Sobre el nuevo período genocéntrico


El camino que abrió Darwin nos ha conducido a la sustancia genética (al ADN). Este descubrimiento nos hace pasar (a todos los grupos humanos) del fenocentrismo al genocentrismo. El centro se ha desplazado de la criatura al creador (de los fenotipos a los genotipos). La sustancia genética es la única sustancia viviente (‘viva’) en este planeta. Nosotros, pues, no podemos ser sino sustancia genética. Esta ‘revelación’ (esta
auto-gnosis) ha partido en dos nuestra historia sobre la tierra. Todo el pasado cultural de los humanos ha resultado arruinado, vacío, nulo... La ilusión antropocéntrica que nos ha acompañado durante miles de años se ha desvanecido. Se ha producido una mutación simbólica (en orden al conocimiento y a la conciencia de sí como sustancia viviente única); el cariotipo humano entra en un nuevo período de su devenir.

Esta aurora, este nuevo día cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Pueblos, culturas, tradiciones, creencias… todo lo ‘humano’ desaparecerá. Viene una luz (un saber, una sabiduría) tan devastadora como regeneradora. Esta regeneración del cariotipo humano en el orden simbólico tendrá sus consecuencias. En un futuro no muy lejano hablaremos, pensaremos, y actuaremos, no como humanos sino como sustancia viviente única.

No hay filósofos aún, ni poetas, ni músicos, ni científicos… para este período genocéntrico que inauguramos. No hay nada aún para las nuevas criaturas, para la sustancia viviente única –en
esta nueva fase de su devenir. Nos queda la elaboración de una cultura, de un ‘mundo’ nuevo (digno de la naturaleza de nuestro regenerado, de nuestro recuperado ser). Queda todo por hacer.

sábado, 9 de septiembre de 2017

161) Genocentrismo XV


Genocentrismo XV.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (09/09/17).

 

*

 

*La voluntad de dominio de la vida. La conquista del agua, de la tierra, del aire…  La evolución de las formas vivas, de los organismos, de los fenotipos… Las adaptaciones. La ingeniería –morfología, fisiología de los organismos, de los somas. La creación. La sustancia genética es el demiurgo.
Dominio no es aquí ciega e insaciable explotación del medio entorno físico-químico –de la ‘tierra’. Aquí dominio está relacionado con el conocimiento, con una interacción con ese entorno que es palpación, degustación… con-tacto. Un dominio (del medio) fruto del contacto, podríamos decir –con el agua, con la tierra, con el aire, con la luz…
Voluntad de poder, de dominio, de señorío… Tengo que ‘poder’ con este caos, dominar esta muchedumbre de impresiones, poder ver claro… Intimar, familiarizarme con este medio entorno.
Esta voluntad de dominio del medio de la que hablo es consustancial a la misma vida. No es una deriva indiferente, como ajena al medio, la de la vida; o una deriva codiciosa, apropiadora, calculadora, explotadora… indiferente, a su vez, a las funestas consecuencias medioambientales de una ciega depredación (como si con la vida no fuese). El medio importa. Este medio es nuestro hogar, pero también nuestro alimento (de él tomamos sustancias necesarias para nuestro ser). Lo necesitamos. Nos es vital cuidar este medio –esta agua, este aire, esta luz…
Hasta ahora prevalece la mirada codiciosa, apropiadora, explotadora… devoradora… insaciable. La ciega voluntad de poder.
Hay otra voluntad de poder que gusta con-templar, co-habitar. Una interacción que gusta del conocimiento de la cosa. Que fundamenta su dominio, su señorío, en el conocimiento de la cosa. Dominio, maestría, conocimiento… Implican interacción, imbricación, contacto con la cosa. Familiaridad, intimidad.
Primero: que la cosa sea, que esté ahí, cerca de mí. Que ‘yo’ puedo percibir esa cosa. Segundo: esta cosa, ¿qué es?
Primero hay que distinguir la cosa –las  cosas individuales. Distinguir lo discreto en lo continuo. Separar, discernir. Distinguir, advertir las diferencias. Comparar… Operaciones ‘intelectuales’. La percepción, la apercepción, la ‘memoria’…
Intención de captar el medio, voluntad de… de tantear. La exploración, los pseudópodos. Lo táctil. Los receptores de membrana, la recepción  de ‘señales’, su transducción y transporte al núcleo…
La vida misma que tiende hacia, que quiere,  que explora, que va; que percibe, que se percata, que capta; que ‘reflexiona’ (distingue, compara, recuerda, ‘piensa’…).
La vida sensible, volente, pensante… Todo a una.
La pericia o maestría de la vida la advertimos en las innumerables formas vivas a que ha dado lugar (las incontables ‘especies’). Su ‘familiaridad’ con el medio es total, podríamos decir. La naturaleza no viviente parece no tener secretos para la naturaleza viviente. Hace, dentro de lo que se puede (las constricciones físico-químicas), lo que quiere. Su ‘imaginación’ no tiene límites. Siempre nos sorprende.
Superar el medio es superar las constricciones físico-químicas, los determinantes. Las constricciones, los obstáculos. Superar; poder contra la gravedad, la temperatura, la presión, la atmósfera…, la salinidad, la acidez…, las sustancias nocivas…
Alrededor de cuatro mil millones de años. La edad de la vida en este planeta. ¿Cuánta experiencia, cuánto saber no tendrá acumulado la  vida? Un saber cifrado en su propio ser. Un saber intrínseco. Una sabiduría incorporada, propia. La materia viviente, la materia ‘sabia’. El saber de la vida. El saber del ser que somos.
La ignorancia como olvido, y el conocimiento como recuerdo. El saber de la propia vida yace en el olvido. El conocimiento como recuperación de un saber, como ‘anamnesis’. A la manera de Platón. 
El saber de sí, el saberse, forma parte de la sabiduría de la vida. La rememoración de este saber es lo que se conoce como conocimiento místico (misterioso).
El ser genético es intemporal. En el caso de los miembros del cariotipo humano, cuando estos vienen a nacer lo hacen ya en un medio lingüístico-cultural determinado; en un ‘mundo’ determinado. Y este ‘mundo’ determina su ser simbólico. El ser simbólico, social, oculta el ser natural, el ser primero y único.
La recuperación (rememoración) de este saber de sí, esencial, pasa por trascender ese ser simbólico que es, en cualquier caso, un ser relativo, circunstancial… contingente. Es una vía purificativa en la que se trata no sólo de sobrepasar el ser simbólico, el ser lingüístico-cultural, también los fines individuales, personales (el egotismo), la etnia, incluso la especie… Trascender lo ‘humano’.
En el cariotipo humano hay una vida iluminada, vidente, y una vida oscurecida, ciega.
El futuro de la vida en este planeta pasa por que la especie humana recupere la luz, recupere la visión.
Despertar de la pesadilla antropocéntrica, etnocéntrica, sociocéntrica, egocéntrica… Recuperar la cordura, el sentido, el ser; la memoria de lo que somos.
Lo humano (la especie), lo racial (la etnia), lo cultural (la historia, la memoria colectiva…), lo ‘nacional’, lo individual (lo personal)… Los discordias sociales, económicas, étnicas, territoriales… La codicia personal, el propio provecho… Lo ‘humano’, en resumidas cuentas.
Sobrepasar, dejar atrás lo humano… Lo individual, lo colectivo, lo étnico, lo cultural, lo ‘específico’… Que nada humano nos retenga. Hacia la vida, hacia el ser, hacia el Uno…
Volverse hacia la vida. Girarse. Tornar.
Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte…
*La conducta del ‘hombre’ es la conducta de la vida en el cariotipo humano. Con el cariotipo humano la vida introduce la ‘ética’ en la naturaleza viviente. Si en un principio la moral estaba referida al grupo (lo bueno o lo malo para el grupo), la moral se extiende ahora a nuestra conducta total en este planeta que es nuestro hogar (va más allá de nuestra conducta con otros miembros o grupos o colectivos del cariotipo humano, se extiende a los miembros de otras especies, al entorno físico-químico…). Es una nueva sensibilidad y una nueva responsabilidad. Cuanto más intimamos con el medio –viviente y no viviente–, más responsables nos sentimos de su optimidad, de su ‘salud’.
Aunque la conducta de la vida en el cariotipo humano (variada, diversa) parece desbordar todo dualismo, es posible reducir la múltiple conducta de (la vida en) los humanos a un dualismo ético, moral… –los extremos conductuales con respecto a la misma vida.
Podemos considerar nuestras actividades y conductas con relación a la vida –si tal o cual acto o actividad benefician o perjudican a la vida. La conciencia biológica es cada vez más acentuada en los colectivos humanos. Hoy no se puede alegar ignorancia en lo que concierne a las consecuencias (ecológicas, medioambientales) de nuestros actos. A partir de aquí podemos hablar de vida atenta, cuidadosa; de vida descuidada, negligente, o indiferente, y de vida deliberadamente perjudicial para la vida (la explotación sin miramientos de los recursos, de las materias primas...).
No cabe duda que la vida atenta, cuidadosa, acabará enfrentándose con la vida perjudicial. La vida consciente y responsable, y la vida ciega, indiferente, ajena a las consecuencias de sus actos, son los polos, los extremos que acabarán colisionando un día.
La vida consciente y responsable le tendrá que poner freno a ciertas conductas. La medida es ahora la vida. La vida se convierte en el referente de la ética por venir. Una ética centrada en la vida y en sus condiciones de existencia es lo que viene. No el hombre, será la medida (sus prioridades, sus necesidades…), sino la misma vida.
Una vez en este estadio se podrá hablar de dualismo. Tendremos las fuerzas creativas, positivas… de la vida, y las fuerzas negativas, destructivas, egotistas… de la vida. Están los que deliberadamente cuidan y protegen, y los que deliberadamente agreden y perjudican. Aunque siempre tendremos miembros descuidados o indiferentes a la suerte de la vida en este planeta –los no comprometidos con la vida (como si con ellos no fuera el asunto).
La conciencia biológica no es todavía la conciencia genocéntrica. La conciencia biológica es aún fenocéntrica, antropocéntrica, pre-genocéntrica. El hombre sigue siendo el centro de las preocupaciones en la ecología radical (Naess), en la ética de la tierra (Leopold), en la bioética (Potter), o incluso en Heidegger. Corregir al hombre, se pretende ahora –un hombre más ‘humano’ (interprete como se interprete este término en los tiempos que corren).
El hombre, los ‘humanismos’… carecen de futuro. Se ha de alcanzar el estadio de ‘más que humanos’. Hemos de ser más que humanos (más que meros miembros del cariotipo específico humano; más que fieles copias de algún modelo de ‘humanidad’), hemos de alcanzar la mirada de la vida, una mirada trans-específica.
El hombre debe ser superado, dejado atrás. No desde el hombre (desde la perspectiva humana) se ha de ver la cosa, sino desde la vida (desde la perspectiva genocéntrica).
La perspectiva genocéntrica altera por completo el panorama. Desde la vida es otro mundo el que percibimos y reflexionamos. Desde esta perspectiva recuperaremos la justicia y la injusticia, la bondad y la maldad… Redefiniremos estos conceptos. La vida es la medida ahora.
La vida que cuida de sí y de su entorno es el futuro. Será un morar no humano, más que humano, post-humano. Será el morar de la vida.
La vida instruida, iluminada, consciente de sí, combatirá pues a la vida codiciosa, ciega, indiferente… a la vida que destruye, mancilla, contamina… La llamará al ‘orden’…
La lucha entre las fuerzas benéficas y las fuerzas nocivas; entre lo que hace bien y lo que hace mal a la vida. Conductas vitales enfrentadas. Vida contra vida. De momento vencen las fuerzas nocivas a la vida.
Este dualismo y este conflicto se hacen patente en los humanos –como la especie más poderosa. Los hombres parecen protagonizar este conflicto pero son las fuerzas de la vida las que combaten.
Las historias de los hombres (desde Sumer…) dan cuenta de esto que digo.  Las guerras por el poder que se suceden hasta nuestros días. La evolución de las armas de guerra –las ofensivas y las defensivas. El poder de destrucción de las actuales armas químicas, atómicas y demás… El peligro (de muerte) afecta hoy al planeta entero.
Es la inteligencia (la heurística) de la vida en el cariotipo humano la que hace posible esta locura. Una inteligencia destructiva al servicio de pueblos, etnias, culturas, naciones, ideologías (religiosas o políticas)…  La ambición de dominio es el motor –dominio sobre otros pueblos, sobre otras tierras… Los imperios del pasado, y los actuales. Ser el amo, ser el dueño… ser el Señor.
La alianza de las fuerzas ofensivas, belicosas… en pos del dominio total del planeta es lo que hoy presenciamos. Se trata aquí de un dominio material, no de un dominio cognitivo. Se quiere poseer, no se quiere saber. Se quiere las riquezas y el poder, simplemente. No se aspira en ningún momento al conocimiento o al saber, salvo en el caso de que este conocimiento pueda ponerse al servicio de la ambición de dominio material.
Esta ‘mentalidad’, de la que tenemos constancia desde los inicios del neolítico histórico (desde la existencia de crónicas, de historias…), es la que arruina la vida; esta codicia insaciable de oro y de poder carente de barreras o límites morales (humanos o medioambientales). Caen pueblos, culturas, sistemas ecológicos, especies… Nada importa salvo el poder que se alcanza y se conserva.
La vida envenenada, alienada, confundida… explotada, humillada, rendida… esto es lo que vivimos. Un  mundo desquiciado, loco. Una auténtica locura.
Las fuerzas destructivas, los poderosos de la tierra. Los astutos y los violentos.
No sólo padece el ‘hombre’ –los colectivos humanos (los individuos, los pueblos, las culturas...)–, también padecen el resto de las especies, y el entorno físico-químico (el deterioro medioambiental). Los desiertos que deja tras de sí esta codicia insaciable –en la naturaleza y en la cultura.
La vida autodestructiva, suicida; la ciega voluntad de poder. Si a estas fuerzas destructivas no se les quita el poder de las manos acabarán con el planeta entero; lo destruirán.
Nuestra atmósfera contaminada, viciada, nuestras aguas, el suelo (la tierra laborable, el manto fértil)… Es la vida misma lo que está en peligro (sus condiciones físico-químicas de existencia).
No podrá durar  mucho este período final que corona las prácticas y los modos de vida del neolítico. Las poderosas tecnologías de explotación del medio lo están arruinando  y contaminando para milenios. Y es un daño, de acuerdo con lo que hoy sabemos, consciente y deliberado. El futuro de la vida en este planeta no le importa a las fuerzas destructivas del momento.
Nada frena, nada puede con las oligarquías (económicas, ideológicas, militares) que desde hace milenios dominan el planeta. Los poderosos de la tierra siempre han dispuesto de armas, de tecnologías, de ideologías… con las que aplastar o ‘seducir’ a las poblaciones.
¿Cómo acabar, cómo detener, como desarmar, como reducir, como vencer… a las fuerzas destructivas? Nosotros, los carentes de armas y de poder.
Las fuerzas destructivas lideran desde siempre la marcha de las civilizaciones.  Incluida la tecnológica actual, que corona, como digo, las prácticas del neolítico. Es un neolítico altamente sofisticado y tecnológico el que vivimos.
En este periodo final, tan lleno de peligros, ha surgido también la revelación de la sustancia genética. Lo que salva. La salida. La perspectiva genocéntrica. La conciencia genética que desde entonces se abre camino transformará la ‘mirada’ que sobre este mundo nuestro tenemos.
La batalla final contra las fuerzas destructivas es lo que viene. Contra la ciega voluntad de poder. Contra la ambición de dominio material. La batalla de la lucidez y la vida contra la locura y la muerte. El camino de la vida contra el camino de la muerte. El ser contra el no-ser.
El cariotipo humano fue el medio elegido por la sustancia viviente única para salir a la luz. Es el poder de este cariotipo (el poder intelectivo, volitivo, cognitivo…) el que nos ha conducido aquí –en lo bueno y en lo malo; en lo positivo y en lo negativo. Ahora es la sustancia viviente única la que tiene la palabra. Es la vida ahora la que se rebela contra el estado de cosas; contra la marcha de las cosas.
           Preguntas: ¿quién manda; quién lidera; quién impone… el estado de cosas actuales (económicos, bélicos, sociales…)? Los poderosos de la tierra y sus beneficiarios. Una exigua minoría. ¿Quién padece el estado de cosas? La inmensa mayoría de los humanos, y el planeta entero. Las fuerzas destructivas son una minoría; los astutos y los violentos que mandan, que lideran…

Esta situación recuerda a aquella de la ‘servidumbre voluntaria’. ¿Cómo es posible que uno o unos pocos puedan contra tantos? Esto se preguntaba La Boétie. El uso de la violencia, de la represión… de la mentira que no dudan en emplear los sistemas de poder y sus beneficiarios –aquellos a quienes les viene bien el estado de cosas (el poder económico, ideológico, militar…). No es tan simple la cosa. No es una servidumbre voluntaria, en absoluto. Las poblaciones viven dominadas, explotadas, alienadas… Las fuerzas destructivas disponen de los medios de comunicación de masas, del ejército, de la policía… Los poderosos de la tierra.
No como hombres hemos de librar esta batalla. No bajo consignas y estandartes humanos. Es vida contra vida. Es una batalla cósmica en la que la vida se juega el ser, el seguir siendo. Para ello ha de combatir y reducir a una parte de sí. Ha de poder sobre sí. Ha de dominarse. La ciega voluntad de poder es vida que no se domina a sí misma. Es vida desmadrada, desquiciada, loca… Es preciso aportar luz aquí; cordura, sensatez.
La vida lúcida ha de comprometerse en esta lucha contra las fuerzas destructivas, contra la vida ciega, contra la vida enloquecida.
*El dualismo zoroastriano. Spenta Mainyu (el espíritu benéfico, beneficioso, fecundo –que hace prosperar) y Angra Mainyu (el espíritu hostil, malo, perjudicial), son hermanos gemelos.  Aparecen en visión como ‘gemelos’, dice uno de los ‘gathas’. Son los extremos opuestos, polares. Afecta al cosmos, a todos los entes; es un dualismo cósmico de carácter ético: lo que hace bien y lo que hace mal (al hombre, a la tribu, al ganado, al ‘suelo’ (la tierra laborable), a la ‘vida’…).
Tal dualismo se hace patente en los hombres, donde adquiere un carácter psicológico, conductual…  etológico diríamos. Se trata de la conducta, el proceder ya positivo, ya negativo (para el hombre, para la tribu…).
Los hombres pueden elegir entre hacer el bien o hacer el mal. La autonomía y la libertad del hombre son la libertad y la autonomía de la vida. La vida es la única entidad cósmica que goza de autonomía y de libertad (de movimiento, de acción, de elección…) –en lo grande y en lo pequeño.
La deliberación, la elección. El doble camino. Recuerda al doble camino de los ‘lakotas’, el camino rojo y el camino negro. El camino rojo es el camino de la tribu, el camino negro es el del propio provecho, el de la ganancia personal –“el que viaja por este camino vive más para sí mismo que para su pueblo” (palabras de ‘Alce Negro’, en ‘La Pipa Sagrada’). Recuérdese el mitema de Heracles y la ‘encrucijada’ (la ‘y’ griega) –creación del sofista Pródico; véase también Hesíodo y el doble camino (en ‘Los trabajos y los días’). No es insólito, pues, este dualismo.
Este dualismo alcanza dimensiones dramáticas en Zoroastro. Todo gira alrededor de la libertad de elección; de la posibilidad de elegir un camino u otro. El camino de la salud, de la prosperidad y de la vida, o el camino de la perdición, la enfermedad y la muerte.
El camino de la vida, y el camino de la muerte. La línea ascendente y línea descendente. Todos los antónimos, todos los contrarios, todos los opuestos…
El camino que los colectivos humanos, en su conjunto (pueblos, naciones, Estados, imperios, culturas, civilizaciones…), llevamos desde hace milenios es el camino de la muerte. La multitud de guerras de dominio, imperialistas; la depredación descontrolada, la esquilmación, la explotación, la devastación, la ‘contaminación’… del planeta. Tal vez los únicos ‘salvos’ sean los pueblos cazadores-recolectores supervivientes.
En los humanos se hace particularmente dolorosa esta ciega voluntad de poder. Debido a nuestra inteligencia, a nuestra potencia. El saber no es obstáculo para la acción perjudicial, perversa… Se hace deliberadamente el ‘mal’. La vida en el cariotipo humano.
La vida alberga en sí estas actitudes gemelares. Es la misma vida. Es la vida la que se escinde en fuerzas positivas y en fuerzas negativas; la que puede adoptar uno de estos dos aspectos; la que puede elegir…
Lo que es bueno y lo que es malo para la tribu (para nuestros ancianos, para nuestros hombres y mujeres, para nuestros niños, para nuestros bienes…). Así comenzó la ‘cosa’. Hoy podemos decir: “lo que es bueno y lo que es malo para la vida”.
Ahora que sabemos lo que teníamos que saber, es el momento crucial en el que se decide el futuro de la vida. ¿Qué camino elegiremos los colectivos humanos de aquí en adelante? ¿Seguiremos deliberadamente el camino de la destrucción? ¿De nada vale nuestro saber y las advertencias de nuestros sabios? ¿Tanta es nuestra codicia, nuestra confusión, nuestra ceguera?
Hay un ‘vohu kshathra’ (buen dominio, poder, gobierno, reino…) o ‘kshathra vairya’ (gobierno o dominio deseable, agradable…) y en gobierno o dominio indeseable. Una voluntad de dominio lúcida y creativa, comprometida (con la vida)… y una voluntad de dominio egotista, obcecada y destructiva. Una vida ‘buena’, y una vida ‘mala’. Un espíritu o ánimo creativo, y un espíritu o ánimo destructivo.
Es una encrucijada que se nos abre a cada paso que damos. La bifurcación, el doble camino. La elección.
El dominio deseable conduce a la plenitud y a la vida (al ser). El dominio indeseable conduce a la perdición y a la muerte (al no-ser). Eso es todo.
Ser, verdad, y vida.
También el mal comportamiento forma parte de la vida. Es de la misma esencia que el buen comportamiento. La vida es ‘spenta mainyu’ y ‘angra mainyu’.
Ahora ‘angra mainyu’ pone en peligro la vida, el espíritu nocivo. La codicia insaciable. La indiferente voluntad de poder hostil a la vida. Un planeta desquiciado, loco… que devora sin medida la riqueza, el haber. Un planeta cada vez más degradado, más inhóspito. Hemos llegado al límite, al colmo. ¿Qué hará la voluntad, el espíritu, el ánimo beneficioso (‘spenta mainyu’)?
Zarathushtra (Zoroastro) quiere que los humanos se comprometan con el camino de la plenitud y de la vida; que luchen por él. Es ahí donde están el progreso y la prosperidad de la vida. Buenas intenciones o pensamientos, buenas palabras, buenos actos…  La veracidad, el buen dominio… Lo bueno para la vida.
Una guerra, una lucha contra la ciega codicia de dominio material, contra la voluntad de posesión –de  apropiación. Contra las pulsiones o fuerzas destructivas. Dentro y fuera. En lo grande como en lo pequeño.
La bondad y la verdad en el pensamiento, en la palabra, y en la acción. Lo sim-bólico, que no lo dia-bólico.
La bondad… Lo que viene bien, lo que hace bien; lo que contribuye, lo que hace prosperar; lo saludable. Lo sano.
La maldad… Lo que viene mal, lo que hace mal; lo que arruina, lo que destruye; lo nocivo, lo perjudicial.
El camino de la virtud y el camino del vicio (en Grecia y Roma). La virtud, la excelencia. La ‘areté’ y la ‘paideia’. 
La excelencia ahora es estar con la vida. Y esta ha de ser la instrucción que las nuevas generaciones reciban. Una educación pro-vida.
Ahora la lucha es contra ‘angra mainyu’; contra las obras inspiradas por el espíritu nocivo; contra sus obras. Reducir, dominar a este enemigo de la vida. Reparar los daños que ha causado.
La lucha activa contra el ‘mal’ es esencial en el zoroastrismo; el ‘activismo’ contra lo malo para la vida.
Contra las malas intenciones, las malas palabras, las malas obras… Dentro y fuera. En lo individual y en lo colectivo.
El activismo pro-vida. No sólo la humana. Toda vida. El cuido de la vida y de sus condiciones de existencia (suelo, aire, agua, luz…).
Estos son los cambios que se han producido desde el dualismo arcaico (lakota, persa, griego…), antropocéntrico, al actual post-humano, genocéntrico.  La vida es ahora la medida (lo que favorece o lo que dificulta la vida…). La perspectiva genocéntrica guía ahora el pensar, el decir, el obrar.
Cambia el sujeto, cambia la perspectiva… se amplía el horizonte. Ahora es un discurso dirigido a la vida.
*
Saludos,
Manu

lunes, 28 de agosto de 2017

160) Genocentrismo XIV


Genocentrismo XIV.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (28/08/17).
 
*


*La sustancia genética, la sustancia viviente, el plasma germinal… es el ser necesario –el que no cesa. Los somas son seres contingentes.
Sustancia genética, esto es, ácidos nucleicos y ribonucleicos. Todas las sustancias implicadas (metabolitos) en la meiosis, mitosis, expresión, desarrollo y demás, están construidas y dirigidas por la sustancia genética. No sólo, pues, el ADN, también los diversos ARN.
*No son determinadas razas, o determinados grupos económico-sociales los que arruinan la vida, sino la misma vida… Es siempre la vida. Es vida contra vida.
La ciega ambición de dominio, la codicia de oro y de poder… No de tal o cual etnia, o de tal o cual grupo económico… sino de la misma vida.
Es la vida la que ha de dominarse, o moderarse, o controlarse… a sí misma. La que ha de poderse a sí misma.
*Lo único que evoluciona son las formas corporales; los somas. La sustancia genética permanece inalterable. Es la sustancia genética la que hace evolucionar a sus somas.
*Yo ‘soy’ (ex-sisto, vivo…), luego pienso, quiero, siento… El pensar, el querer, el sentir… es consustancial a la misma vida. La vida (la sustancia genética, las biomoléculas, la sustancia viviente única…) es un ente pensante, volente, sintiente…
*No es el ‘hombre’ el que asumirá el gobierno de la tierra (Nietzsche-Heidegger), sino la misma vida.
El hombre del neolítico –antropocéntrico, codicioso de bienes… lleno de hibris… Pero no es el hombre sino la misma vida la codiciosa, la ciega… la intemperante…
*Dejar al ‘hombre’ atrás –todo lo humano, y especialmente el antropocentrismo del neolítico histórico (los últimos seis mil años). Sin ira ni rencor por el ‘fue’.
Las querellas, las disputas de los humanos (las voluntades de poder encontradas): étnicas, culturales, económicas, territoriales… Los laberintos del neolítico. Las pesadillas. Las cadenas. Liberarnos, desprendernos, deshacernos… de lo humano. Liberarnos de esa vida alienada. Que nada humano nos afecte.
Dejar atrás el periodo humano de nuestro devenir sobre esta tierra. Conciencia biológica, genética, trans-específica… post-humana.
Renacer, retornar a la vida, al Uno.
*Los ‘mundos’ generados a lo largo del neolítico difieren absolutamente de los generados en el paleolítico. 
La era técnica actual y su impacto en las sociedades humanas (tal y como lo ‘ve’ Heidegger) es la corona del neolítico.
No es necesario saberse voluntad de poder para serlo.
Descartes es un síntoma del período. Su ‘discurso’, su ‘hombre’, su sujeto, su ‘yo’… se adecua perfectamente al momento histórico en el que vive. Es el principio de la era moderna –el nacimiento del mundo moderno y contemporáneo. La burguesía, el capitalismo emergente, las primera máquinas… los cambios en la visión de la naturaleza, del hombre…
¿En un principio es la acción, y luego viene la palabra? ¿Primero las formas de vida, después los ‘mundos’ lingüístico-culturales? Como quiera que sea, podemos decir que desde un principio ‘formas de vida’ y ‘mundos’ forman un ciclo a dos donde  A (el ‘mundo’ de las prácticas y modos de vida) hace posible, genera, influye… en B (el ‘mundo’ de la palabra, del discurso…), y B, a su vez, influye… en A. Es el ciclo tierra-cielo. Y es virtualmente eterno.
La palabra precede a la acción; la acción precede a la palabra… ¿Qué fue lo primero?
Nuestras experiencias y actividades de cada día no dejarán de hacernos reflexionar, y a su vez nuestras reflexiones no dejarán de influir en las actividades  y experiencias de cada día. En tanto los humanos (nuestras peculiares características) sigan siendo –en tanto que sigamos siendo.
Bodas de la tierra y del cielo –del materialismo y del idealismo.
No se puede ser absolutamente materialista o absolutamente idealista. Excluir o aminorar la importancia del mundo de la palabra o del discurso, o del mundo de las actividades y demás  (decir que el mundo de la palabra o el discurso son nada, o lo contrario). Mutuamente se necesitan, se requieren ambos extremos; se dan vida. No son el uno sin el otro.
Pienso que este lenguaje nos retiene aún en el mundo de los ‘humanos’. Sus dualismos…
Con todo, ¿qué cosa ‘humana’ puede encajar en un mundo genocéntrico, post-humano?
*Hay vida que va contra otra vida. Hay vida no constructiva, no creativa… sino destructiva. Cierta vida que en su ciego proceder desertiza, arrasa… acaba con todo.
La vida se ama a sí misma, se odia a sí misma, cuida de sí, se descuida… Es lo uno y lo otro... Es lo alto y lo bajo, lo noble y lo vil… Contiene todos los opuestos que podamos imaginar. Hablo únicamente de la vida, del ente viviente, de la sustancia viviente única; de nosotros  –de Nos.
*La vida es la vida en el ‘cosmos’, en el universo, en el ‘mundo’. Un cosmos que es materia viviente y materia no viviente. Lo viviente y lo no viviente conforman este cosmos. La sustancia de la vida es materia cósmica también.
La vida es la autonomía en el cosmos. La libertad. Lo semoviente. La percepción. La reflexión. El lenguaje. La comunicación. La creación –la vida es creadora de formas.
En cualquier forma de vida (fenotipo) podemos observar su pericia –su  maestría, su señorío, su dominio del entorno físico-químico (gravedad, presión, atmósfera, temperatura…). Levanta cuerpos en los medios más adversos. Esta interacción ‘victoriosa’ con el entorno implica percepción, y reflexión, y memoria… La vida acaba por ‘conocer’ el mundo en el que ha venido a ser; el mundo al que pertenece; el mundo en el que ‘es’. La vida es en el cosmos, y con el cosmos.
 Cuando  hablamos de la vida de nosotros hablamos. Hemos de interrogarnos como vida, no como seres humanos. No el lugar del ‘hombre’ en el cosmos, sino el lugar de la vida. No el ‘ser’ del hombre, sino el ser de la vida que, antes que nada, somos. El cuerpo, el soma, la figura con la que aparecemos es obra nuestra, es nuestro medio de locomoción, nuestro soma protector… 
Nosotros somos lo único vivo en la criatura que aparece. Somos el ‘yo’ de la criatura (cualquiera ésta sea). Nosotros somos la sustancia viviente única.
Nuestro ser es ser la vida que somos. Nosotros somos el ser viviente único, nosotros somos la vida.
La soledad de la vida. La soledad cósmica. La vida en el cosmos. Centros de vida separados por cientos o miles de años luz unos de otros. Eternamente aislados.
*El genocentrismo es un estadio de evolución que puede alcanzar la vida en cualquier punto del cosmos. La autoconciencia, la autognosis de la misma vida. La vida que llega a tener conciencia de sí. Es la vida la que se proporciona, en un momento dado de su devenir, tal autognosis. Para que esta autognosis se haga posible se requiere de un cariotipo específico (que es obra de la misma vida). Se trata de un cariotipo específico que es consciente de sí como vida, y que trasciende su ser específico (su ‘humanidad’, en nuestro caso). La ‘superación’, el abandono del ser específico. El período ‘humano’ es dejado atrás (el antropocentrismo, el fenocentrismo).
Este conocimiento parte en dos, de manera irreversible, el devenir de la vida en cualquier punto del cosmos. Aquí, nosotros, en este planeta. Éste es el momento que vivimos. Vivimos los primeros tiempos, aún inadvertidos, del genocentrismo. Damos los primeros pasos.
Este estadio evolutivo alcanzará, tarde o temprano, a todos los miembros de la especie humana. Un saber que será patrimonio de las generaciones por venir; que nos transformará. Tendremos, inexorablemente, un futuro genocéntrico.
La sonda aquella que se lanzó al cosmos hace unas décadas conteniendo información sobre el planeta y sus habitantes pecaba de antropocentrismo. Pertenece a un estadio pre-genocéntrico en nuestra historia, un periodo antropocéntrico, fenocéntrico –el que aún vivimos. No conseguimos librarnos de la perspectiva antropocéntrica. ¿Hasta cuándo?
*La vida es nuestra fe. Nosotros creemos en la vida, creemos en nosotros mismos. Nosotros somos lo esencial. Nosotros somos la esencia de lo viviente; somos lo viviente mismo.
Contemplarlo todo desde la sustancia viviente única. La perspectiva genocéntrica. Trascendemos la especie, hablamos como vida.
 *El ‘hombre’ no tiene futuro. El período antropocéntrico (fenocéntrico) acabó. El último (gran) pensador antropocéntrico es Heidegger. Con este pensador se cierra el período filosófico antropocéntrico. No más allá.
Tendremos que rebuscar en el pasado, ver qué podemos llevar con nosotros al futuro genocéntrico. Apenas nada. Lo menos ‘humano’. La clave está en si conviene a la vida o no. Si tal o cual cosa son dignas de la vida; si pueden ser adoptadas por la vida sin demerito. La vida misma juzga.
Ahora es la vida el ‘sujeto’ y el ‘centro’.
*Desde la perspectiva genocéntrica todo cambia, el mundo es otro. Tú eres otro. El lugar de la vida, el lugar que nos estaba reservado.
Todo cambiará. El amor, la amistad…; las relaciones con el entorno viviente y no viviente; las ‘artes’…, el pensamiento… Seremos otros, devendremos otros.
Queda todo por hacer. Un mundo nuevo.
Ahora será un mundo por y para la vida.
La amistad y el amor entre fragmentos del Uno –de lo mismo. Entre fragmentos perecederos, además.
La reproducción y las unidades sexuadas. Las unidades pasan, la sustancia viviente (la esencia de la vida, el Uno) permanece.
Los seres vivos (los organismos) no nos reproducimos, es la sustancia viviente  la que se reproduce en sus criaturas –se prolonga a través de las generaciones.
En virtud de la ‘reproducción’ nuestra sustancia viviente, nuestra materia genética, vuelve a la vida y a la luz una y otra vez –con sentidos siempre nuevos percibe una y otra vez este cosmos bienaventurado.
Es una sola la sustancia viviente, una y la misma en todas las criaturas. La unidad de la vida. La unidad a la que pertenecemos, la unidad que somos. Ser conscientes de todo esto…
El amor entre unidades sexuadas contingentes. La amistad…
¿Qué música, que poesía, qué pensamiento puede satisfacer a Xenus/Nexus? ¿Qué cultura?
Los futuros crearán culturas dignas de la vida. Irreprochables.
*Que calle el hombre. Que hable la vida. Que la vida tome la palabra; que la vida ocupe su lugar.
*Vivimos la última fase del pensar y del hacer antropocéntricos (especialmente el antropocentrismo del neolítico histórico). La era técnica de la que habla Heidegger. Esta era técnica coincide con el conocimiento de la sustancia genética, de la sustancia viviente única. Este conocimiento nos ha revelado nuestro ser –nosotros somos ‘eso’ (sustancia genética, materia viviente ordenada). Este conocimiento, que es saber cierto que concierne a nuestro ser, arruina todo antropocentrismo, lo aniquila; lo convierte en cosa del pasado. Esta luz inaugura un nuevo período, una nueva fase en nuestro devenir, una nueva fase interminable.
Vivimos los principios, los comienzos de un periodo que no tendrá fin. La vida, finalmente, se ha asentado en la tierra, y tiene la palabra –que no le será arrebatada nunca más.
La conciencia genética (trans-específica, post-humana) es lo que viene, lo que ya es (posible).
El ser viviente único ahora consciente de sí. A la luz. Públicamente. El cariotipo humano es el lugar de la ‘revelación’, de la autognosis. Esta ‘revelación’ afecta a todos los miembros de la especie humana. La única especie, que sepamos, en la que se produce esta autognosis –debido a nuestra peculiar ‘hechura’ (obra de los genes, de la sustancia genética).
El ‘hombre’, la criatura, los somas, los fenotipos… se esfuman, desaparecen… con este conocimiento, con este saber, con esta oportuna revelación (en el último instante, en el instante más necesitado). Pero ‘allí donde está el peligro…’.
Este saber cierto nos viene en el período o fase más desquiciado de nuestro devenir, el periodo en el que nuestras actividades en este planeta (nuestro hogar) están acabando incluso con las condiciones de existencia de la misma vida (no está en peligro la especie o la civilización humana (como podemos leer incluso en manuales de ecología), sino toda vida). El comportamiento codicioso y aniquilador que lleva a cabo la vida cegada por la criatura ‘humana’, en nombre del ‘hombre’ y de ‘sus’ necesidades…
La vida alienada (en sus criaturas), hasta ahora. Esto ya no será posible. La era de las criaturas (de los organismos, de los fenotipos), el fenocentrismo, ha pasado; ahora vine la hora del ser de las formas vivas, de las criaturas todas, de los seres vivos todos. Viene la hora de la sustancia viviente única; de Nos.
Xenus/Nexus, los renacidos a la sustancia viviente única –las nuevas criaturas. Genousse & Genoussin, la nueva pareja.
Hemos llegado a nosotros mismos. Ahora viene el tiempo de la vida consciente de sí –un tiempo que nos estaba destinado.
*No el futuro del ‘hombre’, el futuro de la vida es lo que importa –nuestro futuro. Por lo demás, el ‘hombre’ carece ya de futuro.
Los hombres de hoy son los últimos hombres –las últimas generaciones antropocéntricas. Estas últimas generaciones coexisten con las primeras generaciones del periodo genocéntrico. Vivimos tiempos de transición.
Las nuevas criaturas se tienen a sí mismas, en primer lugar y ante todo, como sustancia genética. La criatura (el ‘hombre’, en nuestro caso), es trascendida, dejada atrás.
Las cuitas, las querellas, las polémicas humanas: étnicas, culturales, políticas, territoriales, económicas… Todo lo que nos retiene en el período antropocéntrico de nuestro devenir. La inercia lingüístico-cultural. Los hábitos milenarios marcan, condicionan, determinan nuestros actos, obligan… Los ‘mundos’ en los que vivimos, aún.
Los fantasmas, las sombras del pasado (antropocéntrico) aparecen una y otra vez. No acaban de desaparecer. La tenebrosa luz que ilumina nuestros actos. La recaída en las cosas humanas…
Librarnos, desprendernos, purgarnos de lo ‘humano’, es lo primero. Una purificación. Una renovación.
*‘Pleonexia’. La codicia insaciable de oro y de poder… El insaciable querer ser más y más… La ciega voluntad de poder.
La vida padece pleonexia –cierta vida. La vida prendida en lo humano; la vida alienada.
La vida se extraña de sí y vive por y para sus criaturas –sus somas, sus fenotipos… sus creaciones. Se ignora, no sabe de sí.
La vida liberada y centrada en sí, Xenus/Nexus. La vida renacida, purificada.
La fuerza del ‘hombre’; la fuerza del fetiche. El ‘hombre’ (los diversos ‘hombres’, los diversos ‘humanismos’, las diversas ‘humanidades’) retiene, confunde, ciega… desvía a la vida de sí.
La revelación de la sustancia genética es el principio del fin del período ‘humano’. Pero también inicia o inaugura un periodo insólito, inaudito, absolutamente novedoso en nuestro devenir. La sustancia genética sale a luz, habla por sí, de sí, y para sí. El desvelamiento de la vida. Lo que permanecía oculto viene a la luz, se nos hace patente. El ‘ser’ nuestro.
Esta experiencia cognitiva la hace posible el cariotipo específico humano –la  especie elegida. Este salir a la palabra, al lenguaje… a la luz.
Ahora nos apercibimos como sustancia genética, como sustancia viviente.
La unidad de la vida. La unidad sustancial. Es una y la misma vida. Comunidad sustancial de las mónadas, de las entidades vivientes. Es uno y el mismo ser –el tuyo y el mío. Es un ser compartido por todas las criaturas que pueblan el planeta. Es un ser común.
Ahora se abre el tiempo de la comunidad de los (entes, mónadas) vivientes. Y los miembros pertenecientes al cariotipo humano tienen un papel relevante en este nuevo período.
Podríamos decir que el cariotipo humano está animado por la vanguardia de la vida. La vida consciente de sí; que sabe de sí.
Estos momentos son momentos destinados. El periodo genocéntrico, el periodo del conocimiento de sí. Estaba por venir, por realizarse. La autognosis de la vida en el cariotipo humano.
*Te desprendes de tu ser simbólico arcaico, neolítico… antropocéntrico; de tu ser ‘humano’.
El nuevo ser simbólico es ya consciente de sí como vida, post-humano.
Vamos en pos de una post-humanidad. Vivimos tiempos de transición donde coexisten los viejos y los nuevos seres simbólicos; lo humano y lo post-humano. Lo antropocéntrico (lo fenocéntrico) y lo genocéntrico. La ignorancia y el conocimiento. Las tinieblas y la luz.
Vencerá la vida.
*
Hasta la próxima,
Manu