Sobre el nuevo período genocéntrico


El camino que abrió Darwin nos ha conducido a la sustancia genética (al ADN). Este descubrimiento nos hace pasar (a todos los grupos humanos) del fenocentrismo al genocentrismo. El centro se ha desplazado de la criatura al creador (de los fenotipos a los genotipos). La sustancia genética es la única sustancia viviente (‘viva’) en este planeta. Nosotros, pues, no podemos ser sino sustancia genética. Esta ‘revelación’ (esta
auto-gnosis) ha partido en dos nuestra historia sobre la tierra. Todo el pasado cultural de los humanos ha resultado arruinado, vacío, nulo... La ilusión antropocéntrica que nos ha acompañado durante miles de años se ha desvanecido. Se ha producido una mutación simbólica (en orden al conocimiento y a la conciencia de sí como sustancia viviente única); el cariotipo humano entra en un nuevo período de su devenir.

Esta aurora, este nuevo día cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Pueblos, culturas, tradiciones, creencias… todo lo ‘humano’ desaparecerá. Viene una luz (un saber, una sabiduría) tan devastadora como regeneradora. Esta regeneración del cariotipo humano en el orden simbólico tendrá sus consecuencias. En un futuro no muy lejano hablaremos, pensaremos, y actuaremos, no como humanos sino como sustancia viviente única.

No hay filósofos aún, ni poetas, ni músicos, ni científicos… para este período genocéntrico que inauguramos. No hay nada aún para las nuevas criaturas, para la sustancia viviente única –en
esta nueva fase de su devenir. Nos queda la elaboración de una cultura, de un ‘mundo’ nuevo (digno de la naturaleza de nuestro regenerado, de nuestro recuperado ser). Queda todo por hacer.

lunes, 25 de marzo de 2013

88) Nietzsche y el individualismo. La batalla de Europa


Nietzsche y el individualismo. La batalla de Europa.

Manu Rodríguez. Desde Europa (16/03/13).


                                                            *


*El individualismo a ultranza de Nietzsche tiene raíces. Co-incide, es sintomático. El individualismo nietzscheano es de la misma índole que los predicados por las ideologías de salvación personal. O, en otro orden de cosas, al predicado por los moralistas griegos (y romanos) desde el decadente período alejandrino hasta la caída de Roma. Responde a la misma necesidad del individuo de sobrevivir en un entorno socio-cultural fragmentado; en la confusión de lenguas, en el caos; en la falta de coherencia y unidad cultural –las pérdidas de norte, de camino, de ‘hogar’ (ni manes ni lares).
El pueblo ha desaparecido, lo que nos queda es una sociedad atomizada, desarraigada, aculturizada; una masa anónima, sin personalidad, sin rostro, sin voz. Material humano, fuerza de trabajo carente de pasado y de futuro –‘almas muertas’. Nietzsche salva, pues, al individuo de ese cenagal. Podríamos decir que, respondiendo a las circunstancias, crea una suerte de filosofía de liberación personal.
Nietzsche acepta la multiplicidad y el desorden que vienen, el mundo que ya es (que siempre fue y será), y no pretende poner orden. Pretende únicamente guiar a los individuos soberanos en este caos; desinhibirlos, eliminar barreras (morales, culturales) a su actuación; crear el clímax cultural adecuado. Su destrucción tiene que ver con esto.
No se dirige a su pueblo (el cual él ya entiende como inexistente), sino a los individuos –a los virtuales emancipados. Se trata de formar espíritus libres. Es una vía de liberación individual. No quería dotar de razones y de fuerza sino a determinados individuos cuya libertad de acción está reprimida por las morales imperantes.
El entorno ético-político que rodeaba a Nietzsche, y en el que nosotros nos movemos aún, estaba (y está) profundamente marcado por el judeo-mesianismo –la utopía socio-política (socialista) es ahora el nuevo reino de los cielos, la nueva Sión, el novísimo evangelio judeo-mesiánico (“el indigno tópico judío del cielo en la tierra…”, en sus palabras).
La destrucción nietzscheana no está pensada, pues, para liberar a los hombres, o al pueblo (a su pueblo) de tales alienaciones –aunque pueda servir para ello–, sino a determinados individuos, a los ‘individuos soberanos’.
Ni anarquistas, ni socialistas, ni nacionalistas, ni demócratas están invitados a su mesa. Estos pensaron, y piensan, que la destrucción llevada a cabo por Nietzsche les liberaba, e incluso que estaba pensada para ellos. Fue, y es, un malentendido. Tal destrucción metafísica y ética (cultural), insisto, no tiene la vista puesta sino en los individuos excepcionales, en los ‘grandes hombres’.
Nietzsche practica una suerte de  aristocrático cosmopolitismo europeo y detesta  los nacionalismos contemporáneos (por provincianos). Piensa en términos europeos. No era demócrata, y carecía de preocupaciones sociales. Sólo le preocupaba la cultura, la gran cultura, y el ‘genius’, el individuo excepcional (siguiendo en esto a Schopenhauer). Su régimen político quizás hubiera sido una república aristocrática.
(Nietzsche no es sólo este individualismo que aquí tratamos. Toda su obra nos es vital. Es un héroe cultural, un símbolo esencial en nuestro devenir; un sol sin igual. Pertenece al período del alba, de la aurora; a los comienzos del nuevo día. Es uno de los nuevos Manes colectivos, de los nuevos Padres; junto a Darwin y unos pocos otros.)
*Nietzsche parece estar de acuerdo con aquellos que piensan, entre los filósofos de la naturaleza, que la unidad de selección en los seres vivos no es el grupo (o la especie), sino el individuo. Pero hay una excepción a tal individualismo en los llamados seres sociales –entre los que se encuentra el cariotipo humano. En estos casos la unidad de selección es el grupo.
Los humanos somos seres sociales (o ‘políticos’) –y esto no excluye aristocracia alguna. Fuera de la ‘polis’ o se es una animal, o se es un dios, así dijo Aristóteles.
Lo ‘político’ y lo social son, en este contexto, sinónimos. Ser un animal político, es ser un animal social. Éste es el sentido que tiene para Aristóteles, y en su época, su definición del hombre como animal político. La ‘polis’ era para los griegos lo que la ‘sociedad’ para nosotros. Somos seres sociales, simplemente.
Por lo demás, también en Aristóteles, la ética forma parte de la ‘política’. No hay ética que no sea ‘política’ (concerniente a la cosa de ‘todos’), esto es, no hay ética que no sea social. No hay ‘éthos’ (conducta, proceder, costumbre) que no sea social. La ética de un individuo es la ética de su pueblo.
La ‘polis’ es la reunión de los muchos (‘polloi’). Allí donde se reúnen muchos, donde encontrarás a muchos. Puede que en un principio fueran reuniones eventuales de tribus emparentadas, y que éstas tuvieran un carácter festivo, o de intercambios, o se debieran a celebraciones como los juegos, las competiciones deportivas, que reunían a muchos. Determinados lugares se convirtieron en asiento permanente de muchos –por las razones que sean. Éste puede ser el origen de la ‘polis’, de la ciudad –en las tradiciones aryas o indoeuropeas. El término védico ‘puru’, de la misma raíz que el ‘polloi’ griego, tiene también el significado o uso de ‘ciudad’ (como lugar de asentamiento permanente de muchos).
El ‘muchos’ griego, el término ‘polloi’, es similar al término latino, de diferente raíz, ‘touta’ (totum…), ‘todo’ o ‘todos’ –‘la reunión de todos’,  podríamos parafrasear. El término ‘diet’, o ‘deut(sch)’, germano viene a significar lo mismo que el latino ‘touta’. Ambos términos provienen de una misma radical y han tenido evoluciones casi paralelas en cuanto a uso o significado. En el caso germano el término ‘todos (nosotros)’ ha dado lugar al ‘todo germano’, es decir al pueblo: ‘deutschland’ es ‘la tierra de todos (nosotros)’.  Cuando el germano dice ‘todos’ está diciendo ‘todos nosotros’. Había reuniones del pueblo –de ‘touta’ o de ‘diet’, esto es, de ‘todos’. También los escandinavos denominaron a estas reuniones ‘la cosa de todos’: ‘al-thing’. El ‘al (all)’ escandinavo no está relacionado con el ‘deutsch’ alemán, pero cubre el mismo campo semántico o de significaciones/usos. En todos estos casos se trata de un ‘todos nosotros’.
El denominar a estos ‘muchos’ que digo, a estos ‘todos’, como madre sólo se les ocurrió a los griegos: ‘metro-polis’. La ‘madre’, la ‘ciudad-madre’. La muchedumbre que es madre, el todo-madre. Esa multitud de ‘nosotros’ de donde procedemos, que es como madre o matriz. La comunidad, el grupo, el colectivo… como madre.
Más allá, pues, de la ciudad, de la sociedad; más allá de los muchos (de todos). Ésta parece ser la consigna nietzscheana para los espíritus libres. Una suerte de desmadre, podríamos decir; un salirse de madre. Desinhibir, desatar, liberar.
Se acepta el caos, la lucha, el conflicto eterno. Nietzsche aboga por una sociedad atomizada, y múltiplemente enfrentada –el caldo de cultivo apropiado para el surgimiento de los grandes hombres, para que las grandes fuerzas se revelen.
Nietzsche, sin desmentir a Darwin, introduce la filosofía en las ciencias de la vida. En la vida es Polemos el que engendra todas las cosas (las pone en su lugar). Heráclito. El eterno conflicto (la lucha por la supervivencia y el dominio) engendra el orden natural, la diferencia, la excelencia. Promueve la evolución, multiplica las estrategias evolutivas, selecciona rasgos, establece jerarquías.
Individuos y pueblos, pues, viven en estado de guerra permanente. Peligra la existencia individual, y la existencia de pueblos y culturas. El futuro hay que ganárselo; es desde el presente que se conquista el futuro –que se tiene derecho al futuro. El conflicto nos proporciona una vida intensa, estremecida, activa. Mientras hay lucha hay vida. Se vive en tanto se lucha.
Vivimos una guerra (fría y caliente), y hemos de comportarnos como guerreros.
Cuanto más conflictivo y caótico es nuestro mundo tanto más pone a prueba la fuerza de carácter y la voluntad de poder de los hombres. Vencer ahí, superar ahí, llegar a ser superior ahí denota, justamente, la superior voluntad de poder. Era necesaria la destrucción que él llevaba a cabo. Los grandes hombres (y las grandes gestas) necesitan completa libertad de acción, y buena conciencia.
Propiciar la aparición de estos ‘grandes hombres’, de estos grandes monstruos culturales, de estos hacedores de historia, era el cometido de la enseñanza de Nietzsche; desinhibirlos absolutamente. La nueva era. El nuevo patriciado, la nueva aristocracia.
Hay que decir que Nietzsche también era consciente de que la emergencia del individualismo en un grupo o colectivo es un síntoma de descomposición, de debilidad; denota el ocaso de un pueblo, y de sus valores sociales o políticos asociados. En uno de los fragmentos póstumos de la  primavera-verano de 1873, podemos leer lo siguiente (de la edición de Sánchez Pascual, Consideraciones intempestivas I: David Strauss…, p. 157): “Si es que todavía hemos de lograr alguna vez una cultura, se necesitan fuerzas artísticas enormes para quebrantar el instinto cognoscitivo no coartado, para volver a engendrar una unidad… Así es como hay que entender a los filósofos griegos más antiguos, lo que ellos hacen es domeñar el instinto cognoscitivo. ¿Cómo ocurrió que después de Sócrates se fuera paulatinamente escapando de las manos ese instinto?  Al principio vemos también en Sócrates y en su escuela esa tendencia a domeñarlo: el cuidado que el individuo debe  prestar a la vida feliz coarta el instinto cognoscitivo. Es ésta una fase última, inferior. En tiempos anteriores no se trataba de los individuos, sino de los helenos.” (Cursivas de N., subrayados y negritas míos).
En aquellos tiempos anteriores, y superiores, no se trataba ni de los individuos, ni de la vida feliz, añado yo. Se trataba de los helenos y de su pujanza, de su fuerza. La unidad percibida (de estilo, de modos de vida…) engendra en el colectivo fuerza, firmeza, confianza.
La ‘vida feliz’ es tan sólo un síntoma de la fuerza y la pujanza adquiridas. Es la victoria la que da lugar a la ‘vida feliz’ –la  conciencia de esa victoria, la sensación de poder; la alegría de la victoria. La ‘vida feliz’ es una gracia concedida sólo a los victoriosos, a los vencedores (individuos o pueblos).
El aristocratismo que Nietzsche encontraba en Heráclito, Teognis, o Píndaro, era un aristocratismo de clase, de grupo, de colectivo. Era la voz de un pueblo, era un ‘nosotros’. Cuando Píndaro nos dice aquello de ‘Llega a ser el que eres’, no está alentando el individualismo sino la identificación del ser individual con el ser colectivo, esto es: compórtate como un espartano, o como un ateniense…
*El destino de Grecia, o de los helenos, merece siquiera una breve reflexión en esto que tratamos. En mi opinión los proto-indoeuropeos estuvieron en contacto con los sumerios y aprendieron de ellos. La tripartición, por ejemplo, védica de cielo o firmamento (Varuna), atmósfera (Indra), y tierra (superficie de la tierra, Nasatyas…) está tomada o calcada de la sumeria primitiva: cielo (An), atmósfera (Enlil, una suerte de Indra), y la pareja de tierra y agua (generadoras de la vida, de los productos, de los frutos…). Los guías o conductores, los guerreros, y los productores. La inteligencia, la sabiduría, el saber, la memoria…; la fuerza en la defensa y el ataque; y la producción y reproducción. Estos tres niveles, que se encuentran en las arcaicas culturas indoeuropeas (Dumézil), son equiparables a los sostenidos por el panteón sumerio primitivo (pre-acadio, pre-semita). El contacto se tuvo que producir hace unos cinco o seis mil años, o quizás más. Los pueblos proto-indoeuropeos vivían en una zona cercana o dentro del área de influencia de la cultura sumeria más antigua.
Sabido es que de aquella primitiva unidad se fueron desgajando de tiempo en tiempo grupos que darían lugar a los posteriores pueblos indoeuropeos. La comunidad (el pueblo) que, con el tiempo, más alteró o modificó dicha estructura fue la griega. Hay un vago recuerdo tal vez en la tripartición de cielo y atmósfera (Zeus), las tierras y los mares (Poseidón), y el subsuelo (Hades). La estructura olímpica parece proceder de otros principios organizativos; es proyección de una sociedad más rica y compleja. No está simplemente dividida en ancianos consejeros, jóvenes guerreros, y agricultores y ganaderos. La vida ciudadana ha ido engendrando formas de vida singulares: las artes, el comercio, la metalurgia, la arquitectura, la guerra… Cada una de estas parcelas está regida o tutelada por un dios, por una divinidad, por un ser paradigmático y superior (un símbolo): Atenea, Hefaistos, Ares, Apolo, Hermes… Estos ‘dioses’ simbolizan a sectores de la población vinculados a tal o a cual menester, pero reflejan también el alma múltiple de aquellos hombres y mujeres, a la vez guerreros (Ares), poetas (Apolo), mercaderes (Hermes), ingenieros (Hefaistos), sabios (Atenea)… Seres completos.
Estos dioses son además hijos del cielo (de Zeus/Dyaus) y de la tierra (Hera). Se distingue una tierra estática, pétrea, estéril (Gea); una tierra dinámica, fluyente y fecunda (Rea), ligada a los titanes; y una tierra ligada a las comunidades humanas (Hera, Deméter, Hestia). Son tres períodos también.
Hera es la comunidad como madre (somos hijos de la ‘polis’), Hestia es la comunidad como familia (la hermandad, el parentesco). Deméter es la diosa madre, la tierra como madre productora de todas las cosas; la que da a luz y nutre –el  mundo de la agricultura y la generación; de la producción y la reproducción. La re-generación del mundo. El orden, el ciclo. El eterno retorno de lo mismo. Misterios eleusinos.
En el ‘corpus’ mitológico y teológico griego encontramos al hombre que los hizo posible; al creador de tales mundos, de tales representaciones colectivas. Aquel grupo o colectivo arcaico indoeuropeo que  renovó la estructura recibida.
La nueva estructura parece responder a una sociedad más horizontal que vertical. Una suerte de república aristocrática –entre iguales. Los distintos dioses/colectivos tienen el mismo rango, todos participan de la soberanía. Cuando se elige un monarca ocasional (Agamenón en la guerra de Troya) éste es ‘primus inter pares’.
Es una sociedad de hombres libres, independientes, autosuficientes, autónomos. Orgullosos también de su diferencia, de su especificidad. Cada cual su área de dominio, su esfera de acción; su reino, su espacio. Al igual que Atenea, Hefaistos, Hermes, Ares, o Apolo.
Cuando acabó el modo de vida de aquellas comunidades, desapareció también el poder de significación de aquel lenguaje mítico, de aquella representación/proyección colectiva, de aquel mundo.
Prácticamente todos los pensadores presocráticos consideraron el lenguaje alegórico de los mitos como una representación no válida del mundo. Para los tiempos de Sócrates (Platón), mitemas y teologemas han devenido definitivamente inútiles, superfluos, meramente fantásticos, incluso perniciosos. No había nada que ‘leer’ allí.
Los nuevos modos de vida –las nuevas configuraciones sociales–, ya patentes en tiempos de Teognis, trajeron consigo además el individualismo, la sofística, la salvación personal, las sectas…
Después de Sócrates no hay sino escuelas, sectas, filosofías varias de la vida. Ninguna unidad. Esta deriva (política, social, moral…) denotaba simplemente el fin de un mundo. No causaba la decadencia o corrupción del mundo antiguo, sino que era signo, efecto, síntoma de la decadencia de éste.
Las guerras médicas, como vio Nietzsche, fueron el punto de inflexión en la decadencia del mundo griego antiguo. La victoria ensoberbeció a los helenos y dio inicios a la lucha por la supremacía entre los diversos pueblos de la Hélade.  Fue el fin del panhelenismo y el comienzo de la fragmentación, de la atomización, de la desintegración. Esto facilitó la conquista de las tierras helenas por Filipo de Macedonia. Se perdió la tierra, la autonomía, la libertad… El período alejandrino posterior coadyuvó a la definitiva disolución de lo heleno –el cosmopolitismo del imperio.
Esta situación coincide con la sedimentación del individuo y con las correspondientes éticas individualistas que pulularon desde entonces. Roma, tras la conquista del territorio, adopta esta Grecia atomizada y decadente, y prolonga este modelo cultural y esta decadencia hasta su caída. La cultura y la sociedad romanas son, salvo excepciones, profundamente alejandrinas, decadentes.
Sócrates es la culminación del individuo (del individualismo). Síntoma, a su vez, de una decadencia espiritual y cultural que se venía gestando desde los tiempos de los pitagóricos y los pseudo-órficos, antes incluso de las guerras médicas. La aparición de la  sofística; el individualismo, la salvación personal. El período alejandrino es la consumación de esta decadencia; el definitivo final del mundo heleno. Ya no había pueblo, sino sectas. Fue este mismo proceso de desintegración –de atomización– el que acabó también con el mundo romano.
 Y nosotros, los europeos contemporáneos, vamos también por el mismo camino: nos desintegramos, desaparecemos; perdemos ser, identidad. La misma confusión, el mismo caos; la misma atomización espiritual, cultural, conductual; la misma ausencia de representaciones colectivas o de referentes comunes. La misma ausencia de unidad. Ya perdimos Grecia y Roma, esta vez perderemos Europa, la tierra madre.
Dicho sea de paso, la construcción de una civilización universal (cosmopolita, multicultural, multirracial –alejandrina) en Europa nos está destruyendo,  está acabando con nuestras patrias milenarias. Perdemos hegemonía, presencia, poder… en nuestra propia tierra.
No hay remedio individual al mal que nos afecta. No hay otro remedio que el colectivo. Aquí, o nos salvamos todos, o no se salva ninguno.
*“Volver a engendrar una unidad”, de esto se trata. De este caos que hablamos hemos de emerger no como individuos, sino como pueblo. Sólo como pueblo, como un ‘todo’, venceremos. El mundo humano está fragmentado, más que atomizado. Está múltiplemente dividido y múltiplemente enfrentado. Esta fragmentación responde a diferencias étnicas, ideológicas (religiosas o políticas), lingüístico-culturales… Estos colectivos son como súper-organismos, como los insectos sociales que trata la sociobiología (Wilson y otros).  Son los grupos los que concurren, no los individuos. Las estrategias del individuo pasan por las estrategias evolutivas del grupo al que pertenece; la fuerza del individuo es la fuerza de su grupo.
Podemos tomar la destrucción de Nietzsche como labor realizada y necesaria para recuperar nuestras raíces, para deshacernos de lo ajeno. Nos favorece tal destrucción, sin duda; nos sirve como individuos y como pueblo. Pero sólo como pueblo nos salvaremos; sólo como pueblo arraigado, y con memoria, tendremos futuro los individuos.
Hay que hacer la lectura ‘política’ del individualismo nietzscheano. Pasar del individuo al grupo, al colectivo, al pueblo. Lo que vale para el individuo vale para el pueblo. El pueblo como unidad, como individuo. El pueblo: muchos que cuidan de sí con voluntad de futuro. Fuertes y armados. Europa es nuestro pueblo soberano, nuestro gran pueblo, nuestro pueblo superior, nuestra gran fuerza. Paneuropeísmo.
Nuestra fuerza, nuestra grandeza, nuestra independencia, nuestra soberanía dependen de la fuerza, la grandeza, la independencia y el grado de soberanía del pueblo al que pertenecemos. Y asimismo nuestro orgullo y nuestra dignidad. La libertad de mi pueblo es mi libertad (soy tan libre, tan independiente y tan soberano como lo es mi pueblo).  Si mi pueblo carece de libertad, ‘yo’ carezco de libertad; si mi pueblo carece de fuerza, ‘yo’ carezco de fuerza… La ‘gloria’ de mi pueblo, es mi gloria.
Nosotros, los diversos pueblos aryas, los claros, somos el pueblo de Zeus/Dyaus; hijos de Zeus/Dyaus  (el cielo) y de  Gea/Rea/Hera/Europa (la tierra).
   Europa es la metro-polis, la tierra madre de todos los blancos que pueblan el planeta. La tierra santa, sagrada, de los europeos que viven repartidos en los cinco continentes. Ur, el origen.
                                                      *
Hasta la próxima,
Manu

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