Sobre el nuevo período genocéntrico


El camino que abrió Darwin nos ha conducido a la sustancia genética (al ADN). Este descubrimiento nos hace pasar (a todos los grupos humanos) del fenocentrismo al genocentrismo. El centro se ha desplazado de la criatura al creador (de los fenotipos a los genotipos). La sustancia genética es la única sustancia viviente (‘viva’) en este planeta. Nosotros, pues, no podemos ser sino sustancia genética. Esta ‘revelación’ (esta
auto-gnosis) ha partido en dos nuestra historia sobre la tierra. Todo el pasado cultural de los humanos ha resultado arruinado, vacío, nulo... La ilusión antropocéntrica que nos ha acompañado durante miles de años se ha desvanecido. Se ha producido una mutación simbólica (en orden al conocimiento y a la conciencia de sí como sustancia viviente única); el cariotipo humano entra en un nuevo período de su devenir.

Esta aurora, este nuevo día cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Pueblos, culturas, tradiciones, creencias… todo lo ‘humano’ desaparecerá. Viene una luz (un saber, una sabiduría) tan devastadora como regeneradora. Esta regeneración del cariotipo humano en el orden simbólico tendrá sus consecuencias. En un futuro no muy lejano hablaremos, pensaremos, y actuaremos, no como humanos sino como sustancia viviente única.

No hay filósofos aún, ni poetas, ni músicos, ni científicos… para este período genocéntrico que inauguramos. No hay nada aún para las nuevas criaturas, para la sustancia viviente única –en
esta nueva fase de su devenir. Nos queda la elaboración de una cultura, de un ‘mundo’ nuevo (digno de la naturaleza de nuestro regenerado, de nuestro recuperado ser). Queda todo por hacer.

lunes, 24 de julio de 2017

158) Genocentrismo XII


Genocentrismo XII.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (24/07/17).


*


*El hombre ha de ser superado; dejado atrás. Los mundos humanos. Despegarse. Cortar amarras. Limpiarse. Renacer a la vida; al Uno.
Las unidades biológicas podemos considerarlas como mónadas. La sustancia genética es la mónada de las mónadas; la unidad de las unidades –el Uno. Una nueva monadología que concierne únicamente a los seres vivos.
La cifra genética de cada organismo es la mónada particular de éste. El alma, la ‘psykhé’.  No se trata de entes formales, espirituales, metafísicos (como las mónadas de Leibniz).
Percepción, apercepción, apetito… Cada ente vivo, cada organismo. El genoma de cada organismo –el ‘genouma’.
Los mundos biótico y abiótico mutuamente se condicionan. Es un ciclo a dos.
La coordinación en los organismos multicelulares. La sincronización. Es una sola cifra genética la que anima la multitud de células. El papel del sistema nervioso en la percepción, la apercepción, el apetito…
La singularidad de la multiplicidad. La unidad del organismo. Cada organismo es un ‘yo’ (su genouma; su genotipo particular).
 No hay cuerpo, dada la omnipresencia de las células del sistema nervioso en nuestro organismo. En todo momento siente y percibe el genoma. Los sentidos son parte del sistema nervioso. Para la percepción de cualquier sensación se requieren células nerviosas (neuronas).  No siente el soma (cuerpo) sino el genoma.
Podríamos decir que las células del sistema inmunitario y las del sistema nervioso  (periférico, central…) saben del ‘yo’, de la singularidad del organismo que animan y protegen. La sustancia genética, en todas y cada una de las neuronas, es el origen y el término de la sensación, de la percepción, de la apercepción, de la volición, de la memoria… E igualmente en las células del sistema inmunitario, donde distinguen con claridad el yo del no-yo. Se diría que los sistemas inmunitario y nervioso trabajan en paralelo.
El sistema endocrino está subordinado al sistema nervioso.
El sistema nervioso, con sus vías aferentes (las sensitivas) y eferentes (las motoras), no sólo reciben información, sino que actúan (se mueven, se agitan) en función de lo recibido. Tanto en la sensación como en el movimiento, es la sustancia genética la que opera. La sustancia genética no es que mueva su ‘brazo’ (por ejemplo), sino que ella misma se mueve.
Las sensaciones y los movimientos del soma son las sensaciones y los movimientos del genoma.
El brazo se eleva. Pero hemos de ver al sistema nervioso en ese acto, y a la sustancia genética en todas y cada una de las neuronas que mueven ese brazo.
Si una neurona motora, en virtud de algún accidente, deja de operar, el órgano correspondiente no ‘funciona’, deja de moverse. E igualmente sucede con las neuronas sensitivas –cuando por algún motivo quedan incapacitadas para sentir o para transmitir la información concerniente al sistema nervioso central, nada se siente.
Las actividades, tanto inducidas como espontaneas, que observamos en los organismos son actividades que tienen su origen en la sustancia genética –posean o no los organismos sistema nervioso.
El soma, el cuerpo, no experimenta nada. Nada siente; nada padece; nada sabe; nada quiere... Las experiencias del soma son las experiencias de genoma.
No hay cuerpo. La textura nerviosa (sensora y motora) recubre todo el organismo. No hay lugar donde no esté presente.
El genoma es el único sujeto, el único actor.
Organismos simples (monocelulares) y organismos complejos (pluricelulares). En cualquier caso, mónadas (células) simples y mónadas de mónadas (células de células); en cualquier caso, ‘yo’ y ‘yo de yoes’ (un ‘nosotros’).
Un ‘yo’ de ‘yoes’ es un organismo complejo (metazoos) –una mónada de mónadas.
Se habla de super-organismo en lo que concierne a la coordinación y a la sincronización de los organismos pluricelulares; a la unidad en la percepción y en el movimiento, por ejemplo.
Las células en un organismo complejo están coordinadas, subordinadas… jerarquizadas.
 Podemos considerar a los organismos complejos como mónadas simples.
El ‘yo’/‘nosotros’ constituye el centro receptor y emisor del organismo (sea simple o complejo).  Y no hay otro centro que la sustancia viviente única, la sustancia genética.
Hay aún otro ‘nosotros’ que excede al individuo (como pluralidad), se trata del ‘nosotros’ que afecta a la totalidad de los seres vivientes, a la sustancia genética que se encuentra en todos los organismos vivientes.
La sustancia viviente única, Nos, Xenus, Genousse y Genoussin… De los nombres del Uno.
Los organismos complejos, con sus innumerables células, con sus sistemas, con sus órganos. El acoplamiento, la coordinación, la jerarquización…
Cuando el sistema inmunitario se ‘desmadra’. Las enfermedades auto-inmunes. El ataque al propio ‘yo’ (células, órganos, tejidos…).
La conciencia de sí del organismo como unidad (en el cariotipo humano). El sujeto (el ‘subjectum’) consciente, sapiente…
El camino del conocimiento de sí, ahora, pasa por la superación del ‘hombre’. La sustancia genética en el organismo humano se des-aliena de su soma, de su revestimiento, de su aspecto, de su fenotipo…
La identidad genética. La pedagogía futura ha de tener en cuenta esto; ha de encaminar a las nuevas generaciones hacia el conocimiento de sí.
Nosotros somos la vida, la sustancia viviente única… Esta cantinela han de escucharla nuestros pequeños desde un principio.
El ‘hombre’, la ‘humanidad’… tal etnia, tal cultura… Todo ha de ser dejado atrás. Desprenderse, desnudarse, limpiarse… mudarse… mutar.
La instrucción de nuestros pequeños ha de ser eminentemente biológica –las ciencias de la vida. Primero, quiénes somos; qué somos. Nuestro ser genético.
La historia de la vida en la tierra, desde los protobiontes, es nuestra historia.
La educación, la cultura… Todo ha de girar en torno a la sustancia viviente única –al ser que somos.
El futuro del cariotipo específico humano no tendrá nada que ver con su pasado –con su pasado humano. Se trata de una mutación simbólica, lingüístico-cultural. Se trata de un cambio esencial. Afectará a todos los grupos humanos.
La conciencia de sí genética ha de ser implantada en nosotros desde nuestros primeros pasos.
Los futuros Xenus/Nexus. Los milenios por venir, y por vivir, bajo esta conciencia.
Todo ha cambiado. Los mundos humanos han caído, se han esfumado. Las ilusiones antropocéntricas. Ahora viene el tiempo de la des-ilusión, del des-encanto, de la des-alienación…
Primero, quedar en nada. Despojarse de todo lo humano. Silencio alrededor. La vía solitaria, silenciosa. La noche del espíritu (del genouma). A la espera de Xenus; del Uno.
El ser que somos se revela a sí mismo; a sí mismo se da a conocer.
Que nada te detenga. Ni pueblo, ni razas, ni lenguas, ni culturas… Que nada humano te detenga (ideologías, creencias…).
El despojamiento, la desnudez. La purificación. La soledad; el silencio.
El camino de la vida hacia sí misma.
La lucha por el ser. El ‘individuo’. La unidad lograda mediante la lucha, la conquista… La ‘dureza’ de la purificación. La ‘multiplicidad’ coaligada, dirigida, plena, fuerte… jerarquizada. Bajo la hegemonía del Uno.
La lucha interna en el camino hacia el ser.
El ‘yo’ múltiple, plural. La lucha interior. La voluntad de (auto)plasmación.
Una lucha entre pulsiones, afectos, pensamientos, voluntades…
La vida una y múltiple, simple y plural, homogénea y heterogénea, antitética, contradictoria, amiga de sí, enemiga de si, libre y esclava… noble y vulgar, aristocrática y plebeya… Sublime y abyecta.
La ‘síntesis’ imposible. La jerarquización interior. La subordinación de las pulsiones dañinas, perjudiciales… ‘feas’.
¿Qué futuro queremos?
Ser ‘noble’ significa ser libre, independiente, estar emancipado… La conciencia de sí (genética) libera del antropocentrismo, de la servidumbre a ‘ideales’ humanos, demasiado humanos… Los esclavos son ahora los alienados, los privados de conciencia de sí…
La nobleza de un individuo se mide por el grado de emancipación o liberación del medio social, del entorno lingüístico-cultural, de la impronta del momento y del lugar en los cuales vive…  
La ‘inercia’ de los esclavos. Su dejarse llevar…
Fuerza y debilidad… de carácter, de voluntad… La línea ascendente y la línea descendente de la vida…
La expresión ‘nobleza obliga’ implica una suerte de servidumbre a una moral dominante, a un ordenamiento o ideario cualquiera (religioso, político, filosófico…). Recuerda a aquel “llega a ser el que eres” (Píndaro), esto es, responde al patrón, al modelo de perfección en el que fuiste instruido. En la antigua nobleza el noble debía plegarse hasta la perfección a la moral social al uso; debía ser su máximo representante, incluso devenir modelo de perfección de la misma. La servidumbre a las ‘normas’. No estamos ante una moral aristocrática (en el sentido nietzscheano).
La moral aristocrática, de señores (de sí), se opone a la moral del rebaño, de esclavos, de la ‘masa’ moderna y democrática.
La emancipación, la independencia, la superación…
La superación del medio humano nos devuelve a la vida –al ser que somos.
Los miles de años (de pasado) de vida humana son difíciles de superar.
Recuperar el pasado, la historia biológica, vital… Todo ser vivo es heredero de millones de años de experiencia vital. Parafraseando a Nietzsche podemos decir que “la vida de los orígenes sigue viviendo en mí” (“el hombre no es sólo un individuo, sino la totalidad orgánica que continúa viviendo en una determinada línea”, FP IV, 7 [2]).
“Yo soy la vida virtualmente imperecedera”. Nosotros somos la vida…
En principio, la propia ‘mirada’, la propia perspectiva –que, en último término, es la perspectiva de la vida…
No es la carne, el cuerpo, o la animalidad (sensualidad, instintos…), lo que hay que reivindicar, o recuperar, sino la vida, la misma vida…
“Poder ser para sí para poder ser otro…” (Nietzsche). La mutación, el cambio, la transformación, la metamorfosis, el ‘renacimiento’… La singularidad de la experiencia misteriosa. Su incomunicabilidad. No transferible.
El término ‘vida’ no dice lo suficiente. Hay que contar con la vida ascendente y la vida descendente. La vía luminosa y la vía tenebrosa…

Hay biologismo cuando se habla de corporalidad, o de animalidad. Hay biocentrismo cuando se habla de la sustancia genética.
No se trata de hablar desde el animal, o como animal, sino desde la vida, como vida.
Genocentrismo, fenocentrismo. Estos son los términos.
El fenotipo humano (su cariotipo específico) ha sido desde un comienzo un medio para la vida. La vida alcanza un particular clímax en el fenotipo humano.
La sustancia genética necesitaba un fenotipo que le permitiera salir a la luz, conocerse a sí misma, y darse a conocer.
Nunca la vida ha estado más cerca de sí misma que en el cariotipo humano (su particular morfología y fisiología; su sistema nervioso). El lugar del encuentro. Allí donde se produce la autognosis (predestinada, se diría). Sólo tenía que encontrar la forma adecuada –el ‘cuerpo’ idóneo.
Ver el ‘nóumeno’ en el fenómeno, el genotipo en el fenotipo, el genouma en el soma.
El ‘nóumeno’, la ‘psykhé’, la cosa en sí… En lo que concierne a la naturaleza viviente.
En todo organismo, en toda forma viva anima la sustancia genética, la sustancia viviente única. El Uno primordial.
No hay sino un solo viviente. La multitud de formas vivas no debe confundirnos. Los fenotipos, los cuerpos, son vehículos, instrumentos, medios… de la sustancia viviente única. 
No hay sino un solo sujeto, un solo actor en todas las manifestaciones de la vida. En cualquier forma que adopte. Es siempre uno y el mismo. No hay otro en ti o en mí.
El mismo ser anima en todas y cada una de las formas vivas que se nos aparecen.
Sólo Xenus siente, piensa, quiere…
La esencia, el ‘alma’ material, virtualmente eterna. Las unidades contingentes, sin embargo, perecederas.
Nosotros, las individuaciones contingentes, mortales, de la esencia viviente única, del Uno primordial. Nos, la vida.
Nietzsche afirma allí donde Schopenhauer niega. Nietzsche comienza su particular odisea espiritual como un ‘schopenhaueriano’ heterodoxo. Tras el paréntesis ilustrado, crítico (Humano…, Aurora, La Gaya Ciencia…), Nietzsche retoma, retorna, vuelve a su principio. Termina como empezó. Retoma la ‘voluntad’ como ‘voluntad de poder’… Nietzsche nunca perdió de vista a Schopenhauer. 
Yo, modestamente, sigo ese camino. Si bien mis palabras son otras. Yo no hablo de una causa primera cósmica, me limito a la vida, a la sustancia viviente única –al mundo viviente. Sólo puedo hablar de la vida, y desde la vida. 
Es en la vida donde encuentro el Uno primordial. Más allá de la vida, nada sé. No sé si mi sentir y mi querer tienen su origen en la materia cósmica no viviente. Así pensaban los monistas del siglo XIX (incluido Nietzsche). Yo no soy monista. Yo entiendo que hay sustancia viviente y que hay sustancia no viviente. Cierto que la sustancia viviente está formada con elementos materiales no vivientes (átomos…). Tal vez en nosotros, la sustancia viviente, la impulsión y el movimiento se transforman en pulsiones y apetencias… Nada puedo decir al respecto.
*En los humanos tenemos el ser genético y el ser simbólico. El ser simbólico es el ser genético instruido en una determinada tradición cultural. El ser simbólico es siempre relativo, histórico, circunstancial… El ser genético es intemporal, está ligado a la sustancia genética, a la sustancia viviente única, a toda vida, en el tiempo y en el espacio. Es un fragmento del Uno; una cifra única e irrepetible. Tan antiguo como la primera vida.
Nosotros, las unidades sexuadas contingentes. Genousse y Genoussin. Las unidades pasan, pero la sustancia viviente (el plasma germinal) permanece –atraviesa las generaciones.
En el cariotipo específico humano la vida medita y reflexiona acerca de sí misma en lenguajes humanos.
*
Hasta la próxima,
Manu

domingo, 9 de julio de 2017

157) Genocentrismo XI


Genocentrismo XI.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (09/07/17).


*


*La conciencia de sí de la misma vida que ahora adviene, ¿qué consecuencias tendrá para el futuro de la misma?
Ahora el ‘hombre’ es la voz de la vida. Xenus/Nexus. Genousse y Genoussin. Ahora es la vida la que habla en el ‘hombre’.
La vida vela por sus intereses. Cuida de sí. La revolución genocéntrica. El giro. El acontecimiento de los acontecimientos.
El futuro por venir. Todo cambiará conforme este conocimiento y conciencia se vayan extendiendo. La conciencia de sí como vida exige otra sociedad, otra economía, otro derecho, otro arte, otro pensamiento…. otras maneras de vivir.
Las relaciones familiares, amorosas, amistosas, económicas… sociales en amplio sentido. Las relaciones con el resto de los seres vivos. La cultura genocéntrica por hacer.
Romper la inercia antropocéntrica. Ruptura con el pasado antropocéntrico. La nueva vida.
Ya no es posible pensar o actuar como ‘hombre’. La perspectiva genocéntrica lo ha cambiado todo. Nuevo mundo tenemos. Nueva visión.
El ‘hombre’ ha desaparecido, se ha esfumado, se ha desvanecido… La vida ocupa ahora su lugar. La voz de la vida. Su palabra.
Tendremos que hacerlo todo de nuevo. Un nuevo hogar lingüístico-cultural a la altura de la vida –un nuevo ‘mundo’. Por y para la vida.
Esta verdad penetrará poco a poco en las mentes y en las conciencias de todos los seres humanos. Es el futuro, no hay duda.
Los residuos arcaicos, neolíticos, antropocéntricos…, no durarán mucho. Esta luz lo iluminará todo; esta verdad.
Nosotros somos la vida. Esta consigna llegará hasta los últimos rincones del planeta. No habrá ‘hombre’ que no se entere de esta verdad. Nadie podrá alegar ignorancia.
Más allá del hombre. La nueva mirada, la nueva perspectiva. Revelación. Autognosis.
Los nuevos colectivos, las nuevas comunidades.  Comunidades genocéntricas.
La mística, ahora, de la vida. Pero también todo arte y todo pensamiento… y toda actividad.
La perspectiva genocéntrica transformará nuestras actividades. Es un proceso de  transformación que durará siglos, tal vez. Poco a poco.
La próxima civilización será la de la vida. Será poco menos que eterna. No habrá más cambios. El cambio sustancial ya se ha producido. Habrá un antes y un después como nunca antes lo hubo.
La transformación, personal y colectiva, que viene. La conciencia génica. La conciencia de Xenus/Nexus.
Será una conciencia única, la más propia para el ser único que somos. El Uno primordial.
Una conciencia, una mente, una mirada… La unificación simbólica de los miembros del cariotipo específico humano en el nombre de la vida, de su ser más íntimo –de su único ser.
Es el futuro. Cuando ni intereses individuales ni colectivos guíen la actividad de los humanos. Cuando desaparezcan pueblos, culturas, naciones… Cuando se supere la mentalidad (la conciencia) antropocéntrica. Cuando el ‘hombre’ sea vencido.
La codicia antropocéntrica (individual o colectiva), la ambición de poder… Las banderas, las bandas, los bandos… La guerra intraespecífica –por el territorio, por las materias primas, por el poder… La explotación sin miramientos del medio físico-químico. Dejamos un hogar sucio, contaminado, maloliente… Las consecuencias fatales para la vida de la conducta de los humanos.
Ceguera, inconsciencia, vanidad, egotismo, necedad… Cegado por su antropocentrismo. La ilusión antropocéntrica.
La vía purgativa. Dejar atrás la vanidad, la ceguera, la necedad… Superar al hombre en nosotros. Todo lo humano. Fratrias, patrias, banderas…
Es la vida la que ríe y llora en el hombre, la que se goza y se duele…
Aquí no hablamos ni de dioses, ni de hombres.
Cosmos y vida. Lo viviente y lo no viviente. Lo biótico y lo abiótico.
Las experiencias internas (psicológicas), las concernientes al ‘mundo interior’ (las vivencias ‘intelectuales’ –estéticas, espirituales…), han de estar relacionadas con el genoma, con el genotipo, con la sustancia genética propia –con la cifra genética propia. Con el ser genético (único) que somos. No más allá.
La sustancia genética es, en todas las criaturas, el origen y el término de toda actividad, de toda experiencia.
La vida no tiene a quien preguntar, y no tiene quien le responda. La vida, a sí misma se pregunta, y a sí misma se responde. No hay otro. La singularidad y la soledad de la vida en el cosmos.
Un cosmos abiótico mudo, silencioso, es nuestro hogar. Luz, aire, agua, suelo… soles y lunas… El entorno abiótico. La cuna, el hogar.
Sólo el estudio de la vida nos instruye acerca de nosotros mismos –acerca de nuestro ser, y de nuestro sentido.
La vida es la ‘luz’ en este cosmos oscuro, silencioso, y frío. La vida proyecta luz, orden, claridad… Es orden proyectado. Introducimos orden en el caos. Ya no caos, sino orden. Cualquier orden es mejor que ninguno.
En un principio es el caos… La vida establece un mundo, un cosmos… un orden; un mundo entorno accesible, manejable, familiar.
La vida convierte este entorno abiótico en un lugar habitable, en un hogar. El aire, el agua, el suelo, la luz… Todo transformado y adaptado a la vida. La vida ha contribuido a ello.
La vida interacciona con el medio entorno y lo modifica desde el principio –desde su aparición en la tierra. No es sólo la vida la que se adapta a los diferentes factores abióticos, estos también resultan adaptados y modificados.
La interacción y la mutua dependencia. La biosfera, tal como hoy la conocemos, es obra de millones de años de interacción entre la vida y el entorno abiótico.
La tecnología explotadora y depredadora de este neolítico tardío, postrero, puede arruinar la obra de millones de años –el delicado equilibrio ecológico logrado.
La vida confundida, alienada en una de sus criaturas. La vida que a sí misma se ignora.
La vida se ha malinterpretado. El cariotipo humano, su obra, la ha confundido. Hasta el punto de olvidar su esencia, de olvidarse de ella misma. La potencia intelectiva, volitiva… del dispositivo somático humano.
No el hombre, sino la vida es el señor (o la señora) de las criaturas, de las formas vivas.
Una confusión gramatical. El ‘yo’, el sujeto de la actividad, era en todo momento la vida. Por más que el ‘hombre’ diga ‘yo’, es la vida la que, en último término, lo dice.
La durabilidad del ‘hombre’ pone en peligro la vida en este planeta.
La codicia del hombre es la codicia de la vida. La ceguera, la inconsciencia… El hombre es una máscara, un vehículo, un medio…
Es la vida la que tiene que ser aleccionada, educada, instruida acerca de sí. La vida única; la sustancia viviente única. El Uno primordial.
La vanguardia de la vida ha alcanzado la autognosis –la conciencia de sí genética. El reconocimiento. La vida se reconoce en toda criatura, tras todo dispositivo somático. Allí, oculta, protegida…
La vida repartida en sus criaturas. La misma sustancia. El mismo ente. El mismo ser subyace en todas y cada una de sus criaturas. El único ente vivo; el único ser.
Una revelación no dirigida al hombre, sino a la vida. El hombre no es el destinatario de esta verdad. El hombre, la criatura, ha de ser trascendido, superado, dejado atrás.
Ahora la vía perfectiva concierne a la vida. El camino de perfección. La excelencia. La vida ha de superar el carácter fragmentario, individual… que aparece en las criaturas. Su ‘egoísmo’ y su ‘individualismo’.
Ahora la vida tiene deberes que cumplir, tareas que realizar. Tareas y deberes colectivos. Ahora ha de mirar por todo y por todos. Su deber primordial es velar por la vida; proteger, cuidar…
Ahora viene el saneamiento en profundidad del hogar. Hay que arrebatarle el timón al ‘hombre’. A esa vida en particular, embrutecida, ciega, inconsciente…  La vida que ha perdido su norte.
Es en el cariotipo humano, y en sus lenguas, que se hace posible esta meditación, esta reflexión.
Los renacidos son como Xenus/Nexus. Un ‘homo’ nuevo. Un ‘homo’ en el que la vida ha tomado el timón; en el que la vida ha devenido el sujeto único.
Nacer a la vida. Renacer. La revelación en carne propia. En el propio ‘corpus’ genético. En el propio ser.
La mirada, la perspectiva genocéntrica ha de triunfar. Es cuestión de vida o muerte.
La conducta que hasta ahora ha sostenido la vida en el cariotipo humano debe cesar. La vida codiciosa, egoísta, indiferente…
Es la vida la que ha de despertar, cobrar conciencia… purificarse… renacer…
Una vida purgada, purificada, renacida… con la vista puesta en los milenios por venir. Un futuro genocéntrico.
Es un mundo de deberes el que viene.
Una ascesis y una mística que tenga como centro la vida –la vida que somos. No el hombre, sino la vida.
El alma inmaterial que se libera de las ruedas de las reencarnaciones (hinduismo y budismo), o que se ‘salva’ (en el cristianismo), no es otra cosa que el ‘yo’ cultural, la conciencia cultural –el ser simbólico, social (el más efímero, el más relativo).
El alma (la ‘psykhé’) de toda criatura es su cifra genética única e irrepetible. No cabe hablar de reencarnación o salvación.
Las ideologías religiosas del neolítico (sus interpretaciones del mundo, del hombre, del ‘alma’…) no pueden aportar nada al ‘homo’ nuevo.
La espiritualidad del futuro ha de ser creada.
Un alma mortal. Un alma que es fragmento del Uno primordial.  Los puntos de partida. Aquí no hay hipótesis, no hay fantasías, no hay creencias.
Un camino necesariamente individual. Una ascesis (la ‘limpieza’, la purificación) no humana, no antropocéntrica.
La autorrealización del ser genético. El ‘renacimiento’. La unión misteriosa con el Uno. La conciencia (la mirada, la perspectiva) génica. La perspectiva correcta, óptima, justa… nuestra.
La moral que viene. La moral biológica, ecológica… genocéntrica.
Nada humano, nada humilde, nada mortal…
El Uno virtualmente imperecedero, eterno. Xenus. Genousse y Genoussin.
Muere el hombre, adviene Xenus. Es necesario que el hombre/la mujer mueran para que Genousse/Genoussin florezcan –la vida, en cualquier caso.
Muerte espiritual, simbólica. Desaparece el ‘yo’ cultural, el sujeto humano…
La vida se recupera a sí misma, a sí misma se conoce, se ‘sabe’. Ésta es la máxima sabiduría que nos es posible alcanzar. Es la ‘sabiduría’ por excelencia.
El ‘saber’ del ser que somos; el saber de sí. No más ignorancia, no más confusión, no más alienación…
El cambio, la transformación. El vuelco. En un instante.
Aquí no se trata de fe, sino de saber. La revelación de la sustancia viviente transformará tarde o temprano la vida de los humanos; transformará la vida en este planeta.
La conciencia colectiva del ser que somos. La cultura planetaria por venir. La cultura genocéntrica.
La perspectiva génica. El imperio del centro. El período milenario. El nuevo eón. Un futuro sin retornos, sin recaídas…
La pedagogía. La nueva ‘paideia’. La nueva excelencia. La instrucción de nuestros niños. Las nuevas generaciones han de ser instruidas, encaminadas hacia su ser. Desde muy pronto nuestras crías han de saber acerca de sí. Nosotros somos la vida.
La conciencia de sí génica desde las edades más tempranas. Los deberes para con la vida.
Ahora la vida, en el cariotipo humano, se convierte en el protector de este planeta viviente. Deberes para con el mundo abiótico, el entorno no viviente –el agua, el aire, la luz, el suelo… Y deberes para con la vida.
La nueva conciencia, la nueva cultura, la nueva era… los nuevos seres humanos. La transformación del cariotipo humano. La mutación lingüístico-cultural.
Otras palabras, otras verdades… otras tradiciones vienen; un mundo nuevo que todos los humanos compartirán.
El futuro es la unidad cultural de la especie. Un saber compartido por todos los seres humanos. Sin reticencias, sin incertidumbres, sin recaídas. La unidad espiritual de los miembros de la especie. No habrá varios mundos, varios discursos… No habrá sino un solo mundo para todos los humanos. La mirada compartida, única.
En pro de la vida siempre. Cuidando, protegiendo, velando… por la vida; por nosotros mismos.
*Schrödinger  y la lucha contra la flecha del tiempo (la entropía) de la vida. La vida como anomalía (Dyson). La anómala composición atmosférica, obra de la vida (en Lovelock). La vida se perpetúa a pesar de la tendencia a la entropía, vence el tiempo, la degradación. La lucha por el ser, por el seguir siendo. La vida intemporal. Se auto-mantiene, se auto-reproduce… Retornos, retro-alimentaciones, recurrencias… Constantemente se actualiza. Siempre en acto. Hacia arriba. La sustancia genética (el plasma germinal) perdura a través de las generaciones ella misma; siempre ella misma. Supera, vence el tiempo. Se eterniza. La vida eterna. La vida virtualmente imperecedera.
La materia viviente del planeta crece y mengua a una. La genousfera. El hologenoma, como dicen. Toda la sustancia genética del planeta. Xenus. El Uno.
Una sola historia que se diversifica, se ramifica. Una historia interminable. La de la vida. Contra el tiempo.
La historia de la vida (la materia viviente, el plasma germinal, la sustancia viviente única, la sustancia genética), desde sus orígenes a nuestros días, es nuestra historia. Biografía de la vida. Auto-biografía.
Los nucleótidos, los polinucleótidos. Las cadenas que se reproducen, se replican (que hacen réplicas de sí). Las membranas semipermeables… La evolución de los somas protectores, de los cuerpos, de los organismos… Sólo la sustancia genética permanece inalterable y una.
Las unidades pasan, el plasma germinal perdura. El ser de las unidades es el plasma germinal mismo, la materia viviente virtualmente imperecedera. Lo único viviente (‘gaiia’). El/la/lo que fue, el/la/lo que es, el/la/lo que será.
Nuestro ser es la misma vida. La vida eterna. Pese a nuestra contingencia, a nuestro ser/no-ser, somos la misma vida. No hay otro ser.
La vida constantemente se renueva, se rehace, se recompone… Las generaciones pasan, la sustancia genética perdura. Constante regeneración. La vida se sucede a sí misma.
El murmullo de la vida. Siempre en acto, siempre en movimiento. 
*
Hasta la próxima,
Manu

domingo, 25 de junio de 2017

156) Genocentrismo X


Genocentrismo X.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (25/06/17).


*
 

*La palabra ‘vida’ tendría que ser suficiente. No necesitada de interpretación. Con la palabra ‘vida’ significamos con precisión y amplitud. Decimos: es la ‘vida’… o la ‘vida’ es así, o, la ‘vida’ es esto. Con esta palabra decimos todo lo que hay que decir al respecto.
La vida es esto, y aquello, y lo otro… Todo lo que observamos en los seres vivos. La naturaleza viviente es un espejo donde podemos vernos. Nada en lo viviente nos es ajeno. Todos sus comportamientos conocidos y por conocer; todas sus ‘potencias’…
No tienes más que observar la naturaleza viviente a tu alrededor. Lo que puede la vida. Lo que hace. Sus modos y maneras. Su polivalencia. Lo que podemos; lo que hacemos… Manifestaciones de nuestro ser.
La vida, siendo ‘una’, tiene que albergar todos los opuestos, todos los antónimos… Fuerte y débil, destructiva y constructiva, sublime y pedestre, verdadera y engañosa…
La vida es todo lo que puedas observar en la naturaleza viviente.
Las unidades eventuales, contingentes, perecederas. Pero la vida también se sucede a sí misma, se eterniza (mediante la reproducción). La vida alberga en sí la muerte y la inmortalidad.
La vida se auto-produce, se autogenera… se duplica, se replica, se reproduce… La vida es virtualmente eterna. Con múltiples ojos contempla y contemplará este universo-mundo hasta el fin de los tiempos.
La vida (la materia viviente, los ácidos nucléicos…) puede enquistarse  en esporas indefinidamente hasta nuevas condiciones favorables (la criptobiosis, la animación suspendida…). Puede aguardar millones de años.
“Es la vida.”  “Cosas que trae (o conlleva) la vida.”  “Cosas de la vida”. “La vida es así.”  Expresiones usadas ante sucesos de la vida entorno (humana y no humana), especialmente cuando estos son crueles, tristes, injustos… (a los ojos humanos). Se trata de la aceptación de la vida, aún de sus aspectos más dolorosos.
La vida dura, implacable, despiadada…
Solemos decir de un paraje que esta ‘lleno de vida’ cuando ésta abunda en cantidad y diversidad.
También solemos decir ‘amar la vida’, refiriéndonos al mundo entorno (viviente y no viviente, el ente en su totalidad), a su contemplación. Barremos con la mano señalando el mundo alrededor sin hacer distinción, como digo, entre lo viviente y lo no viviente.  Se trata de señalar el esplendor del mundo.
Vivir comporta la contemplación o percepción del cosmos –su esplendor, su magnificencia.
Cuando dejamos la vida (morimos) dejamos también el mundo entorno. Nos despedimos de todo.
En estas expresiones la vida incluye todo lo existente. La vida es la vida, y todo lo demás. Todo lo perceptible.
La vida. El mundo. Vivir es también ser mundo –formar parte del mundo. Formar parte de ‘esto’. Existir. Co-existir.
Seguir en el mundo. Seguir viviendo –seguir contemplando, seguir formando parte del mundo.
Contingencia y necesidad del ser genético. Contingentes las unidades, necesaria  (que no cesa) la sustancia genética.
El azar de estar vivo, de existir. La cifra genética aleatoria que conforma nuestro ser genético. Nuestra esencia es eterna y perecedera; mortal e inmortal.
Vivir, venir a ser, es un azar prodigioso. Tener acceso al mundo, al cosmos, al ser. Ser, existir. Participar, formar parte.
Con ojos humanos contemplo (percibo de múltiples maneras) este prodigioso y enigmático mundo.
Si del cosmos estuviera ausente la vida, siempre inteligente, éste carecería de sentido.
El enigma es el universo-mundo, y es la vida. El sentido, siempre inefable, de vivir, de estar vivo, de la vida... El sentido del universo-mundo, del ente en su totalidad.
Mundo y vida se co-pertenecen. No hay mundo sin vida, ni vida sin mundo. El mundo allende la vida es su hogar. La vida pertenece al mundo, y el mundo pertenece a la vida. Mundo y vida surgen a una.
La materia viviente y la materia no viviente. La complementariedad.
La vida repartida en el cosmos –siempre que la vida disponga de un cariotipo semejante al nuestro– contempla el mismo cosmos desde diferentes ángulos. La misma imagen, el mismo enigma.
¿Cómo es posible esto? ¿Por qué; para qué? 
En ciencias, la eliminación de la causa final (la ‘teleología’), supone la eliminación del autor, del artífice.
La vida es su propia finalidad. La vida no puede aspirar a más de lo que ella misma es. La vida es lo máximo, es perfecta.
La vida no aspira al poder porque ella misma es poder. La vida no aspira a más, ni a otra cosa. La vida potente, poderosa. La plenitud de la vida. La completitud.
Una vez surgido el cosmos, la vida viene de suyo, como los diferentes átomos o las moléculas (los aminoácidos, por ejemplo). La conformación físico-química de la vida (de los ácidos nucléicos) está predeterminada por las características mismas de la materia.
La materia viviente que se replica, que se reproduce. Esa peculiar materia.
Los aminoácidos con los que se emparejan los tripletes de ácido nucléico componen la primera escritura, el primer alfabeto. Con los aminoácidos la sustancia genética dice y se dice. Alfabeto, elementos constructivos…
Vana cosa es pretender que la vida aspire a otra cosa que no sea ella misma. La vida se tiene a sí misma, a sí misma se posee. Es la plenitud.
La vida es completa en sí misma. No necesita otra cosa, no necesita salir de sí, ir más allá de sí.
La vida es potente, es potencia (dinámica, plástica, creativa, intelectiva…). Es absurdo que albergue voluntad de poder cuando ella es la máxima potencia. Se aspira a lo que no se tiene. La vida no carece de nada. No anda en busca de nada.
La vida que se goza de sí. La experiencia misteriosa. La plenitud. La completitud. La autognosis.
La experiencia misteriosa corona una vida. Es la experiencia cumbre en las unidades contingentes que somos.
Sólo en la reproducción necesitamos de la otra parte. Pero no necesita otra cosa más allá de sí, sino su otra mitad, que se encuentra en el otro sexo.
 Las unidades sexuadas. Mutuamente se necesitan. La vida requiere de sí en la reproducción (cuando sexuada). La vida se necesita, se requiere, se busca… a sí misma.
El amor hacia la otra parte –la complementaria en cuanto a la reproducción. La pareja; el par. Genousse y Genoussin.
La soledad de las unidades contingentes y perecederas. La soledad de la vida.
En todo y por todo debemos partir de la vida. Todas las creaciones del ‘hombre’ son creaciones de la vida. Las ‘artes’… Las experiencias y vivencias del ‘hombre’ son las de la vida.
En el cariotipo humano la vida ha experimentado cosas nuevas; vivencias que sólo el cariotipo específico humano podría darles (por su particular estructura).
La palabra, el lenguaje. En el ‘hombre’ la vida se expresa a la luz por primera vez. La riqueza (semántica) del lenguaje es la riqueza de la vida. El lenguaje ‘humano’ nos habla de la vida. La vida se expresa en lenguajes humanos.
No veamos más al ‘hombre’ en la obra humana, sino la vida.
Todo lo que advertimos en el ‘hombre’ lo advertimos de la vida. Toda la multiplicidad conductual que observamos en los hombres es la multiplicidad de la misma vida.
Los modos y maneras de vivir de la vida manifiestas en las variadas conductas y actitudes de los humanos.
Todos los términos psicológicos que aplicamos a los humanos podemos aplicarlos a la vida.
En cualquier caso, la multiforme conducta de los seres vivos todos es la conducta de la vida.
El sujeto, el actor, es siempre la vida (la sustancia genética, el plasma germinal).
Del proceder de la criatura adivinamos el proceder del creador. Así la criatura, así el creador.
La sustancia genética es la fuente, el origen, tanto de los organismos, como de su conducta.
Los fenotipos, los cuerpos, los somas… no deben confundirnos. El sujeto de toda actividad es la vida –la sustancia genética.
La sustancia genética aparece siempre vestida, cubierta… No debemos atribuir a los fenotipos lo que es actividad de los genotipos.
Cometemos el mismo error cuando decimos de un coche que aparca,  o de un avión que aterriza. Es el conductor, el piloto, el que aparca o aterriza.
Debemos acostumbrarnos desde ya a tener a la sustancia genética como sujeto único de la actividad de los organismos. Ver al genoma en el soma.
Es el piloto el que imprime velocidad…
Las pasiones o afectos de los humanos, son las de la vida. La vida se duele, goza, se irrita… La vida miente y dice la verdad; la vida destruye y construye… La vida ama y odia… Todos los antónimos, todos los opuestos.
La vida poderosa, múltiple, compleja, contradictoria... 
La vida escindida, separada de sí… repartida en las criaturas. La misma vida. El Uno primordial.
La experiencia del Uno. La revelación del ser que somos.
Nada en la naturaleza viviente nos es ajeno –porque nosotros somos la vida.
Con el cariotipo humano la vida introduce en el mundo la ‘moral’. Si bien cada grupo humano se tenía a sí mismo como el filtro de lo bueno y lo malo, se trataba de lo bueno y lo malo para ellos –lo que les venía bien, lo que les venía mal; lo que les beneficiaba y lo que les perjudicaba.
Pero ese lenguaje ahora lo retoma la vida y lo aplica a la totalidad de lo viviente. Lo que viene bien y lo que viene mal a la propia vida. Ahora es la vida la que juzga acerca de su bien y su mal.
Ahora ya no se trata del futuro de tal grupo humano, o del futuro de la ‘humanidad’, sino del futuro de la vida. Ahora se trata de la ética de la vida.
En biología no podemos prescindir de la ‘causa final’, de la intencionalidad (la ‘teleología’, en Kant). Pero, ¿cómo es posible que lo que le concedemos a la criatura se lo neguemos al creador? La ‘causa final’ es omnipresente en el quehacer de los humanos. Los artefactos que ideamos y construimos tienen siempre una finalidad, nuestras ‘máquinas’.
La intencionalidad en la criatura es la intencionalidad del creador.
Podemos hablar de ingeniería. Los genes son los ingenieros de sus cuerpos, de sus somas.
Los fenotipos, los somas, son máquinas construidas por la sustancia genética. Son sus instrumentos, sus vehículos, sus armas… Con sus ‘ingenios’ la sustancia genética se mueve, percibe, asimila el entorno, ataca, se protege, se defiende, se reproduce… Medio, instrumento, vehículo, armadura, arma…
La sustancia genética nos instruye con sus ‘ingenios’, con sus soluciones. El vuelo, la natación, la respiración, la vista, el oído…
Podemos hablar de la evolución de sus somas; de sus vehículos, de sus armas…
Vemos, en los humanos, la evolución de sus coches, de sus aviones… de sus técnicas y de sus maquinarias… Se quiere ir más rápido, o más seguro… Se busca la velocidad, la seguridad… Máquinas o dispositivos con una finalidad determinada.
Nadie duda de la intencionalidad de nuestras construcciones. ¿Por qué se la negamos a la sustancia genética?
Los diseños somáticos que pululan son admirables por su eficacia, por su perfección. La obra de los ingenieros de la vida. Se supera la presión, la atmósfera, la gravedad… Los somas son máquinas adaptadas al medio entorno, preparadas para no sucumbir al medio físico-químico.
La sustancia genética hace evolucionar a sus somas en orden a la perfección. Hay miles, millones de organismos diferentes. Cada una de las especies supone soluciones diferentes con relación al medio físico-químico. Diferentes soluciones para la locomoción, para la asimilación, para la defensa, para la reproducción…
Tenemos que aprender de la sustancia genética (de nosotros mismos). Millones y millones de años de experiencia. Desde hace más de tres mil millones de años. Apenas si hay medio físico-químico en el planeta que no esté colonizado. Es la vida la que ha llegado ahí con sus vehículos –con sus somas super-adaptados, super-preparados.
Somas victoriosos, eficaces. Aptos para vencer el hielo y el fuego. La obra de los ingenieros, de los creadores de las formas vivas todas.
La colonización del planeta sólo ha sido posible realizarla utilizando somas adecuados.
La escuela de la vida es la escuela de la superación, de la victoria, del éxito… Cómo ha logrado ‘vencer’, dominar, adaptar… los medios más adversos.
Con sus somas la vida no pretende meramente sobrevivir, sino dominar el medio, vencer, triunfar sobre el medio (presión, temperatura, gravedad…).
Hay que tener en cuenta los factores bióticos (los otros organismos, las otras ‘soluciones’) y los abióticos en la deriva de la vida en este planeta. La lucha, el combate, el agón… es constante, continuo. No cesa. Contra el medio físico-químico, contra las otras forma vivas. No hay descanso.
La vida ha ingeniado miles de formas para vencer el medio; para dominar sobre el medio. La existencia la ha conquistado de múltiples maneras.
Con la multiplicidad de las ‘soluciones’ la vida se ha garantizado la perdurabilidad. No hay medio con el que no pueda. En este sentido la vida es poder.
¿Sabe la vida que el otro organismo, el organismo con el que se enfrenta, es vida también?  ¿Se sabe o se reconoce en el otro? ¿Considera también al otro organismo como un artefacto pilotado?
El sistema inmunitario tal vez pueda instruirnos al respecto. La distinción entre lo propio y lo ajeno.
Las relaciones con los otros. El antagonismo. El comensalismo, la simbiosis, el parasitismo, la depredación…
¿Distingue la vida entre lo biótico y lo abiótico? ¿Sabe de sí? ¿Sabe que es ella la que anima y pilota el otro cuerpo? ¿Se ignora? Sólo, tal vez, en el nivel de existencia del cariotipo humano. Las características fisiológicas del cariotipo humano le han permitido a la vida conocerse a sí misma. Saber de sí. Llegar a sí. Conocerse. Saberse.
El cariotipo específico humano es un logro de su creador; del ingeniero único.
¿Se reconoce la vida en toda otra vida? Ahora sí, en virtud del conocimiento que poseemos. Ahora nos reconocemos como el alma de lo viviente. Como sustancia viviente única. Una y la misma en todos y cada uno de los organismos.
El cariotipo específico humano ha hecho posible este conocimiento. Sus peculiaridades. Su específico soma. Ha hecho posible que Nos, la vida, lleguemos a nosotros mismos.
Ignoramos si la vida ‘sabe’ esto en todos los niveles (desde las más simples formas de vida); sabe de sí, en sí, y en el otro. Saber que el otro organismo está diseñado, construido, y pilotado por una sustancia semejante a la suya. Un alter ego.
La ignorancia de este hecho podría ser relevante para la vida. O la indiferencia ante este hecho. Para la reproducción la vida necesita material genético que, por lo general, no se encuentra más que en los otros organismos. Necesita asimilar de materia orgánica exterior para hacer posible la mitosis –metabolizar, transformar la sustancia genética otra. 
La vida no puede no alimentarse de sí misma. Se necesita a todos los niveles. No podemos olvidar que  las plantas (el mundo vegetal) son seres vivos también. La fuente de alimentación de la vida consiste, esencialmente, en otros seres vivos.
*
Hasta la próxima,
Manu