes omnipresentes), después de cientos de años, han logrado sus propósitos –transformar a lobos y osos en cabritos y corderos. Hemos devenido (nuestras poblaciones) criaturas débiles, inseguras, y pusilánimes.
Todo esto viene a cuento por ciertas noticias que nos vienen de Noruega y que han sido reseñadas en ‘Gates of Viena’ y comentadas por Kevin MacDonald en TOO en estos últimos días. Se trata de la situación en la que se encuentran los noruegos atrapados en barrios o zonas con un número elevado de población musulmana asiática y africana. El punto de partida es  un reportaje sobre las escuelas. Al parecer los alumnos noruegos (chicos y chicas) se encuentran en minoría y son constantemente  insultados  o agredidos por lo jóvenes alóctonos musulmanes. Este insultante estado de cosas no ha generado, al parecer, más que  estrategias individuales de supervivencia.
Hay que decir que esto no está sucediendo sólo en Noruega. También en Francia, en Alemania, en Inglaterra…. Está claro que estos extranjeros ni nos estiman, ni nos respetan, ni nos temen. En cualquiera de nuestras naciones no encuentran más que a individuos aislados e indefensos a los que se les puede insultar y agredir impunemente. Nadie saldrá en su defensa. No habrá respuesta, no habrá represalias.
¿A qué se debe la falta de respuesta, el silencio, la resignación…? No encontramos, a nivel individual (entre los casos que se citan),  ni valor, ni orgullo, ni pundonor. No hay nadie que les haga frente. Todos buscan la huida. Que esto les suceda a los descendientes de los fieros y orgullosos vikingos,  da que pensar.
Indefensión, debilidad, cobardía. Éste es el resultado de nuestra crianza e instrucción en los últimos cientos de años en manos de sacerdotes de divinidades extranjeras y sus credos universalistas y altruistas. Ésta espantosa transformación.
Tiene razón MacDonald en aludir al individualismo, a la atomización de nuestras sociedades blancas en lo que concierne a la indefensión y a la falta de ayuda en la que se encuentran los blancos agredidos, intimidados, o violados por ‘grupos’ de extranjeros (musulmanes asiáticos y africanos, y otros). Pero tal individualismo y tal atomización son tan sólo síntomas. Síntomas de un pueblo destruido, aniquilado; de multitud de individuos desarraigados, dispersos, aislados, debilitados, perdidos.
Hay que reforzar, sí, la conciencia de grupo entre nosotros los blancos, en Europa y en la Magna Europa. Pero, ¿desde dónde; desde que bases o fundamentos? ¿Qué palabras, qué conceptos, qué espacio simbólico nos agrupará haciendo de nosotros uno, un ‘uno’?  ¿En qué terreno arraigaremos? ¿Cuál es el mejor terreno?
La conciencia de grupo ha de incluir raza y cultura, que es como decir cuerpo y alma. Llevamos tanto tiempo lejos de casa (desde la cristianización), y con vientos tan contrarios, que hemos perdido la ruta, el camino, la memoria. Tendremos que empezar desde el principio, tendremos que preguntarnos a nosotros mismos quiénes somos, de dónde venimos, y hacia dónde vamos. Tenemos que recuperar la memoria, nuestra memoria. Una auto-gnosis colectiva de los pueblos aryas.
Hay que partir de la multitud de razas y culturas; del árbol de los pueblos y culturas del mundo –que es también el árbol de la vida, el árbol más puro. Reconocer, afirmar esta multiplicidad genuina, pura, natural, verdadera; velarla, protegerla incluso. Tenerla por sagrada. En ese árbol nos encontramos, nos reconocemos.
Nosotros somos la rama arya o indoeuropea (término que atiende a nuestras lenguas y culturas emparentadas) de ese árbol eterno.
Lo primero es la conciencia de sí de un pueblo; que los individuos se sientan y se sepan miembros de un pueblo. Antes que nada tenemos que recuperar la conciencia arya, la memoria arya; la voz, la palabra, el ser ancestral y autóctono; las señas de identidad simbólicas, colectivas. Esto nos devolverá el orgullo, la dignidad, y el honor; el coraje moral, en suma. Auto-legitimación colectiva.
Cuando se insulta, se agrede, o se daña a un noruego (o a un alemán, o a un francés, o a un inglés…) se insulta o se agrede al pueblo arya. Se avasalla y se arrincona a la entera comunidad arya. Se humillan sus valores, su existencia, su ser. Son derrotas de nuestro pueblo.
Se trata, pues, de nuestra gente, de nuestras tierras, y de nuestras culturas. No consentiremos ni agravios, ni amenazas, ni agresiones dirigidas a los nuestros o a nuestras tradiciones pre-cristianas o contemporáneas. No quedarán impunes. No quedarán sin respuesta. Y será el mismo pueblo el que responderá. Tendremos multitud de voces aryas. Responderá el orgullo blanco, el orgullo arya.
*No nos valen estos discursos universalistas en los que desaparecemos los pueblos y las culturas. En este terreno, con tales fundamentos, solo es posible hablar en nombre de la ‘humanidad’ o del ‘hombre universal’.  En estos discursos no se reconoce ni siquiera nuestra existencia. Los pueblos, las razas, y las naciones han de ser transcendidos, superados, negados, extinguidos… a fin de alcanzar ese hombre nuevo y universal. Ésta es la eterna consigna universalista –la vieja, y la nueva– que nos ofrece nuestro enemigo. Su caballo de Troya. Su manzana envenenada. Su insidia, su falacia, su trampa, su mentira.
¿Acaso deberíamos esperar otra cosa del enemigo (la vieja bruja, la comunidad judía) que ‘manzanas envenenadas’? Tendríamos que desconfiar de todo lo que estos miserables nos ofrecen desde hace miles de años: cristianismo, marxismo, psicoanálisis…  Estas ‘producciones’ no tienen otra función que destruirnos –destruir nuestras culturas, nuestro status, nuestra confianza en nosotros mismos… Hacernos desaparecer, eliminarnos étnica y culturalmente.
Es una guerra milenaria y hasta el momento no conocemos sino pérdidas, derrotas. Con la cristianización de nuestros pueblos perdimos nuestras culturas autóctonas y ancestrales. Los modernos movimientos (marxismo, psicoanálisis, escuela de Frankfurt, post-estructuralismo) culminarán el proceso de destrucción iniciado por aquellos apóstoles de la gentilidad europea. Nada diferencia a los ‘pedros’ y ‘pablos’ del pasado de los Marx, Freud, Boas, Adorno, Marcuse… Derrida… del presente. La misma finalidad, la misma intención.  
*Los pueblos aryas contra las ideologías religiosas, económicas, políticas… de origen semita (judaísmo, judeo-mesianismo, islamismo, comunismo…). Contra los mayores difusores de estos credos universales cuya invención no tuvo, ni tiene, otra finalidad que la de diseminar la discordia y la disensión en el seno de un pueblo; y la de dividir y enfrentar a los diversos pueblos entre sí. Contra la intrincada red semita; contra la araña universal. Contra el universalismo, el totalitarismo; contra la homogeneización (judeo-mesiánica, musulmana, demócrata, o comunista) del planeta. Contra los destructores de pueblos y culturas. Ésta es la misión. Ésta es nuestra lucha (‘unser Kampf’).
Aquí tienes el dragón, aquí tienes la hidra. Los eternos enemigos de nuestro pueblo, de nuestro luminoso ser: Vritra, Tifón, Surt. Son los oscuros, los tenebrosos, los sombríos. Les haremos la guerra dondequiera que se encuentren. Hasta su extinción. Libraremos al planeta entero de esta ominosa  plaga.
En honor de la primera nación arya, del nacimiento de nuestra nación. En honor de su creador. “Ad maiorem Hitleri gloriam” (AMHG).
*
Hasta la próxima,
Manu